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Miguel Ángel Cardozo

La evolución política mundial y la Venezuela de 2015

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Derrumbamiento de santificadores mitos y nuevo accionar político.

Que el deterioro de la economía nacional –a consecuencia de un nefasto modelo y de la cuasiestructural incapacidad de sus promotores– alcanzará el próximo año niveles jamás vistos –o, más bien, padecidos– en el país, es algo de lo que están conscientes todos los venezolanos sensatos; pero con lo que nadie contaba –al menos en el corto plazo– era que un cambio en la política exterior de los Estados Unidos respecto a Cuba y al resto de América Latina iba a constituirse en una de las más importantes variables para el análisis prospectivo del complejo panorama de la Venezuela de 2015 –y de los años subsiguientes–.

Y es que ese cambio, en el que –al parecer– mucho ha tenido que ver el liderazgo conscientemente construido y utilizado por el papa Francisco –natural de una de las naciones de la regional y nada santa “liga” socialista del siglo XXI–, da al traste con la que puede ser considerada una de las mayores y más perversas excusas de toda la historia de la humanidad: la “injerencia imperialista” estadounidense como factor que “imposibilita” el desarrollo de los pueblos latinoamericanos al “obstaculizar” la labor de sus –“¡oh, desdichados!”– gobernantes.

Sí, apreciado lector, porque desde la malhadada hora en que hace casi 53 años Estados Unidos decidió imponer un embargo total sobre Cuba, ese ha sido el argumento con el que –salvo escasas excepciones, si es que realmente ha habido alguna– los gobiernos de las llamadas “izquierdas” del continente han justificado sus estrepitosos fracasos; algo harto explotado, con olímpica desvergüenza, por el más ineficiente e ineficaz de todos: el de la Venezuela de los últimos tres lustros.

Distinta habría sido la historia de la región –y probablemente la del país– si esa funesta decisión no hubiese impedido la exposición, ante la opinión pública global –y, sobre todo, ante la latinoamericana–, de las muchas falencias y deficiencias del régimen castrista; impedimento que, junto a una retórica como pocas –la de Fidel–, permitió la creación de un mito devenido franquicia política, para cuya hábil exportación se hizo un obsceno uso de las más sofisticadas prácticas del marketing “capitalista” –por supuesto, con el financiamiento de los tontos útiles del vecindario–.

En todo caso, ya lo ocurrido es precisamente eso, historia, y lo que hoy interesa es el impacto que sobre el futuro del país tendrá el vuelco que han empezado a dar las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos de América Latina –e incluso el rol que la diplomacia vaticana jugará en lo sucesivo en la política continental ahora que se ha puesto de manifiesto el alcance de la influencia del actual pontífice–.

No es ello poca cosa, dado que no es casualidad el que la aprobación de las sanciones –personales– a funcionarios públicos de Venezuela, por parte del presidente Barack Obama, haya tenido lugar un día después del anuncio del inicio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba.

Efectivamente, se trata más bien de una evolución del accionar político mundial acompañada de un claro mensaje: los pueblos –por una suerte de “daño colateral” que termina convirtiéndose en el principal– ya no pagarán los platos rotos de quienes intenten torcer el orden internacional en lo que a derechos humanos se refiere, sino que serán estos últimos los que probarán la amarga hiel del sistemático e implacable acorralamiento al que los someterá el conjunto de las naciones democráticas del planeta.

De seguir entonces las cruentas masacres y torturas, las viles persecuciones a quienes exigen un cabal Estado de derecho, las injustas privaciones de libertad, las inicuas políticas que hambrean a millones de personas y ocasionan muertes evitables por imposibilitar una atención sanitaria oportuna y de calidad, entre tantos otros delitos, verán sus perpetradores a cuál destino los conduce tan repugnante proceder.

Ya no habrá paradisíacas estancias en embajadas de ensueño como premio a despreciables servicios o felices vacaciones en las que se vive a plenitud las hedónicas experiencias proporcionadas por el libre mercado; y ni hablar de la posibilidad de un plácido retiro en alguna de las lujosas propiedades adquiridas en las más renombradas megalópolis del farisaicamente criticado mundo “capitalista”.

Todo eso será también historia; una sórdida historia de privilegios derivados de una expoliación sin parangón que, a las puertas de 2015 y luego de una bonanza petrolera como nunca se había visto en el país, se traduce hoy para los venezolanos en una sustantiva merma de su calidad de vida; una vida ahora rayana en la indigencia.

¿Qué podría implicar para el futuro inmediato y mediato de Venezuela lo dicho hasta aquí?

La puñalada trapera que le han dado los Castro a todos los que neciamente –y, en no pocos casos, por inconfesables intereses– se han desgarrado las vestiduras en distintos momentos a lo largo del poco más de medio siglo que ha durado la ruptura de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba –y no por el pueblo cubano sino por sus opresores–, además de ponerlos en un mayúsculo ridículo, despoja a aquella potencia norteamericana del papel de “villano favorito” que ha protagonizado en el colectivo y frecuentemente estrecho imaginario latinoamericano, lo que en el caso de Venezuela terminará de invalidar un ya de por sí gastado discurso con el que en vano se ha intentado convencer, a los cada vez menos incautos creyentes de la palabra socialista del siglo XXI, de una supuesta relación causal entre el “imperialismo yanqui” y la perpetuación –e incluso profundización– de su pobreza; y si, adicionalmente, se toma en cuenta la manera en que se ha encajado ese argumento dentro de esa estructura discursiva oficialista en los últimos años, queda claro que será imposible atribuir a otro actor las “culpas” que hasta este momento se le han achacado al pretendido “enemigo” de la patria.

Sin duda, algo que pondrá en un serio aprieto a un régimen cuya popularidad disminuyó de modo significativo en el transcurso de 2014 y que, de seguro, lo hará todavía más en 2015, aunque en mayor aprieto estará cuando muchos de sus miembros y “socios” políticos, pese a haber sido partícipes de la orgiástica rapiña roja, se distancien de aquel por temor a unas sanciones internacionales que les niegue el acceso a los tan anhelados y ya saboreados frutos “capitalistas” del “jardín de las delicias” global.

Podría ser ese el principio del definitivo aislamiento –y, por tanto, debilitamiento– de la oligárquica cúpula “revolucionaria”, máxime si el ejemplo de la nueva política exterior estadounidense es emulado –diligencias vaticanas de por medio– por los países de la Unión Europea y demás naciones desarrolladas del mundo.

Y si a todo esto se suma la indecible devastación que acarreará la colosal crisis que se vislumbra para el próximo año –y que, en perspectiva, hace pensar en la que se vivió en 2014 como una dificultad menor–, no sería disparatado afirmar que la coyuntura económica y sociopolítica nacional en 2015 sí podría favorecer la consecución de las transformaciones necesarias para encauzar al país hacia su desarrollo –aunque ello dependerá, a fin de cuentas, de la voluntad y el tesón de la sociedad venezolana–.

Y cambiando de tema: breves sugerencias para preparar un dulce de lechosa de extraordinaria calidad

-Asegúrese de que la lechosa esté realmente verde.

-No remoje por mucho tiempo en bicarbonato de sodio las lonjas de la fruta.

-No agregue azúcar o papelón en exceso.

-Cocine el dulce a fuego bajo.

¡Buen provecho!


@MiguelCardozoM