• Caracas (Venezuela)

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Alexander Cambero

Mi encuentro con García Márquez

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Te vi aplaudir junto a nosotros con el fervor de la ilusión de querer un cambio para Venezuela.

Jamás leerás estas palabras escritas con el dolor que significa tu partida. Disfruté toda tu obra para viajar a través del tiempo por geografías exuberantes, historias fascinantes de mujeres deliciosas de besos ricos y senos que tocaban el cielo. Macondo se fue transformando en la Duaca de mi origen. Llegó un momento en que tus relatos los iba comparando con episodios que me ocurrían en este pequeño territorio larense en donde milita mi alma. Muchas veces observaba a personajes locales y me los imaginaba inmortalizados por tu pluma. A pesar de ser pueblos distintos existe una conexión espiritual inquebrantable, y esto es vivir amparados bajo el manto de una lengua de cuatrocientos millones de personas, en una ondulada franja de noventa mil kilómetros, por lo que Macondo y Duaca están unidos por consanguinidad histórica. Un cruce de caminos entre la fértil imaginación y un pueblo real construido por viejos episodios que no fenecen. La centellante sentencia de la abuela relatándonos la fábula de una hermosa mujer que arrastraba a sus víctimas hasta el cementerio. Pasábamos las noches aterrorizados imaginándonos a la extraña dama mirándonos por la ventana. En la mañana junto al café, otros relatos más divertidos. Amantes que se disfrazaban de muertos para penetrar hasta los brazos de la mujer ajena, solo que al aparecer la luz eléctrica se acabaron aquellos espectros. Como ves, existe mucho material en la superchería pueblerina. Cómo me hubiese gustado ver eternizado al ciego Patricio, volando por el cielo con la sinfonía tocada por un coro de ángeles. Quizás Balbino y María Bolivia, en realidad, eran brujos que andaban en sus escobas fosforescentes; vuelo raudo y veloz hasta el mundo de las ranas plateadas con ojos de rubí. Que en su cabaña de palma estaba enterrado el tesoro de Francisco Bortone, resguardado por murciélagos nacidos en Tumaque. Inmensos bosques de oro recubriendo toda la montaña, mirando a Duaca desde su espejo verde.

Aprendí a quererte al adentrarme en tus historias cargadas de ese realismo mágico tan característico de nuestros pueblos morenos, infectados de injusticias; continente sembrado de hondas iniquidades que supiste dibujar en personajes de rostros compungidos, con sus cuerpos nadando en un pantanal de huesos secos. Cada párrafo tuyo reflejaba la remembranza de comarcas olvidadas por mandatarios insensibles. De ese barro creador nacieron esas maravillosas narraciones, que hoy colocan tu mástil en el corazón de muchas lenguas. ¡Oh grandioso capitán de la palabra…¡

Nunca olvidaré cuando siendo muy joven pude verte en un acto en el poliedro de Caracas en apoyo a Teodoro Petkoff como abanderado presidencial del MAS; estabas vestido de gris junto al malogrado dirigente político colombiano Luis Carlos Galán Sarmiento y Pompeyo Márquez. José Ignacio Cabrujas dirigía unas palabras con la profundidad de aquella inteligencia superior. Luego, la electrizante intervención de Teodoro, quien con la destreza de la imaginación hizo que su discurso convirtiera al poliedro en un mundo de ininterrumpidos aplausos. Te vi aplaudir junto a nosotros con el fervor de la ilusión de querer un cambio para Venezuela. Tu presencia refrendaba el hermoso gesto de donar el dinero obtenido del Premio Internacional Rómulo Gallegos. Creíste en un movimiento de gente de corazón grande y pensamiento profundo; el MAS no pudo llegar a Miraflores, pero su origen marcó una etapa hermosa en la historia nacional…