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Juan Carlos Gardié

La esperanza aguas abajo. (Metáforas de condominio)

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El líder de un cercano grupo comuno-promotor parece personaje de tira cómica: guayabera roja, cachucha con estrellita amarilla, carpeta marrón bajo el brazo y zapatos deportivos con lucecitas. Un superhéroe, pero al revés: “El Demagogo Escarlata”. Se reúne con susurrantes de boina y deliberan como quien conspira, prestos a ejecutar tácticas “políticas” diseñadas por sus cómplices de proselitismo engañoso. Es vox populi que el individuo en cuestión está desempleado. Sin embargo, recientemente adquirió un carro chino nuevecito. Rojo, por supuesto, y le regaló un televisor enorme a los guachimanes. Este obsequio no incluyó instalación de tv por cable, para que los candidatos a soplones no puedan escapar a las cadenas presidenciales. Aún así, los chequean dando tanto volumen a las sorprendentes peroratas de su líder nacional, que saltan como en concierto de Hany Kauam, aplaudiéndose entre ellos, porque al fin y al cabo el desfalco paga en efectivo a quien más se aplaste una mano contra a la otra. Su ideal de pueblo.

Desarrollaron miradas de Seguridad Nacional (término cónsono con sus edades y tareas de esbirros de Pérez Jiménez) e iniciaron la recolección de firmas para solicitar el tinglado necesario para pintar unas torres repletas de familias clase “medianamente medio media” y en declive. “Firmen, firmen, todo esto quedará como nuevo”, pregonaba y pregonaba el demagogo escarlata recordándome a Panchito Mandefuá. Por el pregón, digo. Por más nada. Panchito era de corazón puro, por eso cenó con Dios aquella noche decembrina.

El gentío se aglomeró salivando profusamente, incitados por la belleza prometida. Los bolígrafos se esgrimían como espadas danzantes con ansias de estampar rúbricas en aquel rollo de páginas vacías. De repente apareció el señor que suele pasear con dos perros pitbull y preguntó, soltando un Do de pecho: “¿Se puede saber lo que dice en la primera página de eso que firman?” Los perros querían tragarse vivo al escarlata, a quien del tiro se le apagaron las lucecitas de los zapatos. Con los gallos en estampida, se vio obligado a leer: “Un saludo revolucionario, patriótico y comprometido con el proceso…”

— ¡Para!— gritó la maracucha de la mezzanina— Yo no soy eso que ustedes pretenden. No soy comunista. ¡Ojo pela’o!

—Tranquilos— dijo el hombre. —Este encabezado es lo de menos. Lo podemos cambiar después. Sigan firmando. Lo importante es la esperanza.

Sin embargo, todos se fueron del lugar vociferando y, sin darme cuenta, me quedé frente a frente con el desairado promotor. No nos quedó más remedio que ponernos a hablar como si nos conociéramos desde siempre.

—¿Usted no va a firmar?— me dijo el batimanipulador.

—No firmo nada que me identifique como algo que no soy.

—Ah, pero sí va a disfrutar de la pintura del edificio.

—Se supone que pintarán áreas comunes.

—Cuando pintemos, voy a poner un cartel enorme que diga: ¡Gracias a la revolución!

—Y yo se lo mandaré a quitar. La “revolución” no existe como institución en nuestra carta magna. Es un apodo que se le puso al accionar político de un partido. Es una circunstancia que puede ser sustituida por otra en breve. En los auténticos Estados de Derecho, son las instituciones las que permanecen en el tiempo, amigo. Le pongo un ejemplo: decir “gracias a Chávez y a la revolución por este semáforo que inauguramos hoy”, pasa como simple slogan pero es institucionalmente inaceptable, ya que Chávez, para su información, falleció. En cambio, si usted dice: “Gracias a la Presidencia de la República”, aplica, porque esa institución existe y tiene un ser vivo que la ejerce. Si él se inspiró en Chávez, problema suyo. Sólo le concierne a él, no a la constitución ni a las leyes.

—Usted no entiende, Venezuela necesita del plan que ahora es ley. Requiere de esta esperanza.

—Mi nación no necesita una falsa esperanza, amigo. El mocho que vende flores en la avenida me contó que él tenía la esperanza de ver al río Guaire cristalino, como se lo prometieron. Soñaba con ver a Cristina con un bikini plateado, a Evo amenizando el sarao tocando su charango en la orillita, mientras remojaba los pies en las delicadas aguas. A Ortega y a Correa jugar alegremente con una gran pelota inflable y colorida con sus chorcitos, mientras Fidel avivaba el carbón para la parrilla y Raúl hacía la guasacaca. Solomo de cuerito uruguayo, por supuesto. El mocho esperanzado llegó a ver la porquería pastosa y flotante algo más clara, como si se estuviera blanqueando, y se preguntó: “¿Estarán limpiando el agua del río?”, pero la porquería danza hoy aguas abajo, como siempre. Usted sabe que él nunca compartirá un churrasco con Lula y menos con la Bachelet. Su revolución es una esperanza, amigo, pero amenizada con promesas irracionales. Nada cristalino. Nada potable. Nada transparente. Todo turbio, como el Guaire y el fondo chino del cual parece que dejaron sólo los palillos y algo de arroz frito. No firmo, pero dignamente armo mi trinchera desde mi negativa. ¿Usted?, siga con lo suyo. Está en su derecho. Pero evite ofender mi sentido común que cada día es más común y más sentido, como en San Cristóbal, San Diego y muchos otros lugares de Venezuela. Todos sabemos que usted no trabaja, pero recibe dinero. ¿De dónde?, usted sabrá. Gástelo como quiera, pero no trate nunca más de comprar mi dignidad con un pote de pintura corrupta como sus mentiras, militarismo, represión, pretensiones hegemónicas, censura, caudillismo pseudo-mesiánico posmortem, secuestro de instituciones. En una palabra: absolutismo boliburgués. Ahora, con su permiso, voy a comprar dos salchichones para los perros que lo obligaron a leer en voz alta y le apagaron las lucecitas de los zapatos. Luego le compro una rosa blanca al mocho, para dársela como símbolo de amistad, al decir de Martí, y a la señora de la mezzanina por hacerlo callar en el momento justo. Por último, le agradezco mucho su intento de oscura manipulación, porque consolida mi visión de entorno inmediato.   “Describe bien a tu aldea y serás universal”, decía Tolstoi. Mi localidad es mi casa, mi condominio, mi parroquia y mi ciudad.  Mi aldea no es como la pasta maloliente que ustedes dejan correr aguas abajo en el Guaire. Mi aldea es rugiente como el león de Judá, como el actual desbordamiento de fuerza en el Torbes y como San Diego, no por casualidad allí, donde ocurrió la batalla de Carabobo.