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Tulio Hernández

El elector ejemplar

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De un parte está el despliegue del ventajismo electoral con el que el PSUV, utilizando impunemente todo el aparato de Estado, ha convertido los actos electorales venezolanos en una confrontación marcada por el más grotesco y militarmente bananero abuso de poder. De la otra, los cantadores de fraude, ese grupo minoritario de opositores que con muchos recursos mediáticos concentran su trabajo político en intentar demostrar que el camino electoral que muchos hemos elegido para salir del proyecto autoritario chavista no es otra cosa que una ingenua e inocua pérdida de tiempo.

En el medio, el liderazgo político de la Mesa de la Unidad Democrática y los millones –los casi 7 millones de venezolanos, según los resultados de las elecciones de octubre de 2012– que de manera persistente y disciplinada soportan la condición malandra de los primeros y el chantaje de los segundos y, cada vez que se les convoca, salen con humildad ignaciana a hacer sus colas para ejercer el derecho al voto intentando sacar de juego por vía democrática al proyecto militarista.

El despliegue ventajista de los rojos es cada vez más impúdico. Desde aquel día de diciembre de 2012 cuando el Presidente ya muerto, ahora convertido en pajarito, a plena consciencia de que sus trinos se apagaban, decidió poner, frente a la televisión encadenada, el huevecito que albergaba al polluelo designado como su sucesor, el Tribunal Supremo de Justicia y las damas del Consejo Nacional Electoral entraron en la ilegalidad total.

Los cantadores de fraude, por su parte, han seguido en su labor. De manera a veces directa, a veces metafórica, acusan al candidato Henrique Capriles, la MUD y el rector Díaz, la única voz autónoma en la directiva de la institución electoral, de colaboracionistas carentes de testículos u ovarios suficientes para enfrentar los obvios desafueros oficiales. Pero no explican, en un país donde la élite de gobierno decidió convertir la ley en papel toilette, qué se debe hacer –aparte de irse a la guerrilla– para lograr restablecer el juego democrático.

Es entonces, al entender la magnitud de estas dos presiones que hemos vivido, cuando empiezo a valorar en su verdadera dimensión el esfuerzo y la convicción de este multitudinario grupo de venezolanos que antes de rendirse ante la omnipotencia de la ilegalidad roja, desesperarse y salir a poner bombas, tomarse la justicia por sus manos o insistir en los caminos verdes del Carmonazo que atornillaron al líder muerto en el poder, han decidido salir una y otra vez, con resignación mayor y dedicación sublime, con sosiego y parsimonia, a insistir en el camino electoral en un escenario político que desde el comienzo ha sido absolutamente adverso.

Es esa, a mi juicio, la resistencia mayor, la fuerza y la reserva de la cultura democrática venezolana que el chavismo no ha logrado vencer. Cuando miro hacia atrás y reviso con cierto agotamiento el número de elecciones ventajistas en las que hemos participado en estos catorce años, me gusta –creo que incluso me genera cierto orgullo colectivo– sentir que formo parte de ese grupo, año a año cada vez más grande, de venezolanos no oficialistas que disciplinadamente sigue participando, aun a sabiendas de las injustas condiciones en las que jugamos, de cuanto acto electoral se convoca.

Ha sido un largo aprendizaje comprender en dónde estábamos parados. Primero, porque a muchos sectores opositores les costó años reconocer tanto las magnitudes de la desilusión y el resentimiento que acumularon los sectores con menos recursos económicos frente a la democracia bipartidista como el tamaño y la fuerza del liderazgo que, como respuesta telúrica, encarnaba el líder fallecido.

Lo cierto es que no había salida rápida. Que estamos en un proceso de reconstrucción. El chavismo como fuerza política se erigió sobre la casi plena desaparición del sistema tradicional de partidos, sindicatos y gremios sobre el que se había edificado la democracia venezolana. Ahora se está tejiendo uno nuevo que retoma las banderas originales para ajustarse a los nuevos tiempos.

Como si todos los demócratas venezolanos fuéramos una caribeña mezcla de Gandhi, Mandela y Luther King, volveremos a hacer cola para ir a votar el domingo 14. Los espacios políticos no se entregan. Sin el Gran Prestidigitador en escena, la política vuelve a ser un ejercicio más parecido a la perseverancia que a la taumaturgia. 7 millones de personas no son una minoría. La vida te da sorpresas.