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Leonardo Padrón

Entre excesos y desvaríos

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Los venezolanos nunca olvidaremos el vértigo de estos tiempos. El país envejece más rápidamente que nosotros. Es lógico, los excesos desgastan. Y este es un mapa borracho de violencia, torpeza y deshora. Ya ni se alimenta bien. Pasa horas al sol, como un lagarto prehistórico, en colas que se agigantan. El agotamiento también es una arruga. Todo le ocurre con sobresalto. La noticia, en esta latitud, es un río salvaje que revuelve y estalla de un lado a otro. El único motor productivo que está funcionando en Venezuela es la fábrica de malas noticias.

Somos un país avejentado por el absurdo.

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Las decisiones de Nicolás Maduro son tan estrambóticas que, aparte de estupor, generan hilaridad. La medida de decretar tres días no laborables para el sector público ha sido pasto de chistes de todo calibre. Hasta James Corden, el comediante británico, le sacó provecho en un programa de televisión: “Si usted necesita días libres, solo tiene que mudarse a Venezuela”. Y agregó, con sorna implacable: “Tener apenas dos días de trabajo a la semana es genial, porque uno solo hablaría lo necesario en la oficina. Día uno: ¿Cómo estuvo tu fin de semana? Día dos: ¿Algún plan para el fin de semana?” Risas sonoras del público.

Uno también ríe. Un poco. Acto seguido, sobreviene la vergüenza.

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Llego a la planta baja de un edificio que alberga consultorios médicos y oficinas. Tres hombres esperan el ascensor. Forman una media luna mientras aguardan. Para atenuar el silencio, uno le busca conversación a otro, de rostro ceñudo y lentes de pasta. Apela al tema del momento.

—¿Firmaste?
—No…Yo soy chavista.

Le quito la mirada a mi celular.

—¿Y qué te parece cómo está el país? —contraataca el promotor del diálogo.
—Muy mal.

Ajá. Alivio. Veamos.

—¿Y entonces? —repregunta quien es ya el vocero oficial de mi inquietud.
—Así seré de chavista.

Desconcierto general. Pero no lo dice con orgullo. Su respuesta descuelga un mohín casi triste. Llega el ascensor. Entramos. Intervengo. Venía de ver el video de la agresión a Chúo Torrealba por parte de unos cabilleros del régimen. Los mismos que un “comunicador social” de Zurda Konducta felicitó con un “saludo a los camaradas que se portaron a la altura del compromiso”. Le comento el episodio. Pido su opinión. El hombre baja la vista. Nada dice. Tercer piso. Salen todos.

El fanatismo no necesita justificarse.

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En la misma ciudad furiosa donde vivo, la belleza también ocurre. Este año el Festival de la Lectura de Chacao tuvo las características de un milagro. Las condiciones para realizarlo eran tan adversas que solo una manada de testarudos podía lograrlo. La demonizada empresa privada, las embajadas (incluso la del vil imperio), las editoriales, y la propia alcaldía echaron el resto para impedir que desapareciera uno de los más entusiastas eventos de ciudadanía que posee Caracas.

¿Interesan los libros en esta ruina que somos? La respuesta es la multitud que suele colonizar la plaza Altamira en esos días. Gente rondando cientos de libros es un espectáculo necesario. Cada espacio ganado a la desazón es una victoria. Constatar que hay jóvenes escribiendo poesía dentro del desastre merece un titular.

Una de las joyas del  festival fue lo que en los bajos fondos llamaron el encuentro de “los 4 fantásticos”. Cuatro figuras tutelares de la literatura venezolana. Tres narradores y un poeta. Elisa Lerner (la  homenajeada), Victoria de Stefano, Eduardo Liendo y Rafael Cadenas. Hablaron ante un público expectante sobre sus lecturas iniciáticas cuando, de pronto, Liendo plantó un tema inesperado: los presos políticos. Él viene de sufrir la cárcel en los convulsos años 60. Por eso lo conmovedor de su testimonio: “En la cárcel mi único paisaje eran los libros. Sin ellos no me hubiera salvado”. Lo dijo con una certidumbre escalofriante. En su novela Los Topos, donde relata sus días de prisión, hay un fragmento dedicado a celebrar la llegada de cada libro:

“El ojo indiscreto del Fortín vio, con picardía, cómo Justine enamoró a más de dos tercios de los prisioneros (…)

Llegó Ifigenia y nos dijo cómo hacer más amable la nostalgia.

Llegó Swann para enseñarnos a jugar con ese tiempo irrecuperable.

Llegó el terrible Tarás Bulba para recordarnos que hay pecados que  no se pueden perdonar.

Llegó Julian Sorel y nos mostró cómo también en el amor hay inteligencia”.

Esa noche, Liendo ratificó el rol crucial que jugaron los libros en su adversidad. Al final agregó: “No olviden a los presos políticos. Sean generosos con ellos. Envíenle libros”.

