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Sergio Dahbar

Cómo empezó todo

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Toda tragedia tiene un comienzo, una iluminación, una fecha en el calendario. La desarticulación de las comunicaciones como las conocíamos empezó a gestarse el 23 de mayo de 1999. Ese día, el expresidente Hugo Chávez inauguró el programa Aló, Presidente. Y comenzó a criminalizar una profesión, la de los periodistas, y una institución, los medios. Después vino el diluvio.

Recapitulemos. A lo largo de quince años se acumularon otros hechos para configurar una política de Estado contra el ejercicio de la libertad de expresión en Venezuela. La cancelación de concesiones de emisoras de radio y televisión que estaban vencidas o en pésimo estado legal, que pasaron al sector público o desaparecieron, fue un paso decisivo. A RCTV la intentaron comprar y como no pudieron, simplemente la borraron del dial.

Nació una vasta red de medios comunitarios. Se clausuró la aprobación de dólares preferenciales para adquisición de papel a medios impresos. Y finalmente se estimuló la compra de canales y periódicos privados (por grupos cercanos el gobierno) para constituir el holding comunicacional más grande, articulado por Estado alguno, que se conozca en el ámbito de la lengua española.

Quien tenga dudas que anote la confirmación de la venta de otro medio impreso nacional esta primera semana de julio, anunciada en diciembre pasado. Esta noticia ratifica la voluntad de asumir el control de medios de comunicación con audiencia masiva. Es bueno recordar cómo empezó todo esto.

Aló, Presidente se mantuvo en el aire hasta el 29 de enero de 2012. A lo largo de 13 años, Hugo Chávez bombardeó la credibilidad de los periodistas y los medios de comunicación en Venezuela. Su palabra estimuló la violencia callejera contra los periodistas. Para lograrlo invirtió cerca de 50 millones de dólares.

El gobierno necesitaba anular a quienes podían disentir del modelo populista y militar, autoritario sin ninguna duda. Ese fue el primer paso para alterar el mapa de las comunicaciones.

Desde que Chávez subió al poder, una impunidad generalizada amparó que cualquier ciudadano o funcionario agrediera a un comunicador social para impedir que cumpla sus funciones.

Era de tal importancia Aló, Presidente en el acontecer de Venezuela que todos los medios asignaban reporteros de guardia del fin de semana para seguir el programa, ya que muchas noticias relevantes salían de él.

Haciéndolos enemigos de sus públicos, negando y rebatiendo fervientemente cada una de las críticas que en ellos formulaban contra el gobierno, calificándolos año tras año de mentirosos y traidores a los intereses nacionales, Chávez relativizó los cuestionamientos a los errores de su tren presidencial y a sus tendencias antidemocráticas que avanzaban como tren descarrilado.

La logística de cada programa no era un tema menor: 35 agentes de seguridad, 20 invitados especiales, entre 300 y 500 activistas, 80 funcionarios de la Casa Militar (la guardia presidencial del Ejército), ocho pilotos de la Fuerza Aérea y 15 oficiales, más el avión presidencial o helicópteros militares, el alquiler de vehículos y la movilización de equipos de microondas.

¿Qué se lograba con esto? Veamos algunos episodios en momentos álgidos. Tres días después de que en el Aló, Presidente número 85, 17 de noviembre de 2001, Chávez asegurara que su gobierno respetaba la libertad de expresión pese a que algunos medios, dijo, lanzan informaciones tendenciosas para perturbar al país, el equipo reporteril de Globovisión se vio impedido de cubrir una actividad en el centro de Caracas ante la agresión física y verbal de simpatizantes del presidente.

Una experiencia similar vivió otro equipo del mismo medio el 10 de diciembre de ese año, también en el centro de Caracas, cuando chavistas apalearon al camarógrafo. El día anterior, en el Aló, Presidente número 89, Chávez había insistido en que los medios son parte de una oligarquía que bebe whisky y come caviar mientras el resto del país pasa hambre.

El 9 de enero de 2002, un asistente de cámara de Globovisión se salvó de un linchamiento gracias a la intervención de la Policía Metropolitana. Simpatizantes del gobierno lo identificaron cerca del Palacio de Miraflores y comenzaron a correr detrás de él.

El 27 de enero Hugo Chávez descargó extensamente en Aló, Presidente número 95 al periodismo privado venezolano, especialmente a El Nacional, a cuyo programa invitó a un periodista que había sido despedido y acusaba al medio de marginar a los redactores que apoyaban al gobierno.

El último día del primer mes de ese año un artefacto explosivo fue lanzado de día a las puertas del diario popular Así Es la Noticia, filial de El Nacional en esa fecha, con panfletos contra el medio firmados por el partido de gobierno.

El término mentira fue asociado a los medios en 120 programas, 202 veces. En 74 oportunidades, el presidente y sus invitados acusaron de distintos modos a las empresas periodísticas de practicar el terrorismo. Chávez y otros interlocutores hablaron 188 veces de manipulación, 77 veces de engaño y 45 veces de atropello. Hubo 29 alusiones a una conspiración por parte de los medios, de los que dijeron, en 42 ocasiones, que envenenaban sus contenidos para perjudicar a las audiencias o al país entero. Hubo 29 alusiones a la desestabilización asociada al periodismo. La difamación fue mencionada 13 veces, y el término basura apareció en 9 oportunidades vinculado a los medios.

Así comenzó esta historia, que el gobierno pretende naturalizar como una batalla contra los demonios. Así se criminalizó a los medios y se agredió a los periodistas. Y así se encendió la mecha que produjo la devastación de todo vestigio de crítica.

La devastación comienza a arrojar víctimas que pertenecen al mismo proceso (Vanessa Davies) o que son erradicadas para evitar la mínima sospecha del régimen, como ocurrió con el caso de Luis Chataing y su peligrosísimo episodio “Cómo fabricar una prueba”.

Entre el 23 de mayo de 1999 y el 3 de julio de 2014 caben quince años oscuros para el periodismo y una intención sostenida de exterminar la crítica y la verdad de hechos conocidos por medios de comunicación venezolanos. Para semejante “limpieza’’ se prestaron periodistas que pretenden gozar de credibilidad. Es una lástima.