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José Ignacio Calderón

Lo endeble de la intolerancia

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Leo una noticia nefasta: Leelah Alcorn, una adolescente transexual de Ohio, en Estados Unidos, se suicidó lanzándose a un camión en plena autopista a raíz de la negativa de sus padres de reconocerla como mujer, y no como hombre, el género con el que ella había nacido, pero con el que no se sentía identificada, y mucho menos cómoda. La noticia la leí por primera vez en RT, aquella boquilla mediática del zarismo ruso, y, evidentemente, fui a dar con comentarios del tipo: “Bien bueno que se murió” o “no hay tiempo para monstruos de circo como ese”, o el más risible y ridículo “ese niño-fenómeno ha causado daños psicológicos irreparables en el conductor de ese camión que lo atropelló”.

Claro está que la incitación al odio es bastante –y esto es lamentable– común y data de milenios ya. La incapacidad, al parecer ni siquiera cultural, pero natural (soy un pesimista nato), de la gente para reconocerse en las diferencias del otro, ha hecho que la convivencia con personas distintas a las que concebimos en nuestra cosmogonía sea muy, muy difícil. Los frentes que normalmente supuran odio, como el racismo, el nacionalismo, la homofobia, el antisemitismo, la islamofobia, y un largo etcétera de ismos deleznables, son todos inaceptables de un modo u otro, pero hay uno en especial que es necesariamente dañino, y en nuestro país, parte de la normativa social: el machismo.

La jerarquización del machismo con el hombre como ente superior puede parecer bastante sólida en su fachada. Claro ¿qué cosa no exuda más fuerza que un tipo viril mandoneando por ahí? Una mano dura, un tipo fuerte, militante. Lo que necesitamos. Lugares comunes inútiles y reaccionarios que no llevan a ningún lado, pero utilizados de todos modos en todo tipo de discurso, sea casual, político –quién no recuerda los insultos a la hombría que salieron de la Asamblea Nacional este pasado 2014– o incluso, literario: ya Argenis Rodríguez lo había advertido en su Escrito con odio. En nuestro país se manda, desde Páez para abajo, con las bolas.

En su portada, el machismo parece un panteón, o incluso, una película de superestrellas rudas como Sylvester Stallone o Jason Stantham. Pero he ahí el detalle; el machismo es, en verdad, un discurso sumamente frágil, caricaturizado por el entretenimiento, reducido a un montón de realities sobre tipos con barbas modificando motos o telenovelas para ser vistas por hombres como Sons of Anarchy, ópera prima de patoteros traficando armas. Ya el supuesto superhombre (que nada tiene que ver con el ideal nietzscheniano) se ha deformado en un garabato risible. Y es que ahí reside la debilidad de todo el discurso machista: en su inconmensurable fragilidad.

Cualquier cosa que salga de su propuesta estética, que al parecer es ser lo más parecido a un montañés solitario, es tachado de desviado o pato. La distancia que salvaguardan las relaciones interpersonales son hondas: dices algo fuera de lugar, ‘tas fuera. Y esta propuesta, por graciosa que parezca, afecta tanto a mujeres como a los propios hombres, al someterlos a un perfil que si no cumples a cabalidad, te transforma en paria.

En una época sin grandes guerras o conflictos grandilocuentes, vivir se torna aburrido, al estar encadenado a una rutina. Toca pues, derrochar la testosterona en otro lado. Pero si contrarías ese disfraz, o te lo quitas, puedes sentirte muy, muy inseguro. Después de todo, ¿nadie piensa en el pobre camionero barbudo que atropelló a una niña de 14 años?