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Lorena González

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Tres variables de las poéticas de archivo

El pasado domingo la Sala Mendoza dio inicio a su programación expositiva de 2014. Tres muestras asentaron el recorrido germinal de este año: en la sala principal, la individual de la creadora Lucía Pizzani, quien luego de obtener el primer lugar del Premio Mendoza del año pasado concretó una residencia en el Hangar de Barcelona, una investigación profunda que dio como resultado los diversos capítulos que integran la exhibición El adorador de la imagen. En la sala de la librería un conjunto de collages con el nombre Pares mínimos nos confronta con la obra más reciente del poeta y ensayista Rafael Castillo Zapata, en tanto que el espacio de la sala documental reúne una delicada exposición de lo que han sido las propuestas de diseño gráfico que distintos artistas han adelantado a lo largo de la historia de esta institución.

Aunque no lo parezca, algo de conexión vital hay en cada uno de estos atajos inaugurados al unísono: las poéticas particulares que se desprenden del trabajo con el archivo como una de las estrategias más visitadas del arte actual. Mucho se ha discutido en torno a esta forma de acción transformada en el laberinto crucial de la contemporaneidad; foco primordial que probablemente haya adquirido esa relevancia, gracias al manejo identitario que el mundo global y las redes sociales le han brindado a las particularidades de un individuo en otro momento invisible para el resto. No es de extrañar que en un tiempo viral en el que todos y cada uno de los involucrados pueden organizar, develar y secuenciar su propia historia a través de la imagen, sea esta práctica el enclave idóneo para traspasar desde el desempeño cotidiano hacia la materialización espacial de la metáfora.

En el caso de la muestra que rinde homenaje a los veinte años de la Sala Documental, el archivo ha sido manipulado en su forma más directa: un estudio cronológico de las improntas gráficas que diseñadores de distintas generaciones asentaron en esa conexión especial entre la manifestación artística y la conceptualización gráfica como ventana y testimonio de la labor creativa de un otro. Para Castillo Zapata, son los rasgados de una memoria silenciosa los engranajes reveladores de un golpe de la imagen que se multiplica hacia el infinito: pares mínimos, delicados conjuntos de una palabra primordial que anida en el archivo oculto del trayecto personal y que, gracias a una contingencia tan formal como azarosa, son capaces de asentar sus sonoridades en la geometría afectiva de cada espectador.

En la muestra El adorador de la imagen de Lucía Pizzani, es el dato decimonónico de una simbología de lo femenino el punto de quiebre para la reconstrucción de visiones alternas, un campo delicado en el que las texturas de la naturaleza con las que inició sus primeros trabajos regresan en una revisión individual que ahora se instaura como sintomatología esencial de su obra reciente. Archivo universal de historias femeninas inscritas en los anales del olvido, que se reactivan gracias a la referencia propia; pequeñas iluminaciones de un subrayado puntual en personalidades, crónicas e imágenes que a través de la fotografía, el video, la instalación y la performance destacan los punzantes vericuetos poéticos que anidan en las misteriosas páginas ­­–aún no liberadas– de un sujeto en transformación constante.