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Milagros Socorro

La ética según Mujica

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Después de las declaraciones de Marco Aurelio García, asesor especial de asuntos internacionales de Brasil, la única opción decente era el mutismo.

Este lunes, 7 de enero, el llamado Maquiavelo del Brasil, García, anunció lo que su gobierno había arreglado con los Castro, durante el viaje de dos días que acababa de hacer a Cuba. El asuntillo que cubanos y brasileños habían despachado era, ni más ni menos, el destino de Venezuela. Y así mismo lo hizo saber García, quien, sin disimulo, sin subterfugios y sin siquiera la presencia de algún venezolano aunque fuera para fungir de hoja de parra estableció que el vicepresidente Nicolás Maduro podría asumir temporalmente el poder en Venezuela hasta que Chávez se recupere o se determine su incapacidad.

“Hay un vacío constitucional en ese punto –mintió García–. Y la interpretación que está siendo dada es que quien asume es el vicepresidente”. Y, desde luego, “la interpretación” estaba “siendo dada” por el generalato cubano y el poder político y económico del Brasil, que se han repartido a Venezuela, sin olvidar a socios menores, como Argentina y Colombia, que ya tienen asegurado el mercado para su producción.

Esa decisión fue comunicada a Maduro, que nada tuvo que ver en ella. Como tampoco fueron consultados Diosdado Cabello, el PSUV, la FAN, el Tribunal Supremo de Justicia ni mucho menos la oposición democrática. Todos fuimos enterados por Marco Aurelio García de cuál sería la deriva de nuestro país. Y eso era una sentencia inapelable, como los hechos lo demostraron.

De manera que el acto de celebración… ¿fue celebración? Bueno, el acto de masas para festejar el inicio de un nuevo periodo constitucional sin Chávez no fue más que una mojiganga para las masas. Una farsa, con alcohol y congas, escenificada después de que la Asamblea Nacional y la Sala Constitucional del TSJ repitieran como autómatas el veredicto de Marco Aurelio García.

Nuestro país había sido humillado como nunca en su historia. Y frente a eso lo único prudente… piadoso… era el silencio. El solo hecho de tomar parte en el jolgorio, un ritual primitivo para primitivos, equivalía a hacerse cómplice de la celada que se ha tendido contra Venezuela. A un banquete de comida podrida era previsible que sólo comparecieran los degradados, los más hambrientos. Y así fue, efectivamente, pero hete aquí que entre ellos se encontraba José Mujica, el san Francisco de Asís de la izquierda latinoamericana, el abuelito bonachón, el de los discursos impregnados del tono bobalicón de Benedetti.

Había venido a sobreactuar la gratitud por los beneficios que Chávez, sin esperar autorización del Poder Legislativo y sin contraloría, había dispensado al Uruguay. Y, naturalmente, a rellenarse las faltriqueras.

Unas semanas antes había manifestado con toda nitidez su desprecio por la tradición política y cultural de Venezuela. “En el Caribe –dijo Mujica con su carita de estampa de paño de cocina–, la política funciona determinada por verdaderos caudillos de carácter popular y Chávez lo es”. ¡Y al carajo, pues! El país que en los setenta recibió a los uruguayos martirizados por las dictaduras militares, que en su momento cerró nuestra embajada en Montevideo porque los esbirros de aquel país irrumpieron en sus instalaciones para sacar a una maestra que había intentado buscar asilo en la legación de una nación democrática, resulta que en la consideración de Mujica lo que le cuadra es un chafarote. En menos de lo que espabila un monje loco, el peluche de los tupamaros coincide con Vallenilla Lanz en la tesis del gendarme necesario.

Cuando vino a ver, estaba en medio de un frenético areíto, escoltado por el conocido malhechor Daniel Ortega, quien, con su arraigada entonación etílica (me dicen que también ayudado por ciertas drogas) se despachó insultando a la oposición venezolana en términos de vileza cónsona con la calaña del nicaragüense. Y ahí estaba el cándido Mujica, en el grupo de los extranjeros venidos a ultrajar venezolanos (con viáticos venezolanos).

Cuando lo arrastraron al micrófono pretendió mostrarse superior. Ponerse tanguero. Distanciarse del señalado de violación sistemática contra su hijastra. Hacer el pedigüeño, pero no babearse en público.

Ya era tarde. Ya estaba pringado de la miseria que vino a Venezuela, pero esta vez no para pedir protección del Plan Cóndor, sino para llamarnos “buitres”.