• Caracas (Venezuela)

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Carlos Paolillo

Tres entusiastas décadas

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El Festival de Jóvenes Coreógrafos llegó a sus 30 años de existencia de manera discreta aunque entusiasta. Se trata de una plataforma de creación que ha cubierto toda una época de expansión para la danza contemporánea nacional. De ser inicialmente un encuentro de noveles artistas alrededor de la coreografía, pasó a convertirse en un festival internacional de notable crecimiento e influencia a partir de los años noventa. Sin embargo, el espíritu originario de la convocatoria se ha mantenido a lo largo del tiempo y, de alguna manera, se ha visto profundizado en los últimos años con la incorporación de una nueva generación de creadores que, en sintonía con los signos de su época, se unen a aquellas arrojadas y sorprendentes de las décadas pasadas.

Cuatro programas distintos presentó el 30° Festival de Jóvenes Coreógrafos en la sala Anna Julia Rojas de Unearte, dos de ellos dedicados especialmente a las visiones de ocho nuevos creadores, que van desde la indagación de diversas corrientes de la danza contemporánea hasta posibles búsquedas en la expresión del ballet neoclásico. Una clara revelación lo constituyó la debutante Milagros Morales, quien mostró sus singulares capacidades para diseñar en el espacio escénico e integrar dinámicamente a grupos dentro de él. A su vez, Yuly Párica insistió en el formato del unipersonal en el que encuentra aún una zona de protección. Dentro de una estructura metálica envuelta en un precinto que indica peligro, la diminuta bailarina de notable destreza física revela enigmáticamente su aislamiento y sus temores. La obra de Jensel Laya, por su parte, es oscura, dolorosa y remite a la sordidez de un submundo recreado a través de la poética de cuatro cuerpos indefinidos.

Ronald Guánchez, ya con experiencia dentro del festival, prosiguió su exploración de visos personalizados, que se resumen en una suerte de antiestética de lo corporal, que, unido a lo gutural, constituye la forma de un concepto intrincado. Jhon Lobo es un bailarín ya fogueado en las tablas que por primera vez llega al ámbito de la coreografía. La propuesta presentada transita dentro de los límites de las convenciones en la danza contemporánea, aunque las personaliza de una manera especial en la que lirismo y organicidad del movimiento conviven a plenitud en los cuerpos de dos notables intérpretes.

Vanessa Lozano es una veterana bailarina con incursiones sólidas dentro de la coreografía, que brindó su oficio a cuatro jóvenes ejecutantes a través de un estudio coreográfico que exhibe valores esenciales como son la concreción en la idea rectora, coherencia en el lenguaje estético, claridad en el diseño espacial y adecuado nivel de interpretación. Lester Arias, por su parte, dejó sentado los alcances de su creatividad incitadora. Su interés actual se centra en un discurso cercano al performance, agudo en su planteamiento e irreverente en su resolución. Esta vez animó al público haciéndolo partícipe, se propuso un abordaje plástico de la puesta en escena convirtiéndolo en un  dispositivo vital,  aunque aseguró llevar consigo el espíritu de la muerte de la danza contemporánea.