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Eduardo Mayobre

Cambalache

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En su reciente y excelente libro La civilización del espectáculo Mario Vargas Llosa sostiene que en nuestro tiempo la cultura ha desaparecido. Yo siempre he sido un admirador de nuestro peruano premio Nobel, pero la mayoría de las veces difiero de la ideas que expone en sus ensayos. En este caso, creo que la cultura no ha desaparecido sino que ha sido secuestrada.

Me explico. Vargas Llosa piensa que se ha perdido el espacio común que aúna los avances del conocimiento y pudiera llamarse cultura. Afirma que, por una parte, se la ha banalizado, al denominar cultura cualquier manifestación de la presencia humana y que, por la otra, el avance científico y tecnológico se ha restringido a campos de especialización incomunicados entre sí. Por ello dice: “En la era de la especialización y el derrumbe de la cultura las jerarquías han desaparecido en una amorfa mescolanza en la que (se) iguala a las innumerables formas de vida bautizadas como cultura”. Lo que recuerda el tango “Cambalache”, de uno de mis filósofos favoritos, Enrique Santos Discépolo, quien destaca que en el siglo XX mezclados en un merengue van Stravinsky, Don Bosco y La Mignon, Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín.

A mi entender ese no es el problema. La cultura no se ha derrumbado. Sólo que, como acostumbra a suceder, ha sido apropiada por los grandes centros de poder. Quienes conocen Harvard, Yale, Princeton, Oxford o Cambridge, por nombrar los más tradicionales, pueden dar fe de que ahí la cultura está viva. Que el diálogo entre las diferentes formas de saber y las interrogantes sobre el destino de la humanidad se plantean al más alto nivel. La discusión sobre temas tales como el alcance de la globalización, la eliminación de la pobreza, el equilibrio ecológico y el límite al uso de la fuerza, así como el conflicto de las civilizaciones, son el pan nuestro de cada día. Y tienen repercusiones prácticas.

Pero tales debates elitistas han quedado fuera del alcance del resto de los seres humanos. Para ellos se ha reservado una cultura irrelevante que sólo puede derivar en lo intrascendente y uniforme. A eso se refiere Vargas Llosa.

La supuesta desaparición de la cultura resulta necesario ligarla al fenómeno de la globalización. La cultura, como la entiende Vargas Llosa, ha desaparecido en todas partes, excepto en los centros de poder. Se trata de un nuevo imperialismo, el cultural. La globalización necesita de una uniformidad de las conciencias. Y ésta se obtiene mediante la degradación de las culturas anteriores. Las más perjudicadas son las culturas que hasta hace poco fueron las más respetadas, como la francesa, que Vargas Llosa utiliza de ejemplo principal, y las emergentes de los países subdesarrollados o las tradicionales de los países asiáticos.

La globalización requiere de un rasero común que no impida la expansión de una cultura dictada por sus centros de poder y destruye las culturas locales de la misma manera como auspicia la demolición de las barreras que crean los mercados nacionales o regionales. Por ello restringe la cultura a los círculos privilegiados que propician su hegemonía. No es nada nuevo. Cada uno de los imperios de la historia ha tenido sus centros culturales que dictaban las pautas. Pero como ahora el alcance de sus dominios es el planeta entero, tales centros deben tener también un alcance global.

En tales circunstancias, los núcleos culturales locales representan un obstáculo para la difusión del nuevo evangelio de la globalización. Por ello resulta necesario minimizarlos, reducirlos, llevarlos al suicidio o simplemente banalizarlos. Mientras tanto, los mandarines de la globalización continúan su tarea y dictan los cánones culturales con un poder tan absoluto que hasta las angustias de un pensador brillante como Mario Vargas Llosa se tornan marginales. Sólo los “Think tanks” legitimados por los centros del poder globalizado poseen la dignidad de la cultura. Y por ello quien aspire a ser oído más allá de la cultura degradada que tan bien describe el escritor peruano debe intentar hacer un curso en Harvard, MIT o equivalentes, que le permita ingresar al mundo de la cultura relevante. De aquella que se ha propuesto definir el curso de la humanidad.

Finalmente una nota de cautela: la masificación no es exclusiva de esta época, viene de antes. Y mal que bien en ella se ha adelantado. Porque si excluimos las justas quejas de las élites locales, tenemos que la masificación de la cultura ha avanzado desde la glorificación de la lucha libre, o “catch as catch can”, de los programas de televisión de mi infancia a los conciertos de los tres tenores que ahora se dedican a las masas.