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Carlos Paolillo

La escuela de Sofía

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No es frecuente que esta columna se exprese en primera persona. Esta vez quiero hacerlo para recordar a Sofía Ímber, al cumplir 90 años de vida, en su faceta de visionaria periodista cultural. El tono más íntimo y personal tiene que ver con nuestra participación por largo tiempo en el proyecto de las páginas culturales del diario El Universal, creadas por Sofía  durante los años setenta. En ellas nos iniciamos la década siguiente en el credo y la profesión del periodismo. Allí nos desarrollamos dentro de la visión multidisciplinaria del arte que ella develaba, y con la convicción sobre la importancia de la fuente especializada, que ya comenzaba a ser una realidad transformadora en los medios impresos de Caracas.

Sentíamos nuestro trabajo en estas páginas como un auténtico privilegio, tanto por la voz ductora de Sofía, como por el espacio físico que compartíamos: el primer sótano del edificio Anauco de Parque Central, exactamente al lado del Museo de Arte Contemporáneo, que aún no llevaba su nombre. En ese tiempo, el complejo arquitectónico caraqueño exhibía todavía su concepción de vanguardista hábitat urbano. Era un espacio ciudadano insospechado en el que, junto al museo, hacían vida las orquestas infantiles y juveniles de José Antonio Abreu, el referencial Museo de los Niños, además de las persistentes escuelas y compañías de ballet clásico y danza contemporánea de Zhandra Rodríguez, Lidija Franklin y José Ledezma. Su vecindad con el Teatro Teresa Carreño recién inaugurado, el Museo de Bellas Artes, la Galería de Arte Nacional, la Cinemateca Nacional, el Ateneo de Caracas y la Sala Rajatabla lo hacían un lugar difícil de concebir, aunque era real.

Sofía hablaba de política, “que todo lo rige”, según siempre insistía. Las artes plásticas constituían su pasión pública, junto con la literatura, que compartía estrechamente con Carlos Rangel. Logró ampliar la idea de un suplemento literario y convertirla en un formato periodístico que privilegiaba la información y la opinión sobre pintura, escultura, arquitectura, fotografía, diseño, y también narrativa, poesía, ensayo, música, teatro y cine. La edición dominical de estas páginas culturales profundizaba con rigor, hoy en buena medida desaparecido, en la creación visual, las letras y la reflexión ideológica siempre en el filo de la polémica.

Inicialmente abordamos las fuentes de música y política cultural del Estado, un poco después también la de teatro. A ellas fuimos incorporando, poco a poco y por inquietudes personales, también la de danza, inexistente de manera sistemática y permanente en las páginas hasta ese momento, y de la que solo se hacían algunas referencias eventuales. Todo fue una aventura: la danza escénica venezolana comenzaba a experimentar tiempos de esplendor que le elevarían su definitiva consideración dentro del medio de la cultura nacional, y Caracas se consolidaba como una plaza de tenor para la danza internacional, lo que posibilitó su establecimiento final.

Sofía no era especialmente cercana a la danza, pero fue justa y permisiva con ella. Propició un ejercicio del periodismo cultural amplio y expansivo, ubicado a medio camino entre la tradición reporteril y las nuevas tendencias impuestas en la comunicación impresa. Para ella, en este significativo aniversario, además de las felicitaciones de rigor, el reconocimiento por la escuela que representa.