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Sobre las ruinas de lo que constituyó la sociedad industrial, el animal político, como le llamó Aristóteles al hombre de su época, ha venido edificando desde hace unos 30 años, con parte de esos materiales y otros retazos, lo que hoy se conoce como la sociedad de la información y del conocimiento. Dicha sociedad no tiene sus bases en "un modelo de producción económico basado en la producción sistemática del trabajo, la utilización de nuevas tecnologías, la producción masiva de artículos de fácil tipificación y el empleo de grandes masas de trabajadores subsalariados (Tono, 2002:150), sino esencialmente en el desarrollo, multiplicación y potenciación del conocimiento a través de las mediaciones de la cultura tecnológica digital; mismas estas que han revolucionado la mayoría de los ámbitos de la vida humana, siendo el de la comunicación el escenario en donde son palpables las más hondas transformaciones sociales.

En cuanto a dichas transformaciones conviene preguntarse qué tanto de ellas se debe correr a imputárselas al acelerado y vertiginoso desarrollo tecnológico, al margen del sistema económico capitalista, la política y la filosofía con que Occidente concibe el mundo, y además cuánto de estos cambios se le puede adjudicar, con la premura que se hace en la contemporaneidad, a la emergencia causada por la hiperoferta de máquinas y herramientas tecnológicas, de espaldas a la reflexión que advierte que los artefactos tecnológicos por sí mismos no "crean nada", como sí lo conciben desde una "mirada tecnocéntrica" (Orozco, 2002:21) la gran mayoría de académicos y estudiosos que consciente o inconscientemente olvidan que "los cambios sociales no son el mero resultado de las tecnologías sino de su diálogo con la economía, el poder y la sociedad" (Zallo, 2011: 58).

Aunque es menester reconocer que Internet ha dado lugar al surgimiento de "una economía interconectada y profundamente interdependiente (...) de aplicar su progreso en tecnología, conocimiento y gestión a la tecnología" (Castells, 1999:94), habría que preguntarse también si estos profundos cambios que acontecen en la sociedad red ocurren por las diversas "mediaciones cognoscitivas" (Orozco, 2002:26) en el marco de un estructuralismo tecnocrático u obedecen, al igual que todos aquellos ocurridos en el devenir histórico de la civilización, a la lucha por el poder entre los hombres en el marco de un estado-nación cada vez más fragmentado y gaseoso. En cuanto a ello, "que unos manden y otros obedezcan es algo no solo inevitable sino conveniente" dijo Aristóteles hace más de 2300 años al concebir la organización de la polis bajo el paradigma patrístico (Maturana) que tuvo y tiene aún en altísima estima "la valoración de la guerra y la lucha, en la aceptación de jerarquías y de la autoridad y el poder (...) y en la justificación racional del control del otro a través de la apropiación de la verdad" (1996: 132).

Por ello hay que preguntarse, ¿han cambiado las reglas de juego de la comunicación política entre los hombres bajo el nuevo escenario de las tecnologías de la información y el conocimiento? ¿De qué manera y cuánto han cambiado las relaciones de poder en América Latina en el marco de una sociedad mediada por las TIC? ¿Pueden los artefactos tecnológicos mediar la comunicación humana o simplemente son "la vía" a través de la cual viajan las mediaciones culturales? ¿De qué manera se manifiestan las distintas formas de poder (militar, político, religioso, cultural) en el acontecer diario de las sociedades en América Latina? Son estas inquietudes y preguntas las que asumimos en este artículo desde una actitud crítica y reflexiva.

El mundo ha cambiado más en este último cuarto de siglo de lo que quizá pudo hacerlo en los últimos cien años. No hay duda de que el desarrollo de la tecnología digital revolucionó el mundo de la imagen, el sonido, la forma de comunicarnos y continúa cambiando la forma en que vivimos y percibimos la realidad; "ello, sumado a la aparición del Internet, y posteriormente la web, afectaron y siguen transformando de manera contundente la dialéctica misma de las comunicaciones al punto de cambiar las reglas de juego de la comunicación humana" (Trillos, 2012:14).

Al respecto, en la última década las más grandes y poderosas industrias mundiales de tecnologías de la información, aprovechando las inmejorables condiciones de un mercado global sin restricciones gubernamentales y favorables o nulas reglamentaciones comerciales, han literalmente inundado de artefactos y equipos de comunicación hasta el último rincón del planeta. Ello ha traído como consecuencia hondas transformaciones para las democracias debido a que, como dice Jorge Núñez Jover, el paradigma tecnocrático en donde se sustenta todo el andamiaje de la sociedad red "es una industria de gran poder estructurante (que) determina formas de organización del trabajo, de gestión, de administración pública, de interrelaciones humanas" (2003: 72). En tanto que "todo el andamiaje social que se erige para sostener la democracia está sostenido por un solo hilo conductor, poderoso e invencible: la comunicación" (Larrea; Erbin, 2013: 7). Sin embargo, como se sabe, el objeto de la comunicación no es focalizarse en las tecnologías ni ponerse al servicio de estas, sino de servir de instrumento mediador entre los hombre en la producción de sentido para la construcción de sociedades.

No obstante lo anterior, la comunicación como dice Erick Torrico (2004) "no es sino una de las dimensiones de la realidad social" (77), entre tantas que median y permean su percepción e interpretación del mundo. En América Latina las tecnologías de la información y el conocimiento han tenido en el último lustro una acelerada penetración en los mercados de los países abiertamente identificados con la corriente económica neoliberal. En cuanto a ello, un reciente informe del Centro de predicción económica, (Ceprede) con sede en Madrid da cuenta de un crecimiento de usuarios en banda ancha de 20%, en una población de 527 millones de habitantes.

Según el boletín del segundo trimestre de 2012 el número de conexiones en Latinoamérica hoy supera los 52 millones y su crecimiento no se detiene, por el contrario, y debido a las iniciativas políticas de los gobiernos claramente identificados con la globalización y la sociedad de la información, la masificación de las conexiones a Internet a través de múltiples modos aumenta de manera dramática. Ello por supuesto ha traído como consecuencia una mayor posibilidad para que la industria cultural occidental penetre los más recónditos espacios de la condición humana del hombre latino. Pero es indudable que al lado de estos desafortunados hechos, el pueblo latinoamericano se ha ido despertando de su letargo para reclamar a los gobiernos mejores condiciones de vida. En cuanto a ello, Dennis de Moraes dice en La cruzada de los medios en América Latina, que "estos cambios son el resultado de movilizaciones populares en contra de la degradación de la vida social durante décadas de hegemonía neoliberal" (Moraes, 2011:15).

Es claro que las causas de las reacciones de los latinoamericanos no deben endilgársele a una comunicación y unas mediaciones culturales, políticas o religiosas ahora se hacen a través del Internet, por cuanto está demostrado que el hombre en su devenir histórico se ha revelado y reclamado por sus derechos ante sus gobernantes cuando la opresión es ignominiosa, pero es innegable también aceptar que la masificación de las tecnologías de la información y las comunicaciones han coincidido con un malestar de reclamo y ánimos independentistas frente a una hegemonía estadounidense con un espíritu cada vez más mercantil, utilitarista y funcionalista. Por otro lado, pero en consonancia con lo anterior, en este escenario, dice Álvaro Márquez-Fernández: Los proyectos emancipadores e interculturales que vienen planteando las nuevas ciudadanías como respuesta efectiva a las políticas de expansión y globalización neoliberal son cada vez más numerosos. En casi todos los escenarios internacionales encontramos suficientes indicios que hacen evidente y objetiva otra concepción de convivir en sociedad que considera mucho más importante el diálogo ciudadano que la estructura económica del poder político del Estado (Márquez-Fernández, 2013:1).

Sin embargo, como bien lo reafirma Denis de Moraes (2011), nunca antes como hoy, "la comunicación jamás estuvo tan involucrada en la batalla de las ideas por la dirección moral, cultural y política de la sociedad" (Moraes, 2011:17) y es indudable que la red es y será el escenario en donde se librará la disputa por el poder, por ganar las mentes de las personas. Según Castells, "el poder es la relación entre los sujetos humanos que, basándose en la producción y la experiencia, impone el deseo de algunos sujetos sobre los otros mediante el uso potencial o real de la violencia, física o simbólica" (1999:41).