• Caracas (Venezuela)

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Hasta del exceso de elecciones se quejan los inconformes. Peor sería que no hubiese ninguna, el voto es la última diosa de la democracia. Un cinturón de gobernadores demócratas no solucionará todos los problemas, pero el inminente proceso para cargos regionales es crucial. Si la oposición no logra enviar otra señal fuerte al Gobierno que le haga difícil y al límite imposible su escalada al comunismo, Chávez y sucesores terminarán raudos de fabricar el país-bis que no figura en la Constitución, y convertirán indefectiblemente a Venezuela –tras otras  privaciones y 1.500 millardos de dólares echados al pozo sin fondo del populismo– en un caótico burdel que la historia registrará como el cuadragésimo séptimo fracaso histórico del socialismo real.

El 16-D puede ser la última oportunidad de detener, y con suerte revertir, ese insensato proyecto de Chávez, su sueño de un mapa nacional todo rojo que nos conducirá, de comunas en “constituyente”, hacia un comunismo tropicalizado de ininteligibles perfiles. Doloroso sería quedar derrotados por una marea roja ideológicamente intoxicada o tristemente comprada con prebendas y abalorios, pero fatal sucumbir bajo el fuego amigo de una oposición abstencionista como en 2005.

La petite histoire recordará brevemente a Chávez por su verborrea radiotelevisiva, el lenguaje cloacal y el odio de clase, el trasnochado modelo político, el animismo, el fetichismo y su astucia manipuladora, pero la Historia registrará sus tres desmesuradas ambiciones políticas que financió con riqueza petrolera:

*Inventar una dictadura “siglo XXI” manga ancha, sin paredones y de fronteras abiertas, alguna libertad de expresión y Twitter presidencial, de implementación lenta. Opinionistas de todo respeto siguen afirmando que la de Chávez, dictadura aún no es. La mejor doctrina contemporánea califica de dictadura la copresencia de absolutismo (mando único sin autonomías ni pluralismo) con irrespeto de las leyes (principalmente, la Constitución), personalismo (encarnación de metas comunes en un jefe supremo taumatúrgico), totalitarismo (concentraciones hegemónicas en aspectos vitales), búsqueda de mandato perenne y poder arbitrariamente adquirido (cuestionable, véase párrafo siguiente). Al menos desde 2007 vivimos en esa dictadura de nuevo cuño, la chavista, atenta al qué dirá el mundo e hipócritamente respetuosa del ritual democrático.

*Violando una Constitución defensora de libertades, descentralización y pluralismo, convertir la república en un régimen comunista de modelo cubano, legalizando el proceso mediante elecciones, pariendo una dictadura de una matriz democrática. El mundo insiste en considerar democrático a cualquier presidente antidemocrático pero elegido; Chávez le ha sacado el mejor partido.

*Llegar a esas metas afinando la praxis del golpe de Estado permanente, diluido pero incesante, flexible y oportunista; hubo un Chávez golpista clásico en 1992 y otro de modelo ininterrumpido hoy, hecho de cadenas, “exprópiese”, clones de leyes cubanas, violaciones seriales de la Constitución, ataques a la libre comunicación y cambios de escenario para obtener con B lo que no obtuvo con A.

Ante un dictador de tales ambiciones (actualmente despachando desde Cuba para que nos acostumbremos a Cubaven y a La Habana como capital alterna) es imperativo no sólo repetir o superar los resultados de octubre, sino tomar en serio dos iniciativas chavistas que no son cortinas de humo: el reforzamiento de las comunas y la discusión de un “programa socialista constituyente de la nación”. Las palabras que le escribieron al vicepresidente Maduro para inaugurar esto último pudieran figurar en los mejores manuales de ingeniería social. Se trata, declaró, de “formular un libro de la patria… que nosotros colocaremos al lado de la Constitución para convertirlo en un libro diario de trabajo”. La carta magna de 1999 convertida en decorado de fondo de un “libro de la patria” (el proyecto de “Estado socialista” rechazado en referéndum de 2007) que la remplazaría.