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Ignacio Ávalos

El escepticismo militante

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“He aprendido mucho de los que me llevan la contraria”.

Gabriel García Márquez

 

I.

El tiempo es relativo, debe haberlo dicho Einstein. Por eso, los noventa minutos de un partido de fútbol pueden ser más cortos o más largos, dependiendo de cómo la está pasando el equipo de uno. Por eso, también, este año venezolano es como si hubiese sido varios años. Aunque el gobierno del presidente Maduro registra por estos días su primer aniversario, parece como si estuviese cumpliendo varios, hasta muchos. Su gestión ha transcurrido de manera muy lenta, porque el país no la ha pasado bien, nada bien. Los problemas son harto sabidos, no es cosa de gastarse unas líneas repitiéndolos. Se encuentran atornillados a la vida diaria de cada quien.

 

II.

Pero en honor a la verdad, hemos tenido el gobierno que el presidente Maduro anunció en su discurso de toma de posesión. Nadie puede alegar sorpresas. Ese día mostró el guión y dejó ver que habría más épica que ideas. Que abundaría la fantasía ideológica a expensas de la realidad. Que faltaría humildad y también sentido común en la conducción del país. Que mantendría la división entre un país bueno y un país malo, el “otro”. Que desde el púlpito mediático hablaría como el sacerdote de una secta. Que bregaría por la hegemonía, no por la diversidad. Que asumiría completo el legado recibido de su predecesor. Que el comandante seguiría siendo el líder único del proceso bolivariano, por todos los siglos de los siglos, amén.

 

III

No hay duda, sin embargo, de que últimamente el presidente Maduro se ha apartado en cierto grado de las palabras pronunciadas cuando asumió el cargo. La realidad le ha ganado el pulso. El socialismo del siglo XXI ha quedado al descubierto: es una cajita vacía. La crisis venezolana es evidente, no hay subterfugio revolucionario capaz de disfrazarla ni de imputarla a terceros. Las cifras dan malas noticias por todos lados y también responsabilizan a Chávez. Las políticas sociales, el gran logro de este gobierno, muestran, lamentablemente, su enorme vulnerabilidad.

Desde mediados del mes de febrero buena parte del país anda de protesta, con toda razón. La situación económica y social ha derivado en un serio desacomodo político. Las últimas encuestas muestran en sus gráficos opiniones muy desfavorables al gobierno. Dejan ver, así mismo, que la mayoría de los venezolanos percibe que la situación se agrava y exige soluciones que sean bregadas en paz, nada de guarimbas, pero marchas, todas las que sean necesarias.

 

IV.

Visto el grave escenario anterior, el presidente Maduro ha aceptado comenzar un proceso de diálogo con sus opositores en condiciones que, si bien no son las ideales, alcanzan para iniciar el camino. La tarea es difícil, no hay duda, es nada menos que ponerse en los zapatos del otro, del que se ha ignorado políticamente durante tanto tiempo. Es difícil porque al interior de ambos lados hay diferencias importantes. Difícil, en fin, porque en ambas aceras hay un escepticismo militante que, en algunos, tiene rostro de saboteo.

Sin embargo, aun así no vale tirar la toalla. Hay que ejercer el derecho constitucional al optimismo (pero sin chuparse el dedo). Ver, pues, que por primera vez en mucho tiempo el gobierno acepta que la situación es complicada y que no la puede encarar dándole la espalda a medio país. Ver que los opositores pasan a ser interlocutores, con su versión de lo que es (y debe ser) Venezuela. Ver que se regresa a la política, engavetada por el caudillismo chavista, asomando la necesidad de crear las condiciones básicas de la convivencia plural. Ver, en suma, que se está conversando, Constitución en mano, con un lenguaje duro, pero civilizado. Sería bueno, de paso, que este talante formara parte del clima nacional. Lo digo porque hay líderes y hasta espontáneos de la política, y no digamos responsables de programas de televisión y radio, que hablan como si la desembocadura de nuestra crisis no tuviera otra opción que la de los carajazos.

En fin, es probable que mientras vayan ocurriendo las reuniones tengamos malas noticias: que haya retrocesos, que los acuerdos luzcan remotos, que la impaciencia parezca legítima. Pero nunca serán tan importantes como la buena noticia de que unos y otros permanecen sentados alrededor de una mesa, cumpliendo con la obligación política que impone la democracia a fin de que el país no siga como va. Nunca se debe rehuir a la posibilidad que abre la palabra. O dialogamos o nos matamos, dijo el gobernador Henri Falcón. ¿Exagera?

 

Harina de otro costal

Se fue el Gabo. A uno no le queda sino ponerse triste en su nombre y darle las gracias por habernos inventado Macondo. Allá en el cielo se encontrará con Juan Rulfo, uno de los de su pandilla literaria. A lo mejor juntos inventan algo.