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Luis Pedro España

El espíritu del 23

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A veces los pueblos se hartan y llegado ese momento las cosas cambian. No es que crea que los cambios políticos son casuísticos o enteramente impredecibles, pero ¿alguien podía decir que después de un año de bonanza petrolera como la de 1957, con plebiscito legitimador de por medio, se iba a terminar con lo que paso el 23 de Enero?

Uno de los muchísimos riesgos que tienen las interpretaciones historicistas es que reconstruyen hacia atrás una realidad cuyos protagonistas no conocían las consecuencias que implicaría. Ni la carta pastoral de monseñor Arias Blanco, o la huelga de prensa dos días antes de la caída del régimen, y hasta puede que la develada intentona de Hugo Trejo fueron interpretadas por sus protagonistas como lo que después la historia señaló como antecedentes de la huida de Pérez Jiménez a República Dominicana.

Los pueblos despiertan. Unas veces revolucionariamente, otras veces conservadoramente. La opinión pública y los sentimientos colectivos son así, impulsivos, algo impredecibles, aunque finalmente responden a situaciones que realmente eran insostenibles. Por fortuna, en democracia hay cómo canalizar ese despertar.

Es por ello que el recuerdo del 23 de Enero debería ser una fecha temida por aquellos que ejercen el poder y no tienen previsto dejarlo. Los gobiernos que saben cuándo es su fecha de caducidad tienen la ventaja, incluso por muy malos que sean, de que la certeza de su expiración persuade a las masas de seguir caminos diferentes de los de la sucesión democrática. Pero cuando no hay certezas de cambio, entonces los riesgos de salidas extrainstitucionales aumentan.

Sea porque cargamos con más de cincuenta años de cultura democrática encima, o porque hemos aprendido que a pesar de vivir lo peor que en cada ocasión creemos que hayamos podido vivir, lo cierto es que para los venezolanos la democracia (entendida entre nosotros como el mecanismo de resolver los conflictos y nuestras diferencias por la vía electoral) es lo último a lo que estamos dispuestos a renunciar. Así ocurrió con los intentos de golpe de Estado de febrero y noviembre de 1992 o, más recientemente, con el de abril de 2002.

En todo momento de gravedad institucional hemos recurrido a las elecciones (aunque a veces hemos tenido que esperar un largo plazo hasta la fecha) como el instrumento para reacomodarnos y seguir hacia algún lado que todos desearíamos que fuera adelante.

Los tiempos que corren no serán la excepción. Más allá de la involuntaria ausencia presidencial y los arreglos improvisados, llegado el momento, un proceso electoral nos recompondrá el proceso político, y esperamos que esta vez podamos construir el andamiaje institucional que necesitamos para progresar económicamente y desempeñarnos socialmente de forma un poco más predecible.

Las elecciones y la ventaja de contar con ellas es, finalmente, el espíritu que debemos invocar cada 23 de enero. Fecha que ha resistido los embates de sus detractores históricos y los errores de sus aprovechados defensores. Fecha de la civilidad, de la que los militares no se sienten excluidos, y la que algún día los venezolanos volveremos a celebrar juntos, en una sola marcha, en un solo acto unificador, celebrando lo único que entendemos sobre la democracia: el voto.