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Antonio Sánchez García

Las enseñanzas del 5 de Marzo

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Son las asombrosas enseñanzas de la acción del colectivo 5 de Marzo. Quien tenga ojos, que vea. Quien tenga oídos, que oiga

Carl Schmitt, el gran pensador y constitucionalista alemán, nos dio una de las más acabadas e irrebatibles definiciones de lo político de la filosofía política de Occidente: lo político es el campo de fuerzas en que se dirime la relación amigo-enemigo. Como Hobbes nos diera la del Estado nacional: ha surgido para acotar y mantener bajo control el estado natural de las relaciones entre los hombres: la guerra de todos contra todos. Bellum Omnia contra Omnes. De ambas definiciones podría conjugarse una fórmula común: lo político es la lucha entre bandos irreconciliablemente enemigos para asaltar, conquistar y controlar el poder del Estado.

No es necesario que el Estado sea un zoológico ni que la política sea una carnicería. Si la enemistad y la guerra son los estados naturales de las relaciones humanas, una vez establecidos y estabilizados los sistemas de dominación y acordadas las normas generales del consenso y el entendimiento políticos, caben todas las otras subdefiniciones de la ciencia política, subordinadas a un marco normativo aceptado por amigos y enemigos. Durante el tiempo – siglos incluso– en que el nuevo orden permanezca inalterado. Pudiendo cubrir ciclos enteros del proceso de desarrollo de los pueblos. Como el que las guerras de religión de los siglos XVI y XVII abrieran tras la conformación del Estado Nacional y el Ius Publicum Europeum, que delimitó, acotó e incluso “humanizó” las guerras entre las naciones, el ius ad bellum, en casos específicos convertidas en “guerras de caballeros”, con derecho pleno de declararlas y ponerles fin, o de acotarlas estrictamente a los combatientes armados. O como el ciclo abierto por la Primera Guerra Mundial, con la criminalización de los bandos enfrentados, la globalización de los conflictos y la aniquilación plena, absoluta y total del enemigo. Al fragor de la cual naciera el ciclo de las revoluciones, en que la guerra total se internaliza nacionalmente, la criminalización afecta a las clases y grupos sociales endógenos y la enemistad llega al extremo de la guerra civil, el genocidio, Auschwitz o el gulag.

Como diría nuestro gran pensador conservador Cecilio Acosta, “son cosas sabidas o por saberse”. Yacientes en el sustrato de nuestra conciencia colectiva desde la Guerra a Muerte, la Guerra Federal o las tiranías que ensombrecieran nuestro decurso histórico. Y que han vuelto a reventar la costra del adormecimiento patológico del democratismo liberal y discutidor de la sociedad venezolana con los nefandos sucesos del 4 de febrero de 1992 y el asalto al poder del golpismo militarista en 1998. Si bien con una característica especial: los asaltantes lo han tenido consciente y lo han practicado sin el menor miramiento, abriendo la caja de Pandora de nuestros peores terrores políticos, aplastando al enemigo hasta convertirlo en marioneta de sus tejemanejes y poniéndolo a jugar de interlocutor en un sistemático proceso de castración y trapisonda política. Poco le han importado los medios: si mediante el poder crematístico de los recursos petroleros y contratos de beneplácito, el uso pervertido del tradicional juego de las instituciones y el amañado electoralismo, la amenaza, la persecución y la muerte. Un abanico de acciones que van desde el simple asesinato –45 estudiantes universitarios asesinados a mansalva– el encarcelamiento –docenas de presos políticos de manera absolutamente contraria a las leyes y al derecho, entre ellos Leopoldo López, líder mayoritario de la oposición democrática– o la complicidad –atando a la oposición oficialista al yugo de procesos electorales inequitativos, fraudulentos o condenados a la eterna minoría–.

Los líderes de los principales partidos de la llamada oposición venezolana podrán cantar misa: llevan catorce años dejándose naricear por el fraude, el engaño, el abuso, la amenaza. Nadie puede argüir que el chavismo es mayoritario hoy o lo fue en el pasado, como para imponer un régimen dictatorial ajeno a las tradiciones y querencias de la Venezuela moderna y democrática. Nadie, salvo un opositor cómplice del régimen puede negar que el referéndum revocatorio fue ganado en buena lid. Fue, muy por el contrario, el escandaloso producto de un fraude continuado, arrastrado por meses y meses hasta alcanzar un año completo, violando todas las disposiciones constitucionales, para imponer un resultado que jamás fue verificado de acuerdo con las pautas establecidas con la OEA. Por cierto: ya en brazos de Lula da Silva y su mentor, Fidel Castro. Y manipulado in situ por Marco Aurelio García y el embajador de Itamaratí en la OEA, convertidos en agentes del castrolulismo neocolonial en Miraflores. Desafío a todos quienes lo niegan a que den pruebas de lo contrario. El referéndum debió tener lugar en agosto de 2003, cuando Chávez contaba con 30% de respaldo –como hoy su heredero Maduro– y tuvo lugar en agosto de 2004, cuando mediante una gigantesca manipulación e intervención de los aparatos de ingeniería social y política de los Castro, un reparto masivo e indiscriminado de cédulas y nacionalizaciones a residentes extranjeros, y el control mafioso y corrupto del CNE por Jorge Rodríguez y los negociados de Smarmatic le garantizaban a Chávez ganar o ganar. Y a la oposición, perder o perder.

Todo el tinglado montado desde entonces ha sido ilegal e ilegítimo, mafioso y anticonstitucional, mañoso y antidemocrático. Así gansteriles firmas encuestadoras pretendan convencernos de lo contrario. Ninguno de los secretarios generales de los partidos democráticos puede negarlo. Como ninguno de ellos, incluido su candidato estrella, pueden dar cuenta de lo contrario. Han servido objetivamente al régimen, negándose a oponérsele con la decisión del todo por el todo, única forma de enfrentársele y vencerlo. Como lo acaba de demostrar un puñado de jóvenes miembros del llamado colectivo 5 de Marzo. Que logró con una simple amenaza desmotar el tinglado represivo con que lo amenazara el régimen de Castro/Maduro.

Todo este rodeo para dar con el tema y justificar el título. Cinco asesinatos de sus hombres, incluidos el diputado Robert Serra y el ex sargento de la policía José Odreman, bastaron para desatar los demonios, amenazar con otro 27 de febrero y alzar al pueblo marginal de las barriadas populares, para que Raúl Castro se viera obligado a ordenar la destitución del estado mayor del Ministerio del Interior y la jefatura de la policía nacional. Pisoteando los otros bandos que se disputan el control del poder, civiles y militares. Lo que catorce años de gigantescas manifestaciones y cuatro meses de insurgencia estudiantil no lograron, lo logró una convocatoria a una marcha que no se efectuó y la sencilla amenaza de un motín popular que no tuvo lugar. Cuatro meses de insurgencia popular, dejados al trágico abandono por la dirigencia oportunista, negociadora y claudicante de la oposición, con el trágico saldo de 45 asesinatos y miles de presos políticos, no lograron un ápice de consecuencias. ¿No es como sacar conclusiones de alta política?

Son las asombrosas enseñanzas de la acción del colectivo 5 de Marzo. Quien quiera ver, que vea. Quien quiera oír, que oiga.