• Caracas (Venezuela)

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Se ha escrito mucho sobre la enfermedad holandesa, que no es más que las consecuencias que sufre un país al obtener ingresos extraordinarios de divisas como consecuencia del boom de alguna materia prima acompañado de un gasto público desmedido. El término se acuñó en los años sesenta cuando los ingresos de los Países Bajos aumentaron por la aparición de grandes yacimientos de gas. El resultado es la apreciación de la moneda local, lo que hizo las exportaciones poco competitivas en detrimento de la economía local.

La historia de la enfermedad holandesa es de vieja data. Le pasó a España con las exportaciones de oro de las Américas en el siglo XVI, a Australia con las exportaciones de oro en el siglo XIX, recientemente a Nigeria con el boom petrolero y, por supuesto, Venezuela no fue la excepción en los setenta.

Las consecuencias son siempre las mismas. El ingreso extraordinario permea hacia la economía por vía del gasto público y la generación de dinero inorgánico acelera la inflación. Al hacer la economía local menos competitiva, especialmente en manufactura, agricultura y minería, la tendencia es a sustituirlas por productos importados.

Venezuela organizó un fondo de estabilización en 1974 para neutralizar los efectos. Al poco tiempo una orgía de gasto público terminó dejando grandes proyectos sin terminar y una enorme deuda pública. Adicionalmente, las experiencias pasadas nos demuestran que el estímulo del aparato productivo doméstico, especialmente en bienes transables, permite aumentar el empleo y hacer que nuestros productos sean más competitivos ante socios comerciales.

Al comienzo del socialismo del siglo XXI el presidente Chávez fue víctima de la tentación con el aumento de los precios del petróleo. Un artículo de la revista The Economist en el año 2000 advertía a Venezuela de los peligros y consecuencias del gasto desmedido del sector público como consecuencia del ingreso petrolero. En 2006 otro artículo de Luis Xavier Grisanti entregaba cifras bastante preocupantes sobre la realidad de nuestras cuentas fiscales. En días pasados un panel de reconocidos economistas del IESA argumentó lo agudo de la crisis y sus efectos en el índice de inflación que podría pasar a tres dígitos para 2014.

Hoy las cifras de Venezuela son desoladoras. Tenemos una inflación cercana a 50%, el excedente de liquidez se ha expandido en más de 43%; tenemos una enorme deuda pública, bajas reservas internacionales, escasez de productos, una sobrevaluación de la moneda y nos hemos convertido en un país adicto a las importaciones. El gobierno nacional tiene que tomar medidas urgentes.

La economía posee reglas básicas, que pueden ser doblegadas mientras los gobiernos posean altos ingresos; sin embargo, el día que esto acabe, y acabará, el rebote terminará pegándole en la cara al gobernante de turno, pero el más afectado será el que menos tiene.


*Economista