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Juan Esteban Constaín

El eterno retorno

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Ayer fui a visitar a un amigo y maestro con el que uno puede quedarse todas las horas de la vida hablando y hablando y hablando, y hablando, y es como si el tiempo no pasara: como si el mundo fuera –y lo es– solo un pretexto para poder conversar. Decía Borges que el diálogo fue el mejor invento de los griegos, y él mismo lo cultivó hasta volverlo un género literario: una gran hoguera alimentada por sus teorías e intuiciones; una manera, la más bella, de ser en el mundo. El fuego que nos hace comprender.

En fin: mi amigo es tan buen conversador que el hijo de otro amigo suyo siempre estaba feliz de verlo llegar de visita a su casa, pues cuando eso pasaba la tertulia podía durar varios días seguidos. Sin parar, como una buena parranda vallenata. Una vez la cosa duró tanto, que el niño hizo tareas por la tarde, luego comió, luego se fue a dormir, luego se levantó, luego se fue al colegio, luego volvió. Y su papá y su amigo seguían allí, dichosos e impasibles, sin que el tiempo existiera. “Eso quiero hacer yo cuando sea grande”, dijo el hijo.

Fui a visitar ayer a mi amigo, entonces, y me habló de la muerte del fotógrafo Quique Scopell, uno de los últimos sobrevivientes, o acaso el último, aunque ya no, del mítico ‘grupo de Barranquilla’, en el que también bebieron y estuvieron Gabriel García Márquez y Álvaro Cepeda Samudio, ‘Figurita’ y Julio Mario Santo Domingo. “Y Germán Vargas”, dijo mi amigo, al que ambos celebramos como un impecable prosista y un lector visionario, y un escritor tan honrado que dos veces quemó todas sus cosas para que nadie más pudiera leerlas.

“Solo quedó esto”, me dijo mi amigo, alcanzándome un libro de Vargas que se llama Sobre literatura colombiana y que en 1985 publicó en una de sus pulidísimas ediciones la Fundación Simón y Lola Guberek. Yo lo olí, como se deben catar los libros buenos y también los malos; luego lo hojeé, cazando al azar las frases secas, magistrales, del estilo de don Germán. Entonces vi la dedicatoria manuscrita, que era para mi amigo, y se lo dije: “Qué maravilla: con firma y todo...”.

Él me preguntó que para quién era. “¿Para quién era qué?”, le pregunté yo. “Hombre: pues la dedicatoria...”, me dijo. “Pues para usted”, le respondí. Entonces mi amigo saltó aterrado de su silla y me arrebató el libro, con la página abierta donde estaba la firma: “Germán Vargas, Barranquilla, 1985”. “Es imposible”, dijo. Le pregunté que por qué y me contestó, aún sin poder creerlo: “Porque este libro lo compré hace una semana en una librería de viejo, sin ver la firma...”.

Es decir: mi amigo, según sus cuentas, se reencontró con su libro casi treinta años después, sin recordar siquiera que ese libro hubiera existido alguna vez ni la forma en que se le escapó de las manos, ni cuándo. Como si el azar y su magia se encargaran de enseñarnos que hay objetos y personas y recuerdos y pasados que son solo nuestros, y que nuestra vida está en ellos, no importa cuánto se demore en volver a la isla desierta la botella con el mensaje del náufrago. Siempre regresa, siempre.

Yo creo en esos milagros porque una vez me ocurrió uno, y sé que son tantos y tan frecuentes como esas cosas nuestras y extraviadas que van por el mundo hasta el día en que vuelven con nosotros. Con el tiempo a cuestas; con la clave de lo que somos. Una vez una amiga adorada me regaló el libro que yo quisiera de su biblioteca. Ya estábamos de afán y de salida. Entonces cogí uno cualquiera y me lo llevé, La república en la América española, de Sergio Arboleda.

Cuando regresé a mi casa lo abrí, lo olí. Era una edición antigua, sin la portada original. Había en cambio una firma que descifré con asombro y maravilla.

Era, es, la firma de mi bisabuelo.

 

catuloelperro@hotmail.com