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Roberto Enríquez

Las envidiables elecciones de Panamá

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Tuvimos la oportunidad de acudir como observadores internacionales a las elecciones celebradas en Panamá. Me regreso con la alegría de ver a mis compañeros de la democracia cristiana panameña salir victoriosos en un desafío político en el que fueron de menos a más y convencido de que Juan Carlos Varela será un gran presidente para los panameños.

Entre sus primeras palabras, una vez se oficializó su victoria, Juan Carlos recordó la canción “Alma misionera”, y señaló cómo esta hermosa canción había sido una fuente de inspiración para asumir el servicio cristiano al prójimo desde la lucha política. Allí marcó el sello de lo que los socialcristianos del continente esperamos sea un gobierno dedicado al bien común de su pueblo y la justicia social para los más pobres.

Los panameños han aprendido a amar su democracia luego de amargas experiencias. Golpes de Estado, tiranías, inestabilidad, fraudes electorales, etc.  Quizá eso es lo que ha permitido galvanizar un formidable espíritu democrático en el pueblo panameño.

Yo me siento en la obligación de hacer una reflexión sobre lo que presencié en Panamá. El civismo y la ausencia militar durante la jornada electoral, así como la incontrovertible respetabilidad de la que goza la máxima autoridad electoral de ese país, no deja de ser un golpe moral para mí como venezolano. Más aún cuando toca recordar que Venezuela era antes de que llegaran al poder quienes hoy gobiernan un ejemplo para el mundo en esa materia.

Es innegable que la última etapa de la democracia civil y popular venezolana fue negativa, esa gran democracia puntofijista tan vilmente denostada por oportunistas, saltimbanquis y ambiciosos de atar se fue deteriorando, luego de haber logrado extraordinarias conquistas en materia social, económica y democrática para nuestro pueblo, hasta abultar unos niveles de exclusión social y económica que marginaron a vastos sectores de la sociedad venezolana. Eso no podemos olvidarlo y debe ser un permanente acicate en la conciencia democrática de nuestro pueblo y su dirigencia.

Tampoco debemos olvidar que, a pesar de los niveles de exclusión social y económica, en Venezuela no hubo exclusión política. Las minorías eran respetadas y estaban debidamente representadas; todo aquel que concurriera al debate político tenía la oportunidad de conquistar el apoyo de la mayoría y esa voluntad era respetada. La mejor evidencia es que a pesar de que insurgieron contra la democracia venezolana, los alzados en armas de 1992 transitaron luego la vía democrática y lograron así cautivar a la mayoría, y esa decisión fue respetada por la difamada institucionalidad puntofijista. Había una autoridad electoral que gozaba de la confianza de todos los venezolanos. Cosa que los poderosos de hoy se han ocupado de destruir como depredadores, con supina deslealtad con el pueblo que los llevó al poder.

En Panamá no vimos ningún Plan República ni nada parecido. Las elecciones son un acto civil y de civiles sin tutelaje militar. Tristemente, los venezolanos no podemos decir lo mismo.

En Panamá los cuadernos electorales tienen la foto del elector y el sistema informático tiene en su data la cédula digitalizada de ese elector, lo que bloquea de entrada la posibilidad de suplantación de identidad o el fraudulento multielector con varias cédulas. Desgraciadamente, los venezolanos no podemos decir lo mismo.

En Panamá los escrutinios se publican en tiempo real, el pueblo va recibiendo la información de la evolución de los cómputos por mesa hasta que la autoridad electoral hace el anuncio oficial cuando la tendencia es irreversible; lamentablemente, en Venezuela, a pesar de tener un sistema electoral automatizado, tenemos que esperar varias horas sometidos a la zozobra de una fulana sala de totalización que decide cuándo informar al país, dejando el evento electoral manchado de duda, misterio y sombra. Haciendo flotar en el aire la pregunta: ¿entonces, para qué tenemos un sistema electoral automatizado?

En Panamá, a pesar de los reñidos resultados, todos los candidatos, ganador y perdedores, reconocieron la majestad del árbitro electoral. En Venezuela esa es una posibilidad remota mientras el CNE esté integrado por militantes del partido de gobierno.

Así las cosas, no podemos quedarnos en el lamento plañidero sino asumir la lucha con obstinación hasta lograr transparencia y confiabilidad en nuestro árbitro electoral. Allí es donde están las morocotas de la democracia.

Regresando a Venezuela me encontré con el salvajismo estalinista del gobierno en los campamentos de protesta pacífica de los estudiantes ante la ONU y en las Mercedes. Resolví seguir luchando para que triunfen las reglas de la democracia y sacar a los militares de la política venezolana.