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Oscar Collazos

“Y sin embargo se mueve”

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Hace pocos días, un amigo alemán me preguntaba por los temas que ocupan la agenda periodística colombiana. Le dije que los temas de nuestra agenda informativa eran casi los mismos en las últimas décadas. Sin embargo, Colombia seguía siendo fuente de noticias para los medios de comunicación internacionales, atraídos casi siempre por el escándalo. Somos un país productor y exportador de noticias.

Lo que importaba e impedía que cayéramos en un círculo vicioso informativo –le dije a mi amigo periodista– eran los retoños que les habían salido a tres o cuatro temas sin resolver: el narcotráfico, el conflicto armado, la corrupción administrativa y privada y el descrédito de la clase política.

“¿Y dónde dejas la desigualdad social?”, me preguntó. Le respondí que, aunque no era noticia caliente por la antigüedad de su existencia, había muchas explicaciones del problema de la inequidad, pero que yo creía –a título personal– que los temas antes destacados: narcotráfico, conflicto, corrupción, descrédito de la clase política, eran gruesos telones que no dejaban ver en su verdadera dimensión la desigualdad económica y social.

Le dije que, en muchos sentidos, de esa sociedad escandalosamente desigual salía, desde hace 40 años, la mano de obra al servicio del narcotráfico, que, si lo miraba bien, la desigualdad (la pobreza medida con la riqueza) era uno de los carburantes de las organizaciones armadas fuera de la ley: guerrillas y paramilitarismo. Pero la desigualdad no era, directamente, la causa primera de nuestros grandes males.

Le recordé que el narcotráfico apareció en el terreno abonado por las costumbres políticas y la creencia de que el Estado podía ser una fuente de riqueza rápida de individuos y grupos. Las instituciones públicas fueron entonces corrompidas, a las buenas y a las malas. Y esto aceleró la caída de la política en el lodazal de una corrupción con dos fuentes de ingreso: el propio Estado y la mediación que gobernantes y políticos legalmente elegidos hicieron para los narcotraficantes.

Las ramas que le salieron al robusto tronco de una sociedad desigual, más dispuesta a la corrupción que al respeto de la legalidad, nutren la agenda informativa de la última década. Pero la nutren también todas las formas de criminalidad creadas que frenan cambios sustanciales en la sociedad, cohonestadas por particulares. Esto sigue siendo noticia.

¿Sabía mi amigo por qué se peleaban los cuatro expresidentes vivos de Colombia? Estas son las cosas que nos sacan de la monotonía. Estas y los delirantes trinos de un expresidente caído en las redes de su mesianismo. Se pelean porque pretenden hacernos creer que la lucha de uno contra la criminalidad fue más firme o laxa que la del otro.

Este conflicto tiene medio siglo de existencia. Podía ser repetitivo y tedioso seguir dando noticias y opiniones sobre lo mismo, pero cotidianamente nos envuelve en su sangriento tejido. Lo que vuelve interesante toda información sobre el tema es que la sociedad colombiana vive hoy una de las mayores tensiones políticas y morales de su historia reciente.

Se reduce a cómo ponerle fin a un conflicto que guarda relación directa y no exactamente de causalidad con la inequidad, la corrupción, el descrédito de la clase política, el narcotráfico, los métodos para combatirlo y, por último, con el fortalecimiento de la democracia sin el chantaje de la guerra. “Lo que te aseguro –le dije al amigo– es que solo las cosas que están cambiando se mueven con tanta intensidad”.