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Diego Arroyo Gil

El ejemplo del maestro Abreu

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Nadie puede ni podrá ya regatearle al maestro José Antonio Abreu que haya fundado y que dirija con terca devoción el Sistema Nacional de Orquestas, una de las instituciones culturales más sólidas de América Latina y una de las empresas sociales que mayores beneficios ha brindado a la sociedad venezolana.

Los innumerables reconocimientos que Abreu ha recibido dentro y fuera del país son prueba veraz e irrefutable de que su labor al frente de la organización es encomiable y pasará a la historia. Los auditorios del mundo se han puesto de pie para ovacionar a los músicos que se han formado en buena medida gracias a su esfuerzo y que han sido tocados por la gracia de su arte gerencial y su tutela.

Pero afirmar esto, y celebrarlo, no significa que haya que guardar silencio ante la cortesanía que Abreu practica cada vez que el poder le exige una reverencia, como se ha visto en innumerables ocasiones. Precisamente porque es un hombre de inmensa estimación entre muchos venezolanos y nos representa en el mundo entero, su comportamiento es destino de durísimos señalamientos por estos días.

Lo que sucedió la noche del 12 de febrero fue la gota que derramó un vaso que llevaba tiempo al borde: el Sistema Nacional de Orquestas animaba la fiesta de Nicolás Maduro mientras grupos armados pagados por el gobierno asesinaban y herían a jóvenes que protestaban, pacíficamente, ante los atropellos a la libertad en Venezuela. ¿Y Abreu? Sonriente, como invitado especial del César.

Transijamos con que él y sus muchachos tenían que asistir a la celebración del Día de la Juventud. Estoy seguro de que lo hubieran hecho aunque el gobierno no fuese este sino cualquier otro. Pero ¿por qué Abreu permitió, por ejemplo, que se interpretara el “Mambo” si a esa hora el país ya estaba de luto? Los gestos son acciones, y la gente que se enteraba, a través de los escasos medios informativos disponibles, de lo que sucedía en la calle, no daba crédito ante el indignante bochinche orquestal cuya fanfarria llegaba a las puertas de la morgue. Hubiese sido sensato un poco de discreción. Un poco de dolor venezolano.

Quienes se pronuncian en defensa del maestro Abreu argumentan que participa en los actos oficiales para no poner en peligro la integridad de la institución que dirige. Pero es que Abreu no solo participa en los actos del gobierno a que lo obliga su cargo. A Abreu lo hemos visto haciéndoles carantoñas a los jerarcas del régimen, sea lo que sea que esté ocurriendo en el país. Se diría de él, con Sófocles, que tiene un corazón ardiente para cosas que hielan de espanto.

Algunas personas que no conciben que uno se indigne y lo diga, acusan hoy a los críticos de endosar a Abreu la culpabilidad de las muertes ocurridas el 12 de febrero. Resulta una falacia inaceptable. Lo que ha sido motivo de indignación es su práctica de la adulancia. Aun si fuera chavista –cosa que no es, y es lo peor– de todos modos habría razones para censurar su conducta, que no es la esperada de ningún hombre entero en el ejercicio público.

“En las edades por venir –escribió Pío Gil en 1911, en pleno gomecismo–, cuando el viento de los años haya arrastrado estos miasmas de ignominia que flotan en nuestra política, y la muerte, necesaria y fecunda como la vida, haciendo escoba de su guadaña implacable, haya barrido esta generación de palafreneros y ladrones que se ha adueñado de Venezuela; en los tiempos futuros, cuando el historiador, dominando las náuseas, estudie y analice esta época bochornosa, se va a detener abismado ante la doble duda de que existieran cortesanos capaces de ofrecer estas alabanzas, y déspotas capaces de aceptarlas.

“En esos tiempos futuros –sigue Gil–, no sólo se va a dudar, como se duda ya, de las hazañas de nuestros días de gloria; también se dudará del rebajamiento de nuestros días de decadencia. El envilecimiento de los áulicos va a parecer tan asombroso como las proezas de los próceres; son dos heroísmos, el heroísmo del esfuerzo y el heroísmo del arrastramiento que van a desdibujarse en las fronteras de lo increíble. Si de esas deslealtades y vilezas fuera responsable el pueblo venezolano, habría razón para renegar de una nacionalidad compuesta de eunucos y felones. Pero esas pandillas de aduladores y de traidores no constituyen la nación venezolana por más que vivan hablando en nombre de ella”.

En estos momentos tan difíciles para el país, como joven y como venezolano, trato de educarme con el modelo de hombres que, como aconseja Rafael Cadenas, no son juglares de ningún caudillo. Nuestro pasado está poblado de destacados conciudadanos que demostraron una solidez moral aleccionadora en épocas de oscurantismo. Nuestro presente también. Porque he admirado a José Antonio Abreu, hoy me avergüenza el ejemplo que da como adulador del gobierno militarista que censura la herencia civil de nuestro pueblo. Es como una imagen ineludible pero resquebrajada en nuestro álbum más preciado: el de la cultura.