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Claudio Nazoa

Los estragos de la CIA

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Mi familia y yo estábamos emocionados porque pasaríamos unos días en la casa de Emilio Lovera en San Antonio del Golfo, en el estado Sucre. Nos levantamos como a las 5:00 de la madrugada para aprovechar el tiempo, pero cuando estábamos llegando a Cúpira, increíblemente, todos los carros que venían en sentido contrario encendían y apagaban las luces indicando que algo malo pasaba delante. Pero, como venezolano al fin, uno cree que el problema que ellos están avisando no nos va a afectar y que uno sí va a poder continuar su camino y llegar. Media hora después, nos encontramos con que se había caído el puente de Cúpira y no había paso. Mis tres menores hijos, frustrados, comenzaron a llorar, porque durante meses habían esperado este viaje.

Mi suegra y mi esposa también hicieron lo suyo: hipercuaimicamente no dejaron de reprocharme ni de acusarme, como si yo hubiese sido el que derrumbó el puente.

¡Yo te dije que saliéramos ayer...! ¡Ah!, pero no, tú siempre haciendo lo que te da la gana, ¡allí están las consecuencias...! ­gritaba ella con estridente voz aguda para hacerse oír por encima de los gritos de los niños.

Es que no me explico por qué mi hija se casó contigo. ¡Y mira que bastante que se lo dije...! De regreso nos topamos con una enorme cola, porque los que nos devolvíamos nos sumamos a los habitantes de Guarenas y sus alrededores, que también iban a Caracas.

Esa noche tomamos una decisión violenta, sobre todo por los niños, nos levantaríamos a las 5:00 de la madrugada del día siguiente para ir a casa de mi hermano Raúl, que vive en Mérida. Amaneció lloviendo, pero así y todo fuimos vía los llanos de Barinas. Como a las 11:00 am ya estábamos en Barinitas, listos para subir la montaña hasta Mérida.

La lluvia continuaba y, luego de cuatro horas de camino, de nuevo, aparece la misma visión apocalíptica: los carros que venían en sentido contrario, encendían y apagaban con insistencia las luces de sus faros. Como la primera vez, atemorizado por la lengua de mi suegra y de mi esposa, decidí no hacer caso y seguir hasta que obligatoriamente tuve que detenerme: un enorme derrumbe que cortó en dos la carretera, nos impedía el paso. Comenzó de nuevo la pesadilla con mis hijos, mi esposa y mi suegra.

Yo te dije que esto de ir a Mérida no era buena idea...!

¡Mijita es que el hombre "s" es un pichirre!, en vez de traernos en avión...

Esa noche dormimos en Barinas, y violentamente, otra vez, decidimos irnos a las 5:00 am para conocer las playas de Falcón. Todo iba muy bien hasta llegar a Coro. De pronto, a lo lejos, comenzamos a ver bomberos y ambulancias. Una enorme columna de humo negro cubría el cielo y de nuevo vimos los carros con las luces encendidas.

Se estaba incendiando la refinería de Amuay y no había paso.

¡Yo te dije que lo mejor era que nos fuéramos directo a Caracas...! ­Sólo a Francisco de Miranda y a ti se les ocurre venir por estos lares.

Ese día nos quedamos en Coro, y otra vez decidimos salir a las 5:00 de la mañana, en esta ocasión vía Choroní, en el estado Aragua. ¡Por fin pudimos llegar a algún sitio! Lo único malo es que ya llevamos atrapados quince días en Choroní porque la carretera se cayó y nadie puede entrar ni salir, además, no hay luz ni agua, sólo un río desbordado enfrente. Razón tiene el que te conté en odiar al imperio y a la CIA, que están destruyendo a mi país y a mi familia. Menos mal que aún queda un camino por donde todos podremos transitar.