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Sergio Monsalve

La esencia de El hobbit

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Con La batalla de los cinco ejércitos, Peter Jackson se despide de la tierra media, después de explotarla a lo largo de seis episodios, basados en la obra literaria de Tolkien.

Por supuesto, la primera trilogía cosechó los premios de la Academia y el beneplácito de la crítica, al poner en escena un material considerado infilmable.

Propios y extraños aprobaron el esfuerzo técnico, artístico y conceptual de la saga El señor de los anillos

Apoyándose en la base de semejante fenómeno de masas, el director emprende la tarea de adaptar El hobbit, expandiendo las dimensiones del texto original.

Desde entonces,  comienzan los derechos a réplica, las discusiones y los debates, alrededor del proyecto.

El episodio inicial vuelve a gozar del respaldo popular, pero decepciona a los entendidos, quienes extrañan la capacidad de síntesis del autor. La película especula con el tiempo y la paciencia del espectador. El guión se pierde por las ramas, aunque cumple con sembrar la intriga de la historia.

La segunda entrega también peca de redundante. Aun así,  logra despertar mayor entusiasmo por la impronta de su secuencia final, cuando el protagonista desafía al carismático villano, el dragón Smaug.  

La última parte supone una digna conclusión para la serie, muy a pesar de sus trucos demagógicos, de sus falencias narrativas, de sus cambios estratégicos de trama. Es decir, a nadie le termina de gustar o convencer el folletín amoroso de la pieza, demasiado planificado para hincarle los colmillos al mercado de Crepúsculo.

Siempre al borde del romanticismo kitsch, la película consigue remontar el vuelo y sobreponerse a sus limitaciones de origen, apelando a la solvente imaginería fantástica del realizador, inspirado por el Kubrick de Espartaco.  

Peter Jackson sigue demostrando su absoluto dominio del género de la aventura, combinando escalas, formatos y diversas sensibilidades, desde la acción real hasta el delirio audiovisual de montar una ciberguerra informática (cuyos ecos resuenan en el panorama bélico y polarizado del presente).

Lo mejor de la cinta es su posibilidad de leerla como una consciente proyección de los dilemas del Hollywood contemporáneo. Un autorretrato del mismo creador para verse reflejado en la pantalla de la meca.

La batalla de los cinco ejércitos enfrenta a Peter Jackson con sus álter egos, sus demonios, sus fantasmas, sus esperanzas de redención.

A la manera de un orco, parece obligado a marchar bajo la sombra del lado oscuro, cediendo a la tentación de ofrecer la clásica trifulca de proporciones épicas, bíblicas, apocalípticas.

El desarrollo del conflicto amenaza con opacar el ángulo humano de la propuesta.

En los elfos y Legolas descubrimos las disputas internas de una vieja casta. Los enanos son el resumen del choque principal entre la civilización y la barbarie.

El rey quiere acaparar las riquezas, cegado por la codicia. Es uno de los emblemas del mensaje final. Peter Jackson lo hace entrar en razón, durante el desenlace, para apostar por el destino del verdadero héroe de la cruzada.

Desprendido de los tesoros de la montaña y protegido por su anillo mágico, El hobbit regresa a casa con la frente en alto y disfrutando de su plena libertad, sin olvidar los mapas y los recuerdos venturosos del pasado.

Ojalá signifique el retorno del director, y del cine en general, a un estado de menor interés por lo comercial. 

¿La doble moral de la industria?

Quédese con la esencia del epílogo.

Por un Peter Jackson humilde y noble como Bilbo Bonson.