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Rodolfo Izaguirre

Estar enamorado, amigos...

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En La ciudad sin Laura,1938, Francisco Luis Bernárdez, (1900-1947) poeta argentino de inspiración cristiana escribió: “Estar enamorado, amigos, es descubrir donde se juntan cuerpo y alma” y lo expresó cabalmente porque el amor no es un lugar preciso y determinado; tampoco es un estado, una actitud sino el instante en el que el Tú y el Yo dejan de serlo y se conjugan, se fusionan, se entrelazan y se convierten en Nosotros. Desde quien así mira, esta perspectiva se transforma, si se quiere, en un momento de destrucción, de disolución en el que dejamos de ser dos para trasformarnos en un Uno plural. Lo que hasta entonces estuvo separado, tú y yo, ahora converge hacia un centro que los tratadistas consideran siempre escindido. Algunos lo sitúan en el corazón y otros lo advierten en la rosa o en la flor de loto y cuando morimos de amor –una circunstancia cada vez más literaria, extravagante y alejada de nosotros– tendemos, se dice, a disolvernos en la más jubilosa de las disoluciones. Por su parte, Denis de Rougemont escribió un libro sobre El amor en Occidente en el que describía los sucesivos círculos de la pasión amorosa utilizando como recurso el mito de Tristán. Seguro de la respuesta afirmativa, y al comienzo del libro, preguntó a sus lectores: “¿Les gustaría escuchar un bello cuento de amor y de muerte?”

Se refería desde luego al amor mortal, al amor confundido con la muerte que si bien no es toda la poesía es, al menos, todo lo que hay de popular; todo lo que hay de universalmente emotivo en nuestras literaturas y en nuestras más bellas canciones. El amor feliz, afirma Denis de Rougemont, no tiene historia. Solo el amor mortal es novelesco, es decir, el amor amenazado y condenado por la propia vida. El de Romeo y Julieta, el de Abelardo y Eloísa. De modo que lo que importa no es tanto el amor colmado, satisfecho, sino la pasión del amor. Y pasión, ya lo sabemos, significa sufrimiento. Lo que lleva a pensar que el deseo amoroso y su satisfacción podrían ser la clave del origen del mundo, pero también existe el desamor y es tan devastador como su opuesto y por lo general, a veces, la desilusión y el oleaje de rencor y venganza que desata puede confundirse con el infierno y con todo el mal y egoísmo que abruma, recorre y sacude los rincones de la tierra.

El amor procede de todos los simbolismos que aluden a la relación de los opuestos. Es la libido, es decir, la fuerza individual que impulsa y motiva a los seres a expresarse en acción.

Estoy por creer que el país venezolano en años no ha conocido el amor, no ha sentido, de parte de sus mandatarios, ninguna caricia, un consuelo; alguien que nos pase la mano por la cabeza y nos diga aunque solo sea un “¿Qué tal? ¿Cómo te sientes? ¿Ya comiste? ¿Encontraste arroz?”

En lo personal, siento que llevamos 17 años sin alegría; padeciendo rigores inmerecidos y castigos de cuartel y al no más iniciarse 2016, Maduro, comenzamos a pasar hambre y no es precisamente para morirnos de la risa escuchar a García Carneiro decir: “¡Para nosotros no hay escasez, para nosotros lo que hay es amor, lo que hay es patria!”. O a una tal Emma Ortega que para reactivar el aparato productivo y eliminar la ausencia de alimentos se le ocurre la ingeniosísima idea de utilizar cualquier espacio, un balconcito, una latica vieja, comprar cebollín, sembrar el bulbo, esperar que nazcan,crezcan y volver a tener cebollín. Es como si regresáramos a los gallineros verticales del difunto y sus huertos urbanos. Maduro, perdona la pregunta, pero: ¿Cuándo te vas?

Afirmaremos algún día, como lo hizo Bernárdez, que estar enamorado es encontrar ¡el nombre justo de la vida y ocupar un territorio donde conviven los perfumes y las armas!