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Raúl Fuentes

El eslabón perdido

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El periodista y escritor español Javier Memba desarrolló, entre 2001 y 2002, para el diario madrileño El Mundo, un inventario de 75 escritores catalogados como Malditos, heterodoxos y alucinados, una sugestiva denominación con la que, junto a autores como Antonin Artaud, Yukio Mishima, Horacio Quiroga o Joseph-Pétrus Borel, etiquetó  al francés Pierre Boulle, autor de copiosa y tardía producción, tan tardía que uno de sus exégetas sostuvo que decidió dedicarse a la literatura “solo cuando la muerte se le presentó como único futuro”. A Boulle debemos dos exitosas obras que, llevadas al cine, alcanzaron notoriedad y acapararon premios y elogios: El puente sobre el río Kwai (1957) y El planeta de los simios (1968); de esta última, convertida en franquicia, se han realizado siete películas, dos series de televisión y un remake, en 2001, dirigido por el excéntrico Tim Burton con la participación de lo que podríamos llamar un equipo ganador, lo cual no evitó que –y a pesar de la satisfactoria taquilla– la crítica emitiera severos y demoledores juicios en su contra; ha sido, sin embargo, esta adaptación la que nos animó a perpetrar el presente artículo, por su inesperada y asombrosa convergencia con una curiosa  escena de un film cuyo nombre y argumento desconocemos.

El refrito de Burton fue exhibido, noches atrás, en una estación  de televisión por cable y, durante el habitual zapping al que nos obligan los espacios publicitarios, entrevimos la escena referida en una película de gángsteres que transmitía la competencia y en la que un aspirante a “duro” trata de impedir que un par de malhechores de barrio hablen directamente con un sujeto semioculto entre las sombras del set, il capo di tutti capi, presumimos, como se desprende de lo que uno de ellos espeta al cancerbero “he visto al mono, pero no al organillero”, frase que, para nosotros, fue el feliz hallazgo que justificó saltar de un canal a otro.

Quiso la casualidad que, de regreso al ámbito gobernado por primates, apareciera fugazmente en él un organillero; pero, en vez  de la imagen tópica (músico  de tirantes, boina y pañuelo al cuello que hace sonar su instrumento mientras un mono capuchino, cual si de un sacristán se tratase, pasa el cepillo entre la audiencia), vemos a un chimpancé accionando la caja sonora y a un humano diminuto, un enano, quizá, recolectando el dinero; y, claro, la yuxtaposición de frases e imágenes nos llevó a formularnos la pregunta que más de media Venezuela –en especial a partir del estancamiento del diálogo entre gobierno y oposición– se hace en relación con quién manda verdaderamente en el país. ¿Quién es el mono y quién el organillero? ¿O tal vez no haya una clara asignación de atribuciones ni un trazado definido de las parcelas de poder que corresponden a cada uno de los que creen tener la sartén por el mango, pero que se queman apenas intentan asirla?

En las distintas aproximaciones cinematográficas a la distópica fantasía de Boulle se insiste en trastocar roles y los mandados someten a los mandones no por su superioridad intelectual, científica o tecnológica; al contrario, el manejo instintivo y elemental de la fuerza bruta es lo que permite a unos seres primitivos subyugar al Homo sapiens. No es producto del azar que en la sociedad simiesca el poder real lo ejerzan los gorilas, casta guerrerista que, con las armas como argumento, controla las incipientes instituciones que procuran darle un toque de civilidad. Uno de esos colosales simios –de inquietante color escarlata, como sus estandartes y uniformes– asevera: “Apoyo la libertad de expresión, siempre y cuando no hablen”.

El deprimente paralelo entre la ficción que comentamos y la realidad venezolana es, sin duda, pura coincidencia. Los personajes y situaciones descritos en la novela y reinterpretados en las películas son pura invención, pero, cuando vemos, como hemos visto esta semana que hoy concluye, al señor Maduro rugir contra Smolansky o gruñirle a la MUD  que le está haciendo un favor convocándola a dialogar y, de paso, chillarle para que condene a la “detestable” Jacobson –y, como ni él ni ninguno de los figurantes que abogan hipócritamente por conversaciones que desprecian se ponen de acuerdo en quién manda a quién y  lleva la voz cantante–, podemos inferir que somos sojuzgados por gorilas verdes desaforados que no logran disciplinar del todo a sus apoderados rojos o, tal vez, por una suerte de oculto mutante o eslabón perdido entre unos y otros. Y, si ese planeta dominado por homínidos que de vaina se sostienen en dos patas no es una caricatura del país fasciochavista, entonces somos nosotros los que parodiamos ese mundo mono y, probablemente, seamos plectro para algún creador maldito, heterodoxo y alucinado.

 rfuentesx@gmail.com