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Rodolfo Izaguirre

La escuela primaria

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Paco Vera en uno de sus célebres artículos para El Nacional, en junio de 2006, escribió que “contrariamente a las previsiones generales, la legalización del comunismo (9 de octubre de 1945) lo eliminó, pasando a ser lo que ahora: es decir, un simpático grupo de intelectuales aguajeros. No creíamos cierto aquello de que a los marxistas el peor daño que se les puede hacer es contarlos”. En cuanto al comunismo de Fidel Castro, sigue diciendo Vera Izquierdo, “es la palabra encontrada para darle un aspecto de bachillerato a lo que no pasa de ser una dictadura tradicional hispanoamericana; un gomecismo alfabetizado. Ese comunismo actual recuerda la Restauración, la Rehabilitación y el Nuevo Ideal Nacional, sin habérsele hallado un emblema oportuno. En cambio, Castro, Gómez y Pérez Jiménez tuvieron intelectuales capaces de crear apodos”.

“El dictador cubano –concluía Paco– y el aspirante de aquí (Chávez Frías) tuvieron en común el haber significado la reacción contra sistemas inaceptables. Pero aquel expuso su vida combatiendo, sin entregarse mansamente prisionero y además es persona con estudios. Pero consuela el saberse inocente de que nuestro rollizo mandatario no hubiese asistido a una escuela primaria en vez de una militar”.

Conviene advertir, digo yo, que aquellos “intelectuales aguajeros” eran, entre otros: Gustavo Machado, Pompeyo Márquez, Jesús Farías, Manuel Caballero y el Partido Comunista de aquel entonces (que llegué a frecuentar siendo más joven y sin comprometerme con sus proposiciones) era una agrupación con ideales que nada tienen que ver con el actual partido convertido en cola de ratón del desastre chavista; triste y empantanado en un limbo de lamentable desahucio. En todo caso, hoy, más que nunca, adquiere vigencia la afirmación de Francisco Vera Izquierdo sobre el daño que se le haría al PCV si llegara a contarse su militancia.

Una vez revelé mi personal fracaso culinario cuando intenté hacer pan y la masa quedó tan granítica que parecía más bien un arma ofensiva. Salí de la cocina de mi casa gritando: “¡Soy como el Partido Comunista venezolano! ¡No se me dan las masas!”.

Estoy por creer que si llegáramos a contar a los chavistas activos los resultados serían más o menos parejos a los del PCV en cualquiera de sus tiempos. Pareciera que son muchos, pero no es verdad. Cada día merman la filas del chavismo duro y enflaquecen, ¡si las hay!, las del que todavía no ha mostrado su partida de nacimiento. Sé, desde luego, que nunca sabremos cuántos son los chavistas ya que los rectores acatan sumisos las perversas estrategias del Consejo Electoral y la Asamblea Nacional hace trampas desvergonzada para lograr el milagro de que quienes tienen más votos menos curules ocupan. ¡Pero nosotros somos mayoría! Nos hemos contado en todas las marchas en las que hemos participado sin tragos, sin aceptar dinero y sin tener que trasladarnos en autobuses alquilados. Lo que marca fatalmente la diferencia es que no tenemos las armas. No tenemos acceso a Fuerte Tiuna y nos mantenemos alejados de los grupos fascistas violentos y armados por el propio régimen, de lo narcos enchufados y de los sapos patriotas cooperantes. Nuestras armas son otras: la persuasión, el diálogo, la tolerancia: una retórica democrática que dice y escucha.

También estoy por creer que nuestra mayor debilidad, tanto en los aciagos tiempos de Cipriano, de Juan Vicente, de Marcos Evangelista como en los del actual y perverso régimen bolivariano, ha sido el haber estado en la escuela primaria en lugar de una escuela militar.