Recordé la foto que colgó en las redes sociales la madre de Lorent Saleh comprándole libros en la feria. “Son el bastón que lo sostiene”, escribió. Allí, en La Tumba: libros. Una manera de seguir vivo.

Hoy existen más de 80 presos políticos por disentir del régimen: líderes de la oposición, estudiantes, tuiteros, policías, manifestantes.

Cuando los carceleros de Leopoldo López descubrieron lo importante que eran para él los libros se los quitaron. ¿Cómo desperdiciar esa otra forma de tortura? De llegar a tener doscientos libros ahora apenas le consienten diez. “En la celda donde duerme, solo le han permitido intermitentemente la Biblia”, me comenta su abogado Juan Carlos Gutiérrez. 

Los libros como contraveneno del oprobio.

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“No hay pensamientos peligrosos: pensar, en sí mismo, es peligroso”, escribió alguna vez Hannah Arendt.

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Hace dos días una señora me comentó de un suceso que ocurrió en una escuela. Una maestra, extrañada por el peso del morral de uno de sus estudiantes, lo revisó. Adentró, en vez de libros, había insignificancias…y una pistola. Un objeto que escupe balas.

¿Cuántos morrales en este país poseen esa promesa de muerte?

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La búsqueda de alimentos por los rincones de Caracas ha hecho que bachaqueros y motorizados descubran zonas ajenas a su rutina. La consecuencia ha sido unánime. Muchas comunidades reportan en sus chats de seguridad el acoso inclemente de hombres armados en sus “caballos de hierro”. Aflige oír el testimonio de domésticas que, mientras esperan el transporte, son abordadas por delincuentes que les halan las carteras y las arrastran por el asfalto. Ya no hacen distinciones sociales. Lo que haya. A quien sea. Somos el salvaje oeste. 

“Los venezolanos vamos a terminar comiéndonos unos a otros”, declara un peatón a un noticiero de televisión.

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Un hombre se detiene frente al reloj de la cocina. Es 1° de mayo. Según el gobierno, ahora debe corregir los latidos del tiempo. Adelantar las agujas media hora. El hombre no entiende. Su ídolo, el Comandante Galáctico, le ordenó hacer lo contrario hace nueve años. Ahora Maduro, el heredero fallido, lo desdice. Según, tiene que ver con la crisis eléctrica. Sigue sin entender. Ya le parecía raro que un hombre pudiera alterar los relojes con una simple orden. Pero bueno, Chávez era más que un hombre, era una fuerza de la naturaleza, una emanación de luz. ¿Y entonces? ¿Por qué el hijo se atreve a corregirlo? Herejía. Con razón todo les está saliendo tan torcido. Y de paso el yerno, el tal Arreaza, el domesticador de serpientes, insiste en que nos olvidemos de esa media hora chavista de pura cepa.

Un enredo. Qué dirá el eterno.

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¿Cuántas vueltas tendremos que darle a las agujas del reloj para volver al huso horario de la democracia?

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En los días de recolección del 1% de las firmas para solicitar el revocatorio presidencial hubo puntos donde coincidieron las dos colas. La cola que va por el pollo y la que va por el presidente. Las imágenes de  miembros del Ejército y de la Policía Nacional firmando contra la permanencia de Maduro en el poder se hicieron virales. Días después, Jorge Rodríguez, en proverbial ejercicio de su cinismo, declaró que los integrantes de las FANB tienen prohibido firmar la planilla del revocatorio porque eso es una manifestación de voluntad y ellos están excluidos constitucionalmente. Didáctico, explicó que no es lo mismo el voto secreto que la manifestación de voluntad política. Señor Rodríguez, ¿y se puede saber qué expresa el ministro de la defensa, Padrino López, cada vez que declara –muy enfático él, muy corporativo– que “la Fuerza Armada Nacional Bolivariana es revolucionaria, antiimperialista, socialista y chavista”? ¿Acaso esa no es una elocuente manifestación de voluntad política? 

En los últimos meses ha habido dos eventos cuyos protagonistas fueron los ciudadanos de este país. Las elecciones del 6-D y las firmas para activar el revocatorio. En ambos episodios el país  demostró su hartazgo ante tanta penuria. Ya la oposición es oficialmente mayoría. Ya el chavismo no tiene asidero para hablar en nombre del pueblo. Por eso el pánico de someterse a otro evento electoral.  

Maduro exclamó en una reciente cadena: “¡Yo soy un presidente vergatario!”. ¡Vaya! Decir eso ante un país en escombros es temerario. Días después le gruñó a la Asamblea Nacional: “¡Oigan la voz del pueblo, yo la oigo muy bien!”. Ya esto debe alarmarnos. El presidente de la República miente o desvaría.

En democracia, la mayoría decide. Y usted lo sabe, presidente. Llegó el momento de sincerarse. Democracia o dictadura. Marque usted con una equis. Ya el resto de los venezolanos lo hemos hecho.