• Caracas (Venezuela)

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La clara derrota del kirchnerismo y su candidato, Daniel Scioli, en las elecciones presidenciales argentinas, realizadas el pasado domingo, más allá de la especificidad de su realidad y contexto, tendrán sin duda consecuencias y repercusiones en el ámbito regional, y una importante proyección hacia las elecciones parlamentarias venezolanas del venidero 6-D.

Fue Hugo Chávez quien emparentó sólidamente su proyecto político y su ejercicio del poder con el de Néstor y Cristina Kirchner, fomentando innumerables similitudes en cuanto al autoritarismo, la arbitrariedad, la pretensión hegemónica y el deseo de someter y aplastar al adversario, todo lo cual pretendía sustentarse en un discurso y unas acciones populistas, asistencialistas y clientelares, y además en una madeja de relaciones bilaterales, donde la corrupción y los negocios turbios terminaron siendo el  rasgo predominante.

Pero las semejanzas entre uno y otro modelo no se quedan allí, también en el camino al poder ambas opciones recorrieron rutas parecidas. El fracaso de las opciones tradicionales, el cuestionamiento y la desafección de las mayorías a partidos y liderazgos colocados de espaldas a la gente, el incremento de la pobreza y la exclusión, caldo de cultivo para el arraigo y la amplificación del discurso promesero, reivindicador y rupturista que crea en amplísimos sectores desasistidos y desesperanzados la ilusión en el líder carismático y vengador que viene a dignificarlos.

La etapa decadente de la IV república en Venezuela, y el fracaso estrepitoso de las opciones de Menem y De la Rúa, que sumieron a la Argentina en la peor de sus recurrentes crisis, y al pueblo sureño en el rechazo generalizado a la política expresada en la consigna “que se vayan todos”, crearon las condiciones para el ascenso y la consolidación del liderazgo de Chávez aquí y del matrimonio Kirchner en tierras australes. La sustancial ayuda del gobernante venezolano, siempre generoso con el tesoro público, permitió al nuevo rostro del viejo y polifacético peronismo superar las dificultades de la insolvencia y el default y luego el prolongado ciclo de altos precios de la soja y de los demás comodities de exportación agrícola, suministraron a Néstor y Cristina, como el petróleo a Chávez, fondos abundantes para una redistribución a través de ayudas, transferencias y dádivas a los sectores más pobres, dentro de un esquema clientelar ajeno a la verdadera inclusión productiva y redención social.

Aquí y allá, la corrupción y los abusos de poder pasaron a formar parte de la cotidianidad del gobierno, incluso una y otra administración establecieron múltiples conexiones mafiosas puestas al descubierto con el renombrado affaire del maletín de Antonini Wilson. Uno y otro gobierno la emprendieron contra los opositores, la prensa libre, la empresa privada, y todo cuanto constituyera obstáculos para sus propósitos de poder prolongado y arbitrario. Por supuesto, hay que señalar que el kirchnerismo, más allá de lo que pudo ser su deseo o voluntad, no pudo colonizar, someter, mediatizar y desdibujar el funcionamiento institucional de la república sureña, al grado de postración y vergüenza a los que se ha llegado en Venezuela.

La tendencia bajista de los precios de los principales productos de exportación, rubros agrícolas en Argentina y petróleo en Venezuela, colocaron a los dos gobiernos en posición de dificultad para seguir financiando un gasto público dispendioso e incontrolado, uno y otro apelaron a la receta ruinosa e irresponsable del populismo: los controles de precios, las sucesivas devaluaciones, la emisión inorgánica de dinero, que ya Argentina había experimentado en gobiernos peronistas anteriores, y cuyo efecto desbastador siempre es el mismo: inflación, pérdida de poder adquisitivo, desabastecimiento, carestía, que por supuesto recae con mayor énfasis sobre los más pobres, a quienes el sueño esperanzador del discurso demagógico se les desdobló en trágica pesadilla.

También a la hora de la confrontación electoral, el kirchnerismo y el chavismo parecen hermanarse en sus mismos métodos y procedimientos: reparto prodigioso de dadivas, multiplicación de promesas, intimidación, amedrentamiento, presión sobre empleados y servidores públicos, violencias y amenazas, una combinación no siempre equilibrada de “zanahoria y garrote” con el que pretenden forzar las otrora voluntarias y entusiastas lealtades, y que se han demostrado estériles cuando la gente se decide a sacudírselos.

El ciclo del neopopulismo autoritario latinoamericano, que tuvo por años  sus fortalezas en el eje Caracas-Buenos Aires, hoy se  desvanece y marca su decadencia inexorable. El colapso de la falsa y transitoria ilusión de mejoría, naufragada en crecientes niveles de pobreza y frustración, la corrupción estructural e impune, el atropello a las libertades de los ciudadanos, la atmósfera irrespirable de arbitrariedad y atropello, crean una onda creciente e indetenible de cambio, que se manifestó con claridad y contundencia el pasado domingo en las elecciones presidenciales de Argentina, y que como lo constatan todas las mediciones de opinión e intención de voto otorgarán una rotunda victoria y una sólida mayoría parlamentaria a las fuerzas de la unidad democrática venezolana. En el espejo del derrotado kirchnerismo ya se proyecta el rostro desfigurado y decadente de la cúpula chavista, que nada distinto a la ruina, la pobreza y la destrucción tiene que ofrecerle a Venezuela.