• Caracas (Venezuela)

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Fernando Luis Egaña

No hay, no hay, no hay...

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Lo que más se escucha en esta Venezuela en crisis humanitaria son esas dos palabras: “No hay”. No hay comida, no hay medicinas, no hay agua, no hay luz, no hay seguridad, no hay nada suficiente de lo necesario para una vida digna y humana. Maduro y sus colaboradores alegan que existe pura exageración al respecto, y que en todo caso la culpa es de la disminución de los precios del petróleo, aparte de la consabida “guerra económica”. Argumento de lo más curioso, porque ningún otro país productor y exportador de petróleo se encuentra en la situación extrema de Venezuela, en donde la escasez, la carestía y la criminalidad son los principales signos de los tiempos...

Además, debemos recordar que en 1998 se produjo una caída tremenda de los precios internacionales del petróleo –consecuencia de la crisis financiera asiática–, y estos se desplomaron a 7 dólares. Y en Venezuela había abastecimiento general de comida, medicinas y otros productos, había abastecimiento de electricidad e incluso se exportaba a Colombia; el servicio de agua, con todos sus problemas, era permanente, y acontecían en el país menos de 20% de las muertes violentas que ocurren en el presente. Luego la culpa no puede estar en una baja de los precios del petróleo...

La explicación de la tragedia que envuelve a Venezuela está en la naturaleza del régimen político-económico que ha imperado a lo largo del presente siglo: una hegemonía despótica y depredadora que fue  empaquetada con la etiqueta de “socialismo de siglo XXI”, a partir de 2004, y que sencilla y llanamente ha malbaratado la oportunidad histórica de desarrollo más importante que se la haya presentado al país en toda su historia. Lo que ha quedado de todo ello es lo que tenemos, una megacrisis económica, social y política, que se transmuta en crisis humanitaria.

Ahora bien, el notorio “no hay” que simboliza la realidad, debe entenderse, también, como un “no habrá”, mientras continúe la misma configuración del poder, léase Maduro y sus colaboradores. En eso que nadie se llame a confusión o se haga falsas ilusiones. Al respecto, por cierto, la Constitución de 1999 es más amplia y flexible que su gran antecesora de 1961. Son diversos los caminos que establece para que se produzca un cambio de gobierno, que conlleve un cambio hacia la institucionalidad constitucional, que conlleve la progresiva salida de la crisis. En mi modesta opinión, el mejor camino es la renuncia de Maduro. Eventualidad que requiere de presión social y política para que se logre verificar.

Algunos voceros del oficialismo han declarado que la renuncia de Maduro significaría que el país perdería el rumbo... ¿Cuál rumbo? Si precisamente lo que no se tiene es una dirección afirmativa que permita la conducción del Estado y la sociedad. Lo que se tiene, en cambio, es todo lo contrario a un camino trazado para el progreso del país. Venezuela está en situación caótica, y la hegemonía que aún la aprisiona, se dedica a despotizar y a depredar lo poco que va quedando.

El tic tac del reloj de la crisis suena cada vez con más intensidad, porque el agobio de la gente se intensifica con este concierto de males. El no hay, no hay, y no hay, se escucha por todas partes. Es lo que más se escucha en la jornada cotidiana de los venezolanos. Y no solamente no hay derecho a que eso sea así, es que no hay derecho a que siga siendo así.