• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

¿Por dónde empezar?

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En alguna película de Woody Allen, creo que Manhattan (1979), la voz del protagonista propone dos o tres –no recuerdo cuántas– oberturas a la historia que se dispone a contar, de modo que cuando el espectador cree que la película comenzó, se produce un retroceso para volver al inicio; este deliberado titubeo siempre me llamó la atención y viene a mi memoria cada vez que, ayuno de temas a los que hincar el diente, me siento ante la computadora con ánimo de articular la descarga que, domingo a domingo, someto a consideración  del paciente lector; esta semana, colmada de monólogos sobre el «diálogo» auspiciado por los amiguetes del chavismo –iniciativa aplaudida por Jon Kerry, magnificada por un gobierno agonizante y desacreditado internacionalmente, relativizada por una oposición a la que ya se le fue un semestre sin haber logrado que se reconozca la autoridad de  la Asamblea Nacional («tiene los días contados», amenazó Nico) y se acaten sus decisiones, y cuestionada por la Iglesia que recela de los buenos oficios de Unasur–, hubiese podido comenzar afirmando que los interlocutores del impreciso conversatorio con merengue procuran desterrar la palabra negociación de un eventual cruce de pareceres sobre el destino nacional. Pero ese aserto es solo barrunto, presentimiento inducido o, peor aún, prejuiciosa corazonada. Quizás, entonces, debamos proponer una introducción diversa y, ya que aquí se especula acerca del indetenible transcurso del tiempo, apelar al florilegio del gran Cantinflas, y citarlo no más: «Los momentos pasan y los minutos también... y luego hasta los segundos. Luego, de segundo en segundo, agarra uno el segundo aire».

Un segundo aire, ¡sí señor!; eso quieren los forajidos que tutelan y rodean al reyecito, a fin de ordenar sus negociados y tratar de salirse con las suyas, impunemente, como si no hubiesen roto un solo plato. Y lo peor es que el tira y encoge de Cronos relega al plano de lo pasajero crímenes de lesa humanidad, cual los que se perpetran contra niños y ancianos enfermos que no consiguen medicinas; pero esta prédica, que satura el poco espacio crítico de nuestro espectro informativo, se estrella contra los ¿a mí qué?, yo no fui y me importa un carajo del oficialismo. Probemos, por tanto, con otra entrada para adentrarnos en un terreno muy del gusto del autócrata de nacionalidad ambigua: el de la guerra, esa modalidad  de conflicto –la más dolorosa, acaso– que Carl Von Clausewitz conceptualizó como «continuación de la política por otros medios» y Maduro, bajo el manifiesto y pernicioso influjo de Chávez, banalizó al adjetivarla (económica, psicológica, mediática) y convertirla en bandera propagandística, mera consigna sin aliento creativo ni sustento racional, que suscita más apatía que emoción.

Sun Tsu es tenido por el más antiguo, sabio e influyente de quienes se han ocupado de los asuntos bélicos; su libro, El arte de la guerra –que entre nosotros conoció una traducción que del francés hiciese Teodoro Petkoff a su paso por el cuartel San Carlos– es, más que un manual de combate, un tratado filosófico en torno a cuestiones estratégicas que atañen a las confrontaciones armadas. Si el segundón lo hubiese leído y entendido sabría que «la defensa es para tiempos de escasez y el ataque para tiempos de abundancia» y no lo contrario. Es por ello, sostiene el estratega chino, que «los guerreros victoriosos primero ganan y después van a la guerra»; pero no, nuestro aspirante a César parece haber bebido más bien en las fuentes de nuestro mencionado y admirado Cantinflas –«Estamos en guerra porque ya estamos. ¿Por qué razones?, ustedes me dirán. Y yo les contestaré: razones fundamentales que todo conglomerado debe entender y son tres: la primera, la segunda y la tercera. ¿Qué cosas verdad?»–, pues, son tan ininteligibles sus alusiones a una supuesta conjura orquestada por la derecha vernácula y el eje Madrid-Bogotá-Miami, cuan impertinente es el despliegue de fuerzas para una OLP, ineficaz y caricaturesca blitzkrieg, que anticipó para no sorprender ni atemorizar a los delincuentes que hace tiempo mantienen a raya a la policía y al ejército rojo.

Ahora, aunque el fantasma de la Carta Democrática Interamericana apenas hizo ¡bu!, el gobierno tendrá que ingeniárselas para ver cómo camina con el rabo entre las piernas; también nosotros tendríamos que ensayar, como un temerario ajedrecista, una apertura inédita, que conduzca rápido al inevitable jaque mate, por cuanto el contador de caracteres nos advirtió que llegamos al «rompa hasta aquí» antes, mucho antes, de poder sacarle punta al lápiz de la crítica, de modo que nos hemos quedando sin definir un principio y mucho menos un desenlace; pero es que con esta gente, nunca sabe uno por dónde empezar.