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Paula Cadenas

Venezuela, algo se forja entre aquí y allá…

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Hace unos días oí a mi hija de cinco años decirle al pequeño de casi tres: “Yo soy de Venezuela y tú nooo…”, el chiquito, nacido en Francia, le dijo simplemente: “Sí”. No cayó en la tentación de desear lo que no se tiene. Luego continuó: “Soy de Venezuela como papí y mamí, pero tú no”. Desde la cocina me reí, quedé pensando en ese orgullo de su procedencia, todavía no en el de la identidad que se cotiza entre pasaporte e insignias, también me pregunté sobre cuánto duraría, y desde entonces resuena. Claro, se me hizo un nudo en el estómago, al que difícilmente me acostumbro, el de la tristeza de todos los días por los abuelos allá, la nostalgia de los tíos, los amigos y las comilonas de domingos con los chiquitos correteando alrededor.

Los días se pueblan de anécdotas que no comparto, me gusta pensar que este puede ser un espacio para ello, y ahora me tomo la libertad de traer esta porque justo últimamente me he encontrado varias del estilo entre las redes. Hace tres días alguien cercano describía en su página en Facebook cómo fue la despedida de la mejor amiga de su hija, Eva, de siete años. Ese día jugaron tranquilas en el intercambio de siempre –en ese otro tiempo de la infancia–, y llegada la noche, antes de acostarse la niña le dijo finalmente que eso de tener amigos era muy difícil y que no entendía por qué tenían que separarse, lloró, la madre sintió con ella una profunda tristeza por tanta separadera. Se preguntaba entonces: ¿cómo decirle que vendrían más y que tendría que acostumbrarse y que las de ella ya le duelen más que las propias? Allí me enteré justamente de que la familia de Eva se prepara también para partir. Otra mamá cuenta en un blog en inglés, Caracas chronicles, cómo sus hijos han llevado la mudanza a otro país con tranquilidad y hasta con la alegría de lo nuevo, pero ya instalados y pasado un tiempo, la chiquita de cinco años le pregunta: Mom, can we go back home? Evasiva, la madre posterga el desenlace, espera en vano ese olvido infantil, que es memoria profunda. Acaso crea ella también –como cada uno de nosotros– que quizás la vuelta no se demore; solo así es llevadera la separación. Finalmente la madre se ve obligada a soltar un it’s dangerous there… Y la cosa se le complica, pues la niña piensa en los suyos allá, y siente miedo.

En plena mundialización, caracterizada por los desplazamientos, cuando hasta los franceses comienzan a salir y aprender otra lengua, no hay drama en viajar y establecerse fuera por un tiempo. Al contrario, se trata de uno de los mejores signos de nuestra época. Ya decía Pío Baroja que el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando. El problema es cuando salir se vuelve idea fija, razón en sí, cuando las condiciones afuera no son la ideales y volver no es una opción. Tragedia son los desplazados o refugiados, pero ¿cuál es nuestro estatus? ¿Por qué no volvemos a casa? ¿Por qué vinimos hasta acá? ¿La respuesta más rápida y común? La inseguridad. A veces nos cuesta a nosotros también entender por qué no estamos allá. Es más difícil aún explicarlo, corrupción, inflación, anarquía, “no, el clima no, es maravilloso allá”… “para caminar libres en la noche”, respondemos para salir al paso, pero cuando el vecino o un conocido no se conforma con tal vaguedad e insiste, arrojamos unas cifras rojas, 5.628 muertes violentas en lo que va de año, o un “fuimos víctimas de robo a mano armada”. A los ojos del interlocutor cobramos estatus de refugiados. Solo con semejantes datos me convenzo a mí misma sobre el porqué de nuestro exilio, a la triste constatación le siguen la preguntas sobre el cómo llegamos hasta allí y qué hacer hoy, sigo buscando al interior de nuestra historia, de nuestro carácter.

Venezuela no había conocido esta diáspora como es el caso de otros países vecinos. Inevitable, pues, pensar en todos aquellos chiquitos que están creciendo fuera, y en la imagen que se construyen de ella. Allá, lugar de afectos, de no tiempo, mar y celebración, aquí, el mundo real de compromisos, responsabilidades y posiblemente otra lengua, mientras que la materna va llenando las ausencias entre el acento y los olores de los fogones. La Venezuela de los que estamos fuera tiene algo de dorado, la Venezuela de los que están allá tiene tonos más oscuros. Entre una nueva Arcadia y un purgatorio se juega hoy nuestro imaginario. No importa cuánto modifiquen los libros de texto, hay algo que se forja en la memoria. De pequeñas alegrías y ausencias, y de miedo, pero también de orgullo, como el de ser venezolana de mi hija de cinco años. Su Venezuela se cotiza mejor que la Francia en la que vive, y su relación con el país es otra. Me gusta pensar que más libre, menos llena de jerga patria y rupturas, alejada de la celebración al pícaro, y más nutrida por lo esencial: la lengua, la memoria y también una forma de moverse. ¿Otro imaginario de país se gesta en la diáspora? Acaso entre el aquí y el allá se construye un país liberado. Traigo ahora un poema de D. H. Lawrence que dejó un abuelo en un Taller de al lado: “La vieja, vieja historia de la libertad”: “Los hombres luchan por la libertad, y se la ganan con duros golpes. Sus hijos, criados en la facilidad, se la dejan arrebatar, pobres// Idiotas/ Y sus nietos vuelven a ser esclavos”.