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Nelson Rivera

Libros: Norman Mailer

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Donde Gay Talese es compasivo, Norman Mailer es egótico. Mientras aquel intenta fijar una imagen multidimensional de su personaje, éste se propone consignar el carácter de su movimiento. Prosa travelling: todo en ella se desplaza. Hay algo militar en su lógica: avanza, incursiona, a grandes zancadas o con precaución. Talese se abraza a los hechos. Mailer los consigna y a partir de ellos ejercita sus impetuosas especulaciones. Talese logra que su presencia en la narración sea un sutil juego de luces y sombras: se le ve por momentos, discreto. Mailer dispone complejas escenas donde él es siempre el protagonista o el coprotagonista. Él es una de las estrellas de su reporterismo. Talese es la figura paterna, que mantiene firme el pulso de relato. Mailer no cede en su gesto de adolescente pertinaz y rubicundo.

Si a Talese le interesa cierta realidad (la condición personal en el entresijo de la figuración pública), Mailer es el cronista de las controversias. El gran cazador de las brechas entre lo que se dice y lo que se hace. Un pensador de la condición norteamericana. El polémico clasificador de sus tribus: negros, hippies, académicos, republicanos, demócratas, policías, izquierdistas, blancos wasp y muchas más, sobre las que ha escrito taxonomías a la vez feroces y luminosas. Un norteamericano instalado en el ring.

Pasa esto con Mailer: a menudo el lector está a punto de sentirse saturado. Salpicado por su ego incombustible. Pero no hay modo, eso creo, de encontrar una página que tenga una puerta de salida. Estás a punto de cerrar el libro cuando una frase, un párrafo, una especulación suya aparece para cautivar y renovar el contrato con el lector, porque Mailer es un escritor de raza. Una intensa personalidad inscrita entre su querella frente al poder, el culto a sí mismo y su irrenunciable conciencia del lenguaje.

Miami y el sitio de Chicago (Capitán Swing Libros, España, 2012) es como una instalación simétrica: narran las convenciones de los partidos Republicano y Demócrata de 1968, en las cuales Richard Nixon y Hubert Humphrey fueron elegidos. Mailer no mantiene distancia alguna: se inmiscuye, se enfurece, no teme ser justo o injusto. No se cree un héroe del periodismo. Expone sus bajos sentimientos. No ejerce el periodismo como quien busca un certificado de solvencia moral. Detesta a Nixon y lo escribe (“Nixon cree que su papel de actor consiste en transmitir mejor, de modo que si quiere transmitir su estima por alguien sonríe, si quiere expresar su rechazo por el comunismo pone mala cara; América debe ser fuerte, saca pecho”). Se confiesa harto de los negros y lo escribe. Una tarde bebe hasta la extenuación y lo cuenta. Como si en su visión de su país no quedara nadie inocente, ni siquiera él mismo.