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Tulio Hernández

La etapa que comienza

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Comienza otro juego. Independientemente de los resultados de las elecciones que se realizan hoy 14 de abril, con la elección del nuevo presidente Venezuela asiste al fin de una etapa de su vida política contemporánea y a la entrada en otra nueva. La primera, la que termina, marcada plenamente por la omnipresencia de un solo hombre, un militar de carrera, llamado Hugo Chávez. La segunda, la que comienza, por su ausencia.

La que termina tiene como punto de partida dos hechos fundamentales. El fallido intento de golpe de Estado de 1992 y el cese extemporáneo de la presidencia de Carlos Andrés Pérez, en 1993, por obra y gracia de una componenda entre un grupo de las élites políticas, intelectuales y económicas y la Corte Suprema de Justicia de la época. Un suicidio.

El primer suceso, el golpe militar, significó la entrada en la escena pública de líder mesiánico que coparía con su presencia estos 21 años de historia y la señal inequívoca del regreso del militarismo al ejercicio del poder. El segundo, el golpe judicial, fue el empujón final a la pérdida del poder y la debacle del sistema de partidos sobre el que se había construido la democracia que, a partir de 1958, logró frenar el militarismo.

Y, lo que a la larga fue más grave, la debacle de las identidades estables que desde 1945 en adelante marcaron las pertenencias políticas y las opciones electorales de la ciudadanía venezolana. Desde entonces AD y Copei no regresaron a Miraflores. Tampoco a los afectos de la mayoría. Durante un rato largo el chavismo se quedó en el tablero jugando prácticamente solo.

La etapa que comienza también está marcada por dos acontecimientos. El primero, razones del azar, la desaparición física del líder que le impidió ejercer el nuevo período de gobierno para el que había sido elegido en 2012. Y el segundo, resultado de un largo proceso, la constitución por primera vez en estos 21 años de una alternativa política, unitaria y nacional, que ha convertido a una oposición minoritaria y derrotista en una fuerza percibida como opción de poder. El tránsito más visible: del 36% de los votos obtenidos por el candidato Rosales, casi duplicado por el 62% del candidato Chávez en las elecciones de 2006, al 45% de Capriles en las de 2012 frente al disminuido 54% de Chávez.

Ambos hechos se entrecruzan y crean un nuevo escenario. La desaparición física del Líder Único, porque trae como hecho irreversible algo que muchos venían pensando sólo como una posibilidad remota, la existencia del chavismo sin Chávez. Y la formación de una fuerza y un liderazgo opositor de peso, con nuevos actores agregados a los de la era bipartidista, porque ya su presencia no estará marcada por el rechazo al Líder sino por la construcción de una identidad autónoma y un proyecto propio.

La historia contemporánea nos enseña que la muerte de los hombres fuertes trae consigo cambios profundos y en algunos casos la desaparición de los proyectos armados en torno a su persona. Luego de la muerte de Torrijos su movimiento no tuvo continuidad. El desmembramiento de Yugoslavia fue inminente luego de la desaparición de Tito. Incluso, a pesar de tener detrás aparatos tan sólidos como el Partido Comunista Soviético y la KGB, la muerte de Stalin trajo consigo grandes cambios que conducirían años más tarde al poder de Kruschev y el ablandamiento del aparato de terror estalinista.

Venezuela no será la excepción. La ausencia de Hugo Chávez, de su don de mando único para dirigir militares y civiles, su autoridad y ascendencia para garantizar la cohesión entre las distintas tendencias que cohabitan en su proyecto, y la destreza para mantener encendido el fervor de sus seguidores, obligarán al chavismo a cambiar su modos de hacer política y ejercer el poder.

A 20 años de la primera derrota del bipartidismo, ejecutada por Rafael Caldera actuando como Cronos político que devora a sus hijos, y a casi 15 del inicio del modelo chavista en 1999, el escenario político venezolano presencia la paulatina constitución de una cartografía política en la que, como ocurre en las democracias estables, o en el modelo bipartidista anterior,  las definiciones de los electores se producen no por la cercanía o la distancia, la aceptación o el rechazo a un líder carismático, sino por la confrontación entre grandes organizaciones políticas y proyectos de país. Es la etapa hacia la que todo indica que marchamos. A menos que alguien decida patear la mesa.