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Alberto Barrera Tyszka

El eterno vacío del zapping

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Vivimos como si la historia fuera un zapping. Como si el país solo fuera un inmenso y continuo aerobic simbólico donde, cada cinco minutos, hay un nuevo cambio de rutina. ¡Comenzamos ya! Ahora todos a mover las caderas hacia la izquierda. ¡Un-dos-tres! ¡Ajá! ¡El presidente asegura que Venezuela “goza de muy buena salud en el campo fiscal”! ¡Cambio! ¡Todos ahora a saltar sobre una pierna! ¡Chucutín, chuquitún, chucután! ¡Vaaaamos! ¡El presidente anuncia una “revolución fiscal”! ¡Cambio! ¡Con las dos manos arriba! ¡Todo el mundo con la Ley Habilitante para acabar con la corrupción! ¡Así, así, así! ¡Cambio! ¡Ahora nos toca la movida de mata! ¡Fíjense cómo lo hago! ¡Parece que se mueve pero no se mueve nada! ¿Entienden? ¡Cambio! ¡Y uno! ¡Y dos! ¡Y tres! Y ahora a darse duro con este tierno videoclip. Es la gimnasia de Cilia y Nico. Tan bonitos. ¡Esto sí es un sacudón!

En la lógica del zapping, ese salto de canal en canal por la programación de la TV, la velocidad es lo esencial, define la sintaxis. A medida que pasan las imágenes y cambian los formatos, se reduce la información y el entretenimiento comienza a consolidarse en la experiencia de no quedarse nunca en ninguna estación. No parece haber otro orden. Nada de lo que vemos, tampoco, parece tener mayor consecuencia. Todo está permitido y todo puede suceder en esta vida de zapping. Hace casi un mes nos dijeron que esa semana nos darían pruebas sobre los supuestos militares implicados en el supuesto golpe de Estado. ¿Alguien todavía recuerda eso? ¿Acaso importa?

La memoria es una gran enemiga del gobierno. Y el gobierno lo sabe. Por eso la nueva oligarquía ha entendido que los medios son una prioridad. Solo así Maduro puede prometer, todos los días, que mañana entregará la lista de las empresas fantasmas a las que el Estado dio más de 20.000 millones de dólares. Es la forma más perversa de dominar el zapping: no importa quién tenga el control remoto. Todos los canales son de un solo dueño: la variedad como forma de repetición.

Se trata de un modelo de sintaxis donde el absurdo y las contradicciones sirven para crear una nueva coherencia. Esta semana, la fiscal general de la república, en un acto de inspección en el antiguo Cuartel San Carlos, afirmó que ese lugar “albergó a verdaderos presos políticos”. Fue una obvia manipulación para deslegitimar a los más de 100 venezolanos actualmente encarcelados por protestar. No habló de las denuncias de tortura, de la parcialidad de los procesos judiciales. No habló de los funcionarios acusados de homicidio que están libres. Tampoco habló de Marvinia Jiménez. La nueva hegemonía comunicacional no ofrece esos canales. Para José Vicente Rangel, los derechos humanos de Sairam Rivas (quien lee a Marx y no a Adam Smith, por cierto) no merecen salir en televisión. ¡Cambio! ¡No se pierdan ahora el nuevo numerito del general Padrino!

Todo esto no ayuda a una oposición que, cada vez con menos presencia en los medios, luce desorientada y dividida. La peor consecuencia de la propuesta de “La Salida” parece ser ahora la pérdida de discurso. No hay, ni del lado de los convocantes ni del lado de la MUD, quien ofrezca un balance de la situación, quien diga realmente qué ha ocurrido y qué está ocurriendo, quien tome y organice el dolor y la frustración de la gente, quien proponga con transparencia y honestidad un análisis que permita superar el momento y avanzar. Frente al caos del gobierno ahora tenemos el caos de la oposición. Hace poco más de un año, 7 millones de indignados hicieron por primera vez posible –en década y media– la alternancia. El gran retroceso es que la agenda de la Unidad sea ahora la unidad.

Nada permanece. Vivimos en el espacio de los anuncios. Ahí donde dicen “corte a comerciales”, comienza nuestra historia. Y nos quedamos sintiendo que la verdadera programación transcurre en otro lado, que nunca podemos verla. Chávez convirtió a la sociedad en un espectáculo que giraba a su alrededor. Esta también es su herencia. El eterno vacío del zapping.