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Oscar Collazos

La encrucijada venezolana

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Nada más fácil que dejarse llevar por las pasiones. Nada más irresponsable que echarles fuego a los dos trapos empapados de gasolina en que se han convertido gobierno y oposición en Venezuela. Desde este temor entiendo la prudencia de algunos gobiernos vecinos: una condena a Maduro o un guiño de simpatía a la oposición tendría el efecto de un fósforo arrojado al polvorín.

En muchos sentidos –históricos, afectivos, laborales e incluso familiares–, Venezuela no es un asunto exclusivo de los venezolanos. Sí lo es, en cambio, la solución política a una confrontación que avanza hacia nuevas y más violentas escaramuzas entre oposición y gobierno.

No hace falta hacer sonar las trompetas del nacionalismo para recordar que toda intromisión en los asuntos internos de ese y cualquier país es desaconsejable e inoportuna. Tampoco hay que dejarse maniatar por el chantaje de la extrema susceptibilidad y no recordarle a Nicolás Maduro que Venezuela hace parte de una comunidad de naciones en la que existen unas pocas reglas comunes: el respeto a la oposición y el derecho de sus ciudadanos de organizarse y expresarse libremente.

Existe el temor de que Venezuela pueda pasar a una confrontación más catastrófica, de alcances impredecibles. No hay que olvidar que el gobierno cuenta con un capital de simpatía masiva pero oculta. Bastaría una señal de arriba para que esa simpatía hiciera las veces de un descontrolado paramilitarismo.

Es lo que insinúa el columnista Vladimir Villegas, en El Nacional de Caracas, al preguntarse si se va a permitir que “la otra cara de la moneda de esta realidad también tome la calle y se produzca el choque de trenes tan temido por la mayoría”. Lo dice un antiguo alto funcionario de Chávez, ahora en la oposición.

¿De dónde, entonces, tiene que venir la cordura? No solo de la oposición, que no tendría que renunciar a sus principios. La cordura tiene que venir sobre todo del gobierno, que tiene el poder, además de la responsabilidad de salvaguardar la vida de los ciudadanos, incluso de aquellos que se oponen a él.

Maduro tiene la oportunidad de abrirse al diálogo y reconocer la legitimidad de sus opositores. Existe una mitad del país que no cabe en su proyecto de sociedad. Se lo han dicho en las urnas. Hace esto o se deja arrastrar por la embriaguez y parte a su país en partes irreconciliables, resistiéndose a corregir el rumbo de un modelo de economía que se ha revelado ruinoso.

Parece comprensible que, en las graderías, las barras bravas del chavismo y de la oposición se den más garrote del que se dan en las calles de Caracas. Basta asomarse a las graderías de las redes sociales o a las cañerías de los foros abiertos en las publicaciones digitales: la única medida del placer está allí cruzada por la violencia.

La irracionalidad de las garroteras políticas de los vecinos no puede, sin embargo, influir en la política exterior de un Estado, como parecen creerlo quienes exigen que si el gobierno colombiano va a tomar partido por la democracia, lo haga por la oposición venezolana y contra el delirio autoritario de Nicolás Maduro.

Si el presidente de los venezolanos entiende como hostiles las palabras de presidentes que lo llaman a la sensatez, la más aconsejable no es una igual o mayor hostilidad, sino la acaso más “cobarde” de las actitudes: convencerlo de que el camino de la diplomacia y el diálogo es el más largo, pero el único que evita la caída en la locura.