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Maximiliano Tomas

Contra los escritores en piloto automático

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La foto está todavía ahí, en una repisa de la casa de mi madre: mi bisabuelo, Leo Moroder, de unos quince o dieciséis años, vestido con el uniforme del ejército austrohúngaro. No podía saber por entonces, ese chico con mirada de adulto que venía de Ortisei, pequeño pueblo de los alpes tiroleses habitado por hoteleros y escultores religiosos en madera, que pelearía en el bando de los perdedores ni que terminaría sus días en un país como la Argentina. Escapó de los ecos de la guerra, en 1920, hacia Buenos Aires y junto a su mujer, y se instaló en una casa larga y ancha del barrio de la Paternal: al fondo ubicó su taller, donde trabajaba desde la mañana y hasta la noche, sobre un banco y con un delantal azul, tallando altos bloques de madera de donde surgían monumentales y delicados cuerpos. Sus vírgenes, cristos y cabezas de apóstoles, de un realismo inquietante, pueden verse en la Catedral de La Plata.

La Navidad familiar se festejó durante años en esa casa de la calle Boyacá, entre el olor de los jazmines, de la cera de pisos y del aserrín. Leo Moroder no era una persona de muchas palabras, hablaba un dialecto mezcla de alemán e italiano, pero le contó a mi madre que en la guerra se comía lo que hubiera, y lo que hubo en ese entonces fueron cáscaras de papa (y yo sé ahora que esa debe haber sido una metáfora). Tal vez por eso, por el vívido recuerdo del hambre, no podía soportar la visión de un resto de alimento en el plato, por mínimo que fuera. Nada se tiraba: sin énfasis, con apenas un movimiento del dedo, obligaba a mi madre y a sus hermanos a que terminaran de comer. A nadie se le ocurría desobedecerlo.

Me hubiera gustado conocerlo más, pero aún así no suelo pensar demasiado en él. Salvo durante esta semana, cuando una visita al pediatra con mis hijas de un año me confirmó que heredaron su fenotipo (los ojos claros y los probables problemas en la piel) y mi madre me dijo, sin que nada viniera al caso, que antes de ayer su abuelo hubiera cumplido 115 años -y entonces recordé que de chico me llamaba la atención que alguien hubiera podido nacer en 1899. Finalmente volví a pensar en Leo Moroder, y en aquella foto en blanco y negro, cuando me llegó la última novela del escritor francés Jean Echenoz, que se llama 14, editada en 2012 y publicada en castellano recién ahora, cuando se cumple un siglo de aquella guerra que le mostraría a la humanidad el reverso bestial y sangriento de las promesas del progreso y el desarrollo tecnológico.

Echenoz nació en 1947, estudió sociología e ingeniería civil, publicó unas quince novelas y ganó otros tantos premios. Con 14 vuelve, después de casi una década, a lo que podríamos llamar ficción imaginativa, después de publicar una trilogía basada en vidas reales. Como el título lo sugiere, se trata de una historia ambientada en la Primera Guerra Mundial. El libro tiene menos de cien páginas, lo que no es extraño (las novelas de Echenoz suelen ser breves) aunque sugiere que probablemente asistamos a una historia lateral y no central de aquel conflicto. ¿Qué escribir sobre la Gran Guerra, con toda la literatura que se ha hecho desde entonces, desde Hemingway a Trumbo, pasando por Cendrars y Céline?

Echenoz se decide por la trama de un triángulo amoroso apenas sugerido al que seguimos desde el lugar de uno de los protagonistas, mirada que le sirve para recrear las traumáticas experiencias en las trincheras y en el frente. ¿Pero cómo hacerlo, también, después de un siglo de películas bélicas? Hay en 14 una escena de combate aéreo narrada con maestría, al igual que un ataque del ejército alemán. Pero la imaginación del lector contemporáneo difícilmente pueda ser estimulada o conmovida por la narración de explosiones, amputaciones y muerte. Más sutil y efectivo resulta el autor cuando describe, por ejemplo, la huella que deja en una comunidad la migración de los hombres hacia la batalla: "Y así, las dimensiones de la ciudad, vaciada de los varones como si se los hubieran tragado, parecen haberse extendido: aparte de las mujeres, Blanche solo ve a ancianos y chiquillos, cuyos pasos suenan a hueco como en un traje demasiado holgado".

Debe haber pocas cosas tan perniciosas para la difusión de la literatura contemporánea como los autores que escriben en piloto automático y saturan el mercado montados a la inercia de su prestigio y su talento. Una vez al año, o cada dos, publican libros menores, accesorios, redundantes. Tan intrascendentes que se niegan incluso el riesgo de ser malos. ¿Por qué lo harán? ¿Por qué decidió hacerlo, ahora, Echenoz? Ni siquiera él parece estar convencido del sentido o la necesidad de su narración, cuando al promediar la novela escribe lo que sigue, y entonces no sabemos si se trata de una broma de dudoso gusto o qué: "Todo esto se ha descrito mil veces, quizá no merece la pena detenerse de nuevo en esta sórdida y apestosa ópera". Efectivamente no hacía falta, no valía la pena, y menos aún invitar a los lectores a pagar por ello. Estoy convencido que hay más dignidad, más peso dramático, más verdad sobre aquella masacre de cuatro años en la que murieron nueve millones de personas en el gesto del dedo de mi bisabuelo, obligando a sus nietos a limpiar el plato de sobras, honrando la memoria del hambre de la guerra, que en las noventa y ocho páginas escritas en elegante francés de Echenoz.