• Caracas (Venezuela)

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Armando Janssens

La esperanza

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Todos tenemos esperanzas. O deberíamos tenerla en cierta abundancia. Sin ella no hay vida. Es tan importante para la vida diaria que se convirtió en una virtud teologal al lado de la fe y del amor. Parece ser la menor de las tres. Pero no nos equivoquemos. Sin ella las dos otras no tienen la energía del futuro, sino solo una tenue luz del presente. Gracias a la esperanza, la fe se convierte en proyecto de vida, y el amor se traduce en obras para la gente, para la humanidad.

Pero en medio de la actual situación no es tan fácil percibirla. ¡Y menos, poder vivirla!

Mucho más evidente es manejar la desesperanza acompañada, con frecuencia, de un profundo malestar que puede llegar a la violencia, siempre ligada a la tristeza y hasta a peores sentimientos.

En todos los sectores de nuestra sociedad venezolana, la esperanza perdió puntos y la desesperanza está en auge. Muchos no ven dónde ubicar la esperanza, y se entregan a una neurosis que se convierte en un colectivo destructivo.

En los sectores medios la ubican mayoritariamente en la dinámica política y económica que asfixian el espacio para actuar y decidir. En los sectores populares el acento está más en el costo de la vida que sigue subiendo sin fin, en la inseguridad de sus vidas y de sus pocos bienes, y de las misiones sociales debilitadas.

 Ambos sectores necesitan de la esperanza como fuerza transformadora para no dejarse aplastar y vivir pasivamente. Esperanza es retar al futuro, es vivir con perspectiva, es ver la luz que se puede convertir en un nuevo norte. 

Con frecuencia me he referido a los emprendedores que, en medio de estos desajustes, logran instalar un taller o comercio y avanzar con la esperanza de obtener resultados para sus familias. No es que desconozcan la complejidad de la situación que les rodea o que actúen con ingenuidad, sino que la fuerza creativa de la esperanza les empuja hacia mejores horizontes.

Por este motivo, admiro a los políticos que se atreven a entrar en diálogo con sus adversarios, a pesar de los grandes obstáculos y contradicciones. No tengo la seguridad, y nadie la tiene, de que llegarán a reales resultados. Pero el solo hecho de que dan prioridad a la esperanza, a la posibilidad del éxito, por limitado que sea, es un signo de grandeza que vale la pena probar.