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César Pérez Vivas

El escapismo de la cúpula roja

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El deterioro espiritual, moral y material de nuestro país avanza sostenidamente. Un régimen con el control férreo de todas las ramas y niveles del poder público, con el más grandioso ingreso petrolero de nuestra historia económica, con un abusivo control de los medios de comunicación ha logrado lanzar a nuestra amada Venezuela por el abismo de la miseria, de la violencia, de la intolerancia, de la tristeza y, para muchos, de la desesperanza.

Frente a esta monumental crisis, los integrantes de la cúpula gobernante no asumen ninguna responsabilidad. No hacen ninguna autocrítica. El derroche y el asalto a nuestra riqueza petrolera no les parecen un hecho digno de rectificación, mucho menos de reflexión y corrección. La culpa de toda esta tragedia es de todo el mundo, menos de quienes durante estos últimos 15 años han dirigido la república. El impune robo de más de 25.000 millones de dólares a través de Cadivi; el derroche, en regalos, de otros 35.000 millones, en nada los conmueve.

Para ellos nada de eso tiene que ver con sus políticas públicas, con sus decisiones. Todos los días inventan una película nueva, una novela, un cuento con el cual justificar su desastre, y a quien echarle la culpa de su gravísima irresponsabilidad, y su falta de amor y compromiso con el sufrido pueblo venezolano. Una semana es el imperio el responsable, otra es la oligarquía colombiana, la siguiente es la “oposición apátrida”, y así buscan en cada momento un agente en quien descargar la responsabilidad de su desastrosa forma de conducir el Estado. A cada sujeto responsable de la crisis le asignan algún desafuero, creado en los fantasiosos laboratorios de la mentira y la manipulación, que los agentes de la dictadura cubana han instalado en nuestro suelo para justificar lo que cada día les resulta más complicado de justificar.

Es entonces cuando recurren a poner en escena sus fantasías. Desde la supuesta invasión del imperio, hasta la toma de Caracas por los famosos paracachitos de El Hatillo. Desde el saboteo eléctrico o hídrico hasta la guerra económica. Desde la elevación de la criminalidad, por una supuesta infiltración paramilitar, hasta una exageración de “la prensa burguesa” respecto a las estadísticas del baño de sangre que sufre nuestra nación.

Por supuesto que cada tiempo aparece el magnicidio como el fantasma que permite distraer a los seguidores ciegos del proceso, y ocupar espacio en los medios, que de otra forma estarían hablando de la inflación, la devaluación, la escasez, la destrucción de la infraestructura y de los servicios; así como de la galopante corrupción, que el funcionariado socialista ejecuta de la mano con la floreciente boliburgesía.

De esa forma la cúpula roja escapa de la realidad. De esa forma evade gobernar. Vale decir, de esa manera evita trabajar en la verdadera solución de nuestra compleja y diversa problemática. Eh ahí el drama de nuestra sociedad. Quien debe gobernar no gobierna. El tiempo, el recurso más valioso, y los ingresos petroleros son derrochados en una interminable búsqueda de excusas y culpables. Horas de discursos, cadenas fastidiosas e interminables para convencer a la gente de que los “revolucionarios” son los buenos de la película, los generosos, los abnegados. Y quienes no lo somos, son “los apátridas”, los escuálidos, los enemigos a quienes debe convertirse “en polvo cósmico”, como decía el difunto comandante.

Lo grave para quienes hoy gobiernan es que todo ese discurso ya no está surtiendo los efectos de años anteriores. La cruda realidad de cada día puede más que la incesante y cansona propaganda oficial. Ya el modelo de escape fascistoide, montado con el libreto cubano, no está produciendo los resultados deseados. Entonces debe pasarse a asumir por la calle del medio el libreto clásico de todo autoritarismo: el de la represión. Ahí hemos llegado. Represión abierta, ya no se disimulan formas ni procedimientos. Con un sistema judicial envilecido y sometido se encarcela, sin argumentos ni pruebas, a quien se considere necesario. No se permite la protesta, al contrario se le reprime y criminaliza. La represión es el último escape al que recurren los autoritarismos. A él hemos llegado. La cúpula roja no tiene salida. No quiere y no puede rectificar. Bajaremos al fondo del abismo, pero de ahí nos levantaremos para reconstruir un país que tiene derecho a un mejor destino.