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Javier Solana

La eficacia de la voluntad

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Las elecciones europeas llegan marcadas por la tensión entre europeístas y antieuropeos, representados por un gran número de partidos populistas de corte eurófobo o euroescéptico a lo largo y ancho del continente. Aunque las encuestas demuestran que las dos principales fuerzas del Parlamento Europeo –conservadores y socialdemócratas– siguen muy igualadas y a gran distancia del resto, el auge del populismo preocupa, y mucho, a todas las familias proeuropeas –no solo conservadores y socialdemócratas, sino también liberales o verdes– que apuestan por seguir adelante con la integración. Esta situación, sin embargo, no debe esconder lo que de verdad nos jugamos y lo que debería ser el centro del debate electoral: la manera en que Europa saldrá de la crisis y generará crecimiento económico. La largamente ansiada recuperación económica, el crecimiento y el empleo son el mejor modo de hacer frente a los que quieren destruir Europa.

Partidos como el Frente Nacional de Francia o el UKIP del Reino Unido pueden convertirse en la primera opción electoral en sus respectivos países. No son los únicos: en Finlandia, Austria, Holanda, Hungría o Grecia, por citar algunos ejemplos, los partidos antieuropeos, y también los tradicionales euroescépticos, se benefician de la creciente decepción ciudadana con las instituciones europeas, las recetas que se han puesto en marcha para combatir la crisis y la explosión de la brecha norte-sur. Pese a que se han dado significativos pasos adelante en un corto periodo de tiempo, los ciudadanos no perciben aún que las soluciones lleguen a su día a día.

Hay una segunda batalla que parece nublada por el enfrentamiento entre pro y antieuropeos. Se trata de la que se debe dar en el seno de los que apuestan por más y mejor Europa. Al enfrentar dialécticamente las dos primeras opciones, más o menos integración, se olvida debatir cómo debe ser la integración, un debate fundamental entre las grandes familias proeuropeas. Estas elecciones llegan en el momento idóneo para evaluar el éxito o fracaso de las políticas de austeridad y, sobre todo, cómo lograr crecimiento para asegurar el empleo y la prosperidad económica. En estas elecciones no solo se cuestiona si el Parlamento se dinamitará desde dentro con diputados de fuerzas populistas. Lo que verdaderamente nos jugamos es si este continente será capaz de mantener su estatus de primera potencia mundial, su modelo social y su marco de derechos y libertades en un mundo cambiante, multipolar y global que no esperará a que los europeos resuelvan sus diferencias. Hace muy poco, impartiendo una clase en la que los alumnos europeos eran extrema minoría, pregunté dónde preferirían nacer hoy si pudieran elegir, aplicando una variante del velo de la ignorancia de Rawls. La respuesta fue casi unánime: la gran mayoría se inclinaba por un país europeo. El poder magnético que mantiene Europa es incuestionable, por eso debe aportar soluciones de manera urgente a la crisis económica.

Los Estados europeos son demasiado pequeños para competir a escala global y ganar relevancia en un escenario dominado por gigantes como China, Estados Unidos o India. Necesitamos apostar por una Europa más integrada que sea capaz de hacer visibles sus valores y su modelo social a un mundo que demanda una voz europea más clara, nítida y fuerte. La crisis en Ucrania demuestra que Europa no puede vivir aislada y ensimismada, tratando de resolver una crisis que, pese a los signos de mejora, sigue muy presente en nuestra realidad diaria. La integración es urgente, especialmente en campos como el energético. El mercado único de la energía, sobre la mesa y muy recurrente en el debate público, es fundamental para que Europa cimiente su crecimiento de manera sostenible y compatible con nuestros compromisos sobre el cambio climático. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (TTIP por sus siglas en inglés) es también clave para la creación de empleo a ambas orillas del Atlántico. Y, ante todo, la Unión Europea necesita dotarse de una mayor legitimidad democrática para acabar con la percepción ciudadana de que el proyecto europeo es un proyecto exclusivamente de élites. Solo de esa manera se podrá atajar la creciente desafección que amenaza el progreso del proyecto europeo.

El Parlamento y la Comisión Europea que resulten de las elecciones deberán lidiar con la poscrisis. La salida se produce tras altas dosis de sufrimiento y grandes esfuerzos por parte de unas poblaciones que miran con desconfianza los mensajes institucionales. Tras la época de austeridad y corrección de desequilibrios, tendrán que centrarse en la manera de impulsar el crecimiento, apostando por la innovación, la investigación y el valor añadido. Vencer esa batalla, la de la prosperidad económica, es la mejor manera de vencer a los antieuropeos: una Europa que funcione y que dé soluciones es el mejor activo que pueden presentar las fuerzas europeístas ante la ciudadanía.

Los mensajes simplistas de los antieuropeos están calando de manera preocupante en buena parte de las sociedades europeas, y no deben minusvalorarse. Hoy, solo 31% de los europeos dice confiar en la UE, mientras que en 2007 la cifra ascendía hasta 52%. Si en 2007 solo 15% tenía una imagen negativa de la UE, ahora es 28%. La desconfianza ha crecido enormemente durante la última legislatura europea, que coincide con la mayor parte del periodo de crisis, y la UE sufre una crisis política de primera magnitud. Pero la desconfianza no es irreversible. Los ciudadanos se muestran críticos con las políticas que se han puesto en marcha, pero el ideal europeo seguirá vigente si es capaz de actualizarse e integrar a los ciudadanos, pese al mencionado auge antieuropeo. Sin embargo, la mayor amenaza que representan los partidos eurófobos no es su número de escaños, sino su capacidad de influencia sobre las grandes fuerzas parlamentarias. Si los grandes partidos se vieran tentados a asumir sus postulados con fines electorales, los antieuropeos estarán logrando parte de sus objetivos: el bloqueo del proceso de integración, la restricción de la libre circulación de personas o aprobación de políticas xenófobas.

Frente a esto, Europa, en su proceso de integración ciudadana, debe tender más hacia la “erasmización”, entendida como el éxito del intercambio de personas, experiencias, ideas, valores y modos de vida. La “erasmización”, tan presente en las nuevas generaciones de europeos, es la apuesta de Europa por un futuro de libertad y prosperidad en un mundo complejo al que solo se puede mirar bajo el cristal continental de la integración, diametralmente opuesto a lo que defienden las opciones políticas antieuropeas, que no han leído bien el signo de los tiempos en los que vivimos.

Conforme la UE se dote de legitimidad democrática y diseñe soluciones duraderas y creíbles a los problemas generados por la crisis –desempleo, empobrecimiento y desigualdad, fundamentalmente– se cerrará la brecha de desconfianza y se podrá avanzar en otros asuntos importantes pospuestos hoy por las dificultades económicas. Es imposible sin voluntad clara de resultados. La elección mediante el voto a unos partidos u otros del presidente de la Comisión es un gran paso adelante. Pero si estas elecciones se estancan en la dialéctica pro/anti Europa se corre el riesgo de aumentar la desafección. Necesitamos otra edad dorada europea, que demuestre que este continente, cien años después de la Primera Guerra Mundial, sigue siendo el mejor lugar del mundo para nacer, crecer y vivir.

 

*Senior fellow de Brookings Institution y presidente del Centro de Economía y Geopolítica Global de Esade.

 

Copyright: Project Syndicate, 2