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Stephen Roach

El enigma del crecimiento de China

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Una vez más, todos los ojos están puestos en los mercados emergentes. Durante mucho tiempo fueron los preferidos de las apuestas del crecimiento global, pero en el arranque del 2014 están recibiendo un duro embate. Las percepciones de resiliencia han cedido paso a los miedos de una posible vulnerabilidad.

La reducción de las inyecciones de liquidez sin precedentes de la Reserva Federal de Estados Unidos ha sido un disparador obvio e importante. A las economías emergentes que dependen excesivamente de los flujos globales de capital -particularmente la India, Indonesia, Brasil, Sudáfrica y Turquía- les está costando financiar el crecimiento económico. Pero el nerviosismo por China se avizora como igualmente importante. Las preocupaciones de larga data sobre el temido "aterrizaje forzoso" de la economía china se han intensificado.

En tiempos de crisis, la generalización se convierte en norma, pero, al final, conviene diferenciarse. A diferencia de las economías emergentes proclives a los déficits que hoy están en problemas -cuyos desequilibrios recuerdan asombrosamente los de las economías asiáticas que fueron afectadas por la crisis financiera de fines de los años 1990-, China tiene un excedente de cuenta corriente. En consecuencia, no hay riesgo de que se produzcan salidas de carteras de inversión como resultado de la reducción por parte de la FED de sus compras de activos mensuales. Y, por supuesto, el enorme respaldo de 3,8 billones de dólares en reservas de moneda extranjera con el que cuenta China es una sólida garantía en caso de un contagio financiero agravado.

Es cierto, la economía de China hoy se está desacelerando; pero no se llega a entender del todo bien la importancia que tiene esto. La desaceleración no tiene nada que ver con los problemas en otras economías emergentes; de hecho, es algo positivo. No es ni deseable ni factible que China regrese a la trayectoria del crecimiento anual de 10% que alcanzó en las tres décadas posteriores a 1980.

Sin embargo, persiste una obsesión superficial sobre el crecimiento del PBI de China, de manera que una desaceleración de 25% a una tasa anual de 7-8% se percibe como una suerte de preanuncio del fin de la mayor historia de desarrollo del mundo moderno. Este exabrupto presume que la actual desaceleración de China no es más que un preludio de futuras desilusiones en materia de crecimiento -una presunción que refleja temores generalizados y de larga data de una amplia variedad de escenarios de desastre, que van desde la agitación social y las catástrofes ambientales hasta las explosiones de las burbujas inmobiliarias y los sistemas bancarios paralelos.

Si bien estas preocupaciones no deberían descartarse sin más trámite, ninguna de ellas es la causa de la desaceleración actual. Más bien, menores tasas de crecimiento son el resultado natural del tan esperado reequilibrio de la economía china.

En otras palabras, lo que estamos presenciando es el efecto de un giro importante de un híper crecimiento liderado por las exportaciones y la inversión (gracias a un sector industrial pujante) hacia un modelo que es mucho más dependiente de una dinámica de crecimiento más lenta pero más estable basada en el gasto en consumo y en los servicios. De hecho, en 2013, el sector de servicios en China se convirtió en el más importante de la economía, superando el porcentaje de los sectores industrial y de la construcción juntos.

El problema, como sostengo en mi nuevo libro, Unbalanced: The Codependency of America and China, no es con China, sino con el mundo -y Estados Unidos en particular- que no está preparado para el crecimiento más lento que implica un reequilibrio exitoso de China.

La construcción de la codependencia está arraigada en la psicopatología de las relaciones humanas por la que dos socios, ya sea por necesidad o por conveniencia, obtienen un respaldo mutuo saludable. Finalmente, la codependencia conduce a una pérdida de identidad, a fricciones serias y muchas veces a una separación desagradable -a menos que uno de los socios o ambos se vuelva más autosuficiente y se aleje por cuenta propia.

La analogía económica de la codependencia se puede aplicar particularmente bien a Estados Unidos y China. El milagro del crecimiento liderado por las exportaciones de China no habría comenzado en los años 1980 sin el consumidor norteamericano. Y China dependió marcadamente del dólar estadounidense para anclar su  moneda subvaluada, lo que le permitió impulsar su competitividad exportadora.

Estados Unidos, por su parte, dependió de los productos baratos fabricados en China para ampliar el poder adquisitivo de los consumidores en apuros. También se volvió dependiente del excedente de ahorros de China para financiar su propia escasez de ahorros (la mayor del mundo), y sacó provecho de la demanda voraz por parte de China de títulos del Tesoro de Estados Unidos para ayudar a financiar gigantescos déficits presupuestarios y subsidiar las bajas tasas de interés domésticas.

Sin embargo, esta codependencia terminó siendo un matrimonio por conveniencia, no por amor. Se han generado fricciones entre los dos socios con respecto a una amplia variedad de cuestiones, que incluyen el comercio, el tipo de cambio del renminbi, la seguridad regional, la propiedad intelectual y los ataques cibernéticos, entre otras. Y, como predeciría un psicólogo, uno de los socios, China, ha decidido abrirse camino por su cuenta.

El reequilibrio de China le permitirá absorber su excedente de ahorros, que serán destinados a construir una red de seguridad social y a impulsar los recursos de los hogares chinos. En consecuencia, China ya no se sentirá inclinada a prestar su capital a Estados Unidos.

Para una economía estadounidense que necesita crecer, la transformación de su socio codependiente bien podría representar una bifurcación en el camino. Un sendero es bastante riesgoso: si Estados Unidos sigue atascado en su escasez de ahorros, pero no cuenta con los bienes y el capital chinos, sufrirá una inflación más elevada, crecientes tasas de interés y un dólar más débil. El otro sendero trae aparejada una gran oportunidad: Estados Unidos puede adoptar una nueva estrategia de crecimiento -apartándose del consumo excesivo y virando hacia un modelo basado en el ahorro y la inversión en las personas, en infraestructura y en capacidad-. Si hiciera esto, Estados Unidos podría obtener respaldo de las exportaciones, especialmente dirigidas a una China reequilibrada -actualmente su tercer mercado exportador más importante y el de más rápido crecimiento.

Comparada con otras economías emergentes, China está cortada de un paño diferente. China surgió de la crisis financiera asiática de fines de los años 1990 como la economía más resiliente de la región, y sospecho que lo mismo sucederá esta vez. La diferenciación importa -para China, para Asia y para el resto de la economía global.