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José Ignacio Calderón

Lo ¿endeble? De la intolerancia (y II)

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Mandaré mi terror ante ti,

Y lanzaré a todo el mundo a la confusión…

Éxodo 23:27

A modo de epígrafe, al inicio de su novela Fahrenheit 451, Ray Bradbury acotó que esa era la temperatura en la cual el papel de libro empieza a quemarse. La novela magnánima del escritor estadounidense es un claro canto en contra de la censura propia de regímenes dictatoriales, hoy día tan lejanos que parecen caricaturescos. ¿Quema pública de libros, en pleno siglo XXI, cuando ya incluso el libro está perdiendo valor como mercancía comercial frente al Internet? Tonterías, patrañas. Cosas así no podría ocurrir…

Ya la semana pasada, por otras circunstancias –también sumamente lamentables– le había dedicado el espacia de mi columna al azote moral que es la intolerancia en la holística de nuestras sociedades, y sus nefastas consecuencias en las vidas de las personas, sean estas las opresoras o las oprimidas, porque al final, ese es el objetivo del poder: quebrantar sin más. Sea para corromper el que lo ejerce, o humillar al que lo sufre, el poder de la intolerancia es una de las herramientas más nefastas para alzar a la ideología del totalitarismo como único faro posible.

Es difícil explicar el por qué tres personas decidieron matar a doce de sus congéneres humanos en las oficinas del semanario Charlie Hebdo. El terrorismo religioso ha venido sacudiendo al mundo desde hace mucho. Sea islámico, como los hechos ocurridos ayer 7 de enero, cristianos, como los bombardeos de la IRA a la Londres protestante, o judíos, como el asesinato de Isaac Rabin a nombre de Yoel Lerner, el fundamento de todas estas matanzas es, como premisa básica, la limpieza de infieles y la imposición del dogma propio como verdad única.  Es, de modo efectivo, la castración del diálogo y la acción de elevar una cultura sobre la otra.

Las fallas en política internacional por los jugadores fuertes de occidente les han dado mecha a estas personas para destruir a la mano que les dio de comer. En su afán por controlar a los países árabes, la OTAN armó al extremismo religioso, con nefastas consecuencias para la población civil de Europa. Por otro lado el precedente histórico de la violencia religiosa, prevalente en todas las corrientes del abrahanamismo, ha hecho las cosas mucho más espeluznantes con la automatización de la guerra y el desarrollo de una tecnología bélica más potente de lo que se había desarrollado jamás en 2.000 años.

Ya lo había remarcado en mi artículo de la semana pasada: soy un pesimista nato. Si no fue la Iglesia que gobernó de modo tiránico en el Medioevo, quemando, colgando, desollando y torturando a cualquier disidente, fuese judío, musulmán o indígena americano, ahora, en una vil repetición de la historia, nos toca padecer el extremismo, inflado por el mediatismo occidental, del terrorismo fundamentalista islámico.

Entre tantas balas y malas lecturas bíblicas, con la financiación de occidente al extremismo y la cobardía de la corrección política al llamar a hacer frente a la intolerancia, venga de minorías o mayorías, nos ha supurado en un muy tóxico coctel que nos va a terminar matando a todos. Y lo terrible de esto es que el particular tipo de intolerancia religiosa no es endeble. Muy al contrario; es fuerte, protegido por instituciones con influencia política y pública como iglesias, promovido personajes como el papa o el ayatolá, y blindado por la buena costumbre de no criticar las religiones, ya que tal cosa es atentar contra la moral de grandes grupos de personas –cosa, es verdad, sumamente delicada-.

Pero ya va viniendo la hora de plantarle cara a la discusión seria de estos asuntos, porque dentro de la familia del terrorismo, el religioso es el más irracional, peligroso, y, paradójicamente, vilmente justificado de todos. Arropado dentro de una promesa metafísica de gloria divina, la muerte se transforma de proceso natural a martirio digno de aspiración. Cuando alguien que se percibe como oprimido por un dogma ajeno al suyo, y transforma ese sentimiento en venganza comandada por un ser superior todopoderoso e indiscutible, pues no nos queda mucho a nosotros los mortales.

Nadie es inocente, gritó el anarquista, terrorista, y francés Ravachol antes de reventar una bomba en la entrada de un teatro de la París del 1900. Cuánta razón tenía el hombre.