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Itxu Díaz

Esa efímera estupidez

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Me he venido a escribir a la playa. Los exámenes han terminado y esto parece un hormiguero de adolescentes. Debe existir alguna medicina que cure la adolescencia. Me refiero a algo alternativo a los bates de beisbol. Tecleo estas líneas entre dos camarillas de jóvenes. A mi derecha, chicas. A mi izquierda, chicos. Hacia el norte, dos amigas despellejan viva a una tercera, que se ha levantado a por un helado. Hacia el sur, dos idiotas juegan a golpearme con una pelota de playa, y lo logran. Al tercer golpe, el iPad salta de mis manos, vuela, provoca un infarto a una gaviota que huye al grito de “¡marcianos!”, y finalmente cae en la arena. Les miro. Lo recojo. Limpio la arena de la pantalla con las manos llenas de arena. Se ríen. Esa risa adolescente que tanto satisface a los tiburones. El más pequeño se acerca a mi toalla a por la pelota. Sin mirarme, la recoge y se da la vuelta. Tiento instintivamente la bolsa de la playa pero no hay suerte: cada vez tardan más esos malditos envíos de Smith & Wesson.

La playa me pone de buen humor. Mi problema es la gente. Y en particular, la adolescencia. Yo pasé directamente de los dos a los 32 años. No recuerdo la insolencia, las novias de usar y tirar, ni esa necesidad insaciable de comportarme como un hámster alcoholizado. Y en caso de recordarlo, lo negaré. Cuando mis amigos quinceañeros se volvieron idiotas y comenzaron a perseguir chicas como en un documental de National Geographic, yo me dediqué a escribir canciones y a fumar. Mi mayor acto de rebeldía fue fumar en todos aquellos lugares en los que estaba prohibido. Mi gesta: cruzar la sala de profesores con un cigarrillo encendido en el bolsillo. Vibrante emoción. Vibrante ovación. Vibrante agujero en el pantalón. Vibrante bofetón.

Antes incluso la adolescencia era como antes. Antes casi todo era como antes. Ahora todo es como ahora. Resulta increíble. Estos adolescentes que me rodean en el arenal son muy raros. Ellos son como James Dean después de una sobredosis de batidos de fresa. Ellas son como las chicas de aquella serie de los noventa, protagonizada por Pamela Anderson, en la que confirmamos que David Hasselhoff donde se mueve como pez en el agua es en realidad fuera del agua y dentro de KITT. Y es imposible distinguir su edad, hasta que abren la boca, que entonces menguan como glaciares del Ártico en el Twitter de un ecologista.

Contemplaba a una de ellas hace un rato. La primavera en sus ojos azules, sus cabellos rubios, y la juventud radiante de su sonrisa. Por su estilizada figura, su rock suave al vestir, sus ademanes, la habría situado entre la madurez temprana de los 30 y la delicadeza ingenua de los 20. Saltó a los 13 en un instante al encaramarse a una farola para anunciar a toda la playa que se disponía a lanzar un escupitajo en dirección noroeste contra otro chico. De pronto, pasó de ser Donna Reed en Qué bello es vivir a ser Miley Cyrus, pero Miley Cyrus recién levantada de cama y tras su primer tiento a la marihuana. Ah, la adolescencia.

Leo, si me dejan. Ahora para leer en la playa fabrican unos libros modernísimos. En vez de llevarlos en algún dispositivo, los puedes transportar en la mano. Y al contrario que las pantallas, cuanta más luz solar, mejor se ven. Están hechos del compuesto químico del futuro: lo llaman “papel”. Al sacar mi libro de Hunter S. Thompson se hace un silencio entre los muchachos. Uno de ellos abre la boca y señala al libro agarrándose a otro con cara de pánico, como si le estuviera apuntando a la nariz desde un M60 Patton. Sospecho que lo más parecido a esto que han visto son las servilletas de un McDonald’s.

Cierro el libro. Escribo. Miro al horizonte. Se pone el sol y aquí no se mueve nadie. Las chicas guapas, los niños tontos. Todo igual. Había olvidado la magia de la adolescencia. No está tan mal. Ahora cuando salga la luna, los chicos se meterán valientes en el mar para demostrarles a las niñas que ya tienen 13 años. Y entonces se los comerá un tiburón. No está nada mal. En la redacción de un periódico todo es mucho más aburrido. Echo de menos esa efímera estupidez. Cuando ser un completo idiota valía para algo.