• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Corina Yoris-Villasana

Entre el ethos, el logos y el pathos

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Argumentamos para alegar el porqué de nuestras creencias; argumentamos para persuadir a alguien, para acusar o defender; para dar apoyo a una propuesta, o para recusarla. Al argumentar podemos tener diferentes intenciones, pero hay un aspecto común a esas intenciones distintas, y es que al argumentar, buscamos persuadir o convencer a alguien de algo. El comunicador social, el abogado, el sociólogo, el politólogo, el educador, por tan sólo nombrar algunos profesionales, realizan sus funciones mediante una continua argumentación. Informa, defiende o acusa, analiza, enseña, persuade, en pocas palabras, argumenta; el éxito de su labor radica en el buen uso que haga de su “argumentación”; sin embargo, mucho me temo que una mayoría abrumadora de estos profesionales nunca se ha acercado a lo que hoy se conoce como Teoría de la Argumentación, Lógica Informal, Pensamiento Crítico o Razonamiento Crítico, Análisis del Discurso; incluso, es común leer “sesudos” análisis donde mezclan y confunden estas disciplinas.

Intentaré aclarar esas diferencias. El propósito que persigue el Razonamiento Crítico es exponer cómo, con el uso de determinadas habilidades discursivas básicas, se pueden perfeccionar las capacidades argumentativas. Por su parte, el fin primordial del Análisis del Discurso es investigar sistemáticamente el discurso escrito y hablado en el uso de éstos como expresión de la lengua; pretende superar la parcelación a la que conducen determinadas disciplinas estudiosas del lenguaje. La Lógica Informal es una rama de la Lógica, entendida como estudio analítico y normativo del lenguaje y el pensamiento discursivos. Forma parte de los estudios de la Teoría de la Argumentación. A su vez, por ésta se entiende el estudio y la investigación de los conceptos, modelos y criterios relacionados con la identificación, construcción, análisis y evaluación de argumentos. Si alguien desea ampliar estas definiciones puede acudir al Compendio de Lógica, Argumentación y Retórica de Luis Vega. Hablar de cada una de estas disciplinas, sin establecer sus linderos y conocer sus alcances y limitaciones, es, por decir lo menos, temerario e irresponsable.

El aumento progresivo de las investigaciones sobre Teoría de la Argumentación, por ejemplo, hace inviable dar cuenta pormenorizada de cada aporte realizado desde la aparición de la Nueva Retórica de Ch. Perelman. Los estudios sobre los avances de la disciplina muestran la imposibilidad de divorciar la lógica, la dialéctica y la retórica; dichas disciplinas tienen puntos en común, y otros donde se separan. Siempre cabrá preguntarse ¿por qué privilegiar al ethos, por ejemplo, o al logos, y qué decir del pathos?

Básicamente, la Teoría de la Argumentación concibe la naturaleza del lenguaje como esencialmente persuasiva. ¿Es lo mismo “persuadir” que “convencer”? ¿Cómo manejamos la persuasión versus el convencimiento? Parecería que la persuasión está dirigida a conseguir un efecto conveniente, a adoptar una actitud peculiar y llevarla a la acción; por su parte, el convencimiento acostumbra mantenerse en la esfera intelectual. Ese matiz que diferencia “persuadir” de “convencer” se halla generalmente vinculado a las pasiones, a los sentimientos, y no al “entendimiento” característica esencial de “convencer”. Me pregunto, en el argumentar cotidiano, ¿cómo establecemos la diferencia?

Hay una famosa frase -famosa por otras razones- del rector Miguel de Unamuno, que deja clara la distinción entre ambos vocablos. En el acto de iniciación del año académico, 12 de octubre de 1936, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, varios oradores desgranaron chabacanerías acerca de la anti-España, y Unamuno, ante los ataques, se levantó indignado y pronunció un discurso donde dijo, entre otras célebres palabras: “¡Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.