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Tulio Hernández

De esbirros, jueces, contralores y papel

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Lo he dicho otras veces. Las dictaduras militares producto de golpes de Estado actúan como el zarpazo del tigre. Son sorpresivas. Estridentes. Sangrientas. Matan sin piedad. En cambio, los neo autoritarismos o los totalitarismos en la era de Internet lo hacen como la leyenda de la boa constrictor .Envuelven a la víctima y la asfixian lentamente. Gradúan el tiempo y el esfuerzo de los apretones. Pero al final, si no hay una fuerte reacción, igual matan. Sin piedad.

Este último, según contó alguna vez Sergio Ramirez, fue el guion que Fidel Castrole vendió a los sandinistas primigenios. Pero los sandinistas de entonces no quisieron comprarlo y llevaron a Nicaragua a la guerra de los 28 mil muertos. En cambio Hugo Chávez, asimilando aquella experiencia, con un Estado omnipotente y una cartera rebosante de dólares, lo asumió y desarrolló con maestría hasta el día impreciso cuando salió de la película.

El teniente coronel de Sabaneta aplicaba el método sagazmente. Por ejemplo, como le molestaban profundamente los dirigentes opositores exitosos,trataba de sacarlos de juego para siempre. Pero en vez de hacerlo como Trujillo o Somoza, usando policías de lentes oscuros, recurría a funcionarios públicos - jueces y contralores eran sus predilectos-para que hicieran “legalmente” y sin sangre, ni escrúpulos, el trabajo sucio que en los modelos totalitarios precedentes se le encargabaa los esbirros.

A Henrique Capriles, antes de ser candidato presidencial de la MUD, lo encarcelaron arbitrariamente en 2004. A Manuel Rosales le ocurrió al revés, luego de ser candidato, tuvo que auto exilarse en Lima en 2007 huyendo del carcelazo al que Sabaneta públicamente lo condenó. Pero fue Leopoldo López el dirigente con quien el presidente rojo se ensañó con mayor ferocidad.

Culpa de las estadísticas. Cuando se preparaba a competir por la Alcaldía Metropolitana de Caracas, las encuestas predecían 75% a favor de López en intención de voto, ganando además en zonas populares de la ciudad, incluyendo Catia y el 23 de enero, lo que significaba, para decirlo en madurismo, que “el burguesito subía cerro” y les iba a propinar una paliza electoral en su propio terreno.

Pero lo que definitivamente sacó de sus casillas al Jefe Único, quien durante largos años había punteado solitario en las encuestas, fue el hecho de que, por esos mismos días, López se escapó del pelotón y lo superó con varios puntos por arriba en los niveles de agrado entre los electores.

Para la más grande vanidad que haya habitado en Miraflores aquello fue una ofensa. Un golpe bajo. Una dolorosa advertencia de que él, el Jefe único, no era un Dios del Olimpo sino un ser humano más, un mortal, que como cualquiera podría ser desplazado en el afecto de las multitudes.

A partir de ese momento la eliminación política de López quedó decretada. Ya colocado en el paredón, el primer encargado de dispararle fue el Contralor General de la Nación, un hombre de apellido Russian quien, en un obvio y grotesco abuso de poder, ordenó la inhabilitación política de López dejándolo fuera de juego por 12 años en los que no pudo aspirar a ningún cargo público.

Pero López no murió políticamente. Se dedicó a recorrer el país. Creó una nueva organización política y se convirtió en el líder de La Salida, una propuesta que divide opiniones en la oposición democrática, pues apunta a intentar reducir el espurio mandato de Nicolás Maduro a través de una mezcla de legítima protesta callejera con recursos constitucionales. Ahora lo han mandado de nuevo al paredón. Esta vez ha disparado una mujer, irónicamente llamada Adriana López. Violando la razón jurídica lo deja en la cárcel junto a dos estudiantes absolutamente inocentes. Como él.

Russian ya murió. Leopoldo saldrá con más vida política aún. Adriana López será recordada como heredera de Pedro Estrada, como la jueza que en un país en crisis de papel, en horas de la madrugad, asustada y bajo presión, se vio obligada a arrancar algunas páginas de la Constitución.

Un tigre anda suelto.