• Caracas (Venezuela)

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Sergio Monsalve

Fuera de equilibrio

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Cuando el cine se burocratiza, pierde gracia, autonomía, libertad creativa y espontaneidad. Así es imposible concebir una estética rompedora, revolucionaria, alternativa o iconoclasta.

A lo sumo, el estado de control provocará la irrupción de una corriente sumisa, conservadora y censurada, tal como ocurrió en la Italia del Duce, en la Unión Soviética de Stalin, en la Alemania de Hitler, en la Cuba de Fidel.

Goebbels, como timonel de la red mediática nazi, naufragó al intentar producir películas de éxito para el mercado internacional. La historia las puso en su sitio, condenándolas al olvido. Solo quedaron los recuerdos ingratos de los documentales de Leni Riefenstahl como ejemplos de la banalidad del mal de aquellos tiempos oscuros.

Por su parte, el hijo de Mussolini, al frente de la industria romana, también sucumbió a la tentación de creerse un árbitro del gusto popular, dirigido a la pantalla grande. Hizo de la evasión un género mediocre para ocultar los problemas de la crisis. Después de su caída, el neorrealismo le pasará factura a los años siniestros de la mordaza fascista, mostrando la decadencia de un país, tras el fracaso de un modelo autoritario.

En La Habana, los barbudos decidieron cortar de raíz cualquier intento de traducir la disidencia y el descontento social. La primera víctima de la cacería de brujas, acometida por los rojos, fue Sabá Cabrera Infante, por atreverse a rodar y estrenar su corto de no ficción, P.M.

Al respecto, atendamos a las palabras de Juan Antonio García Borrero: “La prohibición del documental (P.M.) originó una serie de reuniones de Fidel con los intelectuales del momento, así como el discurso conocido como ‘Palabras a los intelectuales’, en el cual se define la política cultural del país, a partir de una frase que parece resumir el intenso espíritu de confrontación bipolar de la época: ‘Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”.

Irónicamente, hoy la pieza se puede descargar y ver de manera gratuita por Youtube. En consecuencia, los atentados contra la libertad de expresión no tienen futuro. Lo supo, en su momento, el senador McCarthy, quien quiso ocupar de por vida el cargo de Torquemada de Hollywood. Pero la fantasía le duró poco. El valiente periodista Edward R. Murrow lo enfrentó y desnudó, logrando despojarlo de su poder de veto.  

En general, los ejemplos antes citados arrojan un saldo devastador y desolador. Por ello, nadie en su sano juicio se atreve a repetirlos y remedarlos, salvo por la excepción del último caso: el gobierno de Nicolás Maduro, cuya administración acaba de convertir la Villa del Cine en un apéndice del Ministerio de Información.

¿Cuál será el efecto inmediato? Todavía es prematuro para definirlo. No obstante, el desenlace de la trama conspirativa parece cantado y predecible.

Si ya el ente era una caja de resonancia de la política oficial, ahora se decreta su conversión en un mero órgano de propaganda, bajo el sesgo de la ideología dominante.

En vano, los títulos volverán a exaltar las gestas de los supuestos próceres y antecesores del socialismo del siglo XXI. La audiencia, como siempre, responderá con indiferencia y apatía. Se buscará ponerle la mano a una torta presupuestaria por repartir a manos llenas (fuera del acceso de la oposición).

Se retrocederá a una época superada de demagogia y corrección cultural, como cuando Juan Vicente Gómez conducía los destinos de la hacienda Venezuela.

Ante las divisiones de reciente cuño, el régimen le apuesta a la moneda de la uniformidad y el centralismo para perpetuarse.

Por fortuna, algún día se caerá la mascarada, bien sea por falta de plata, de carisma, de equilibrio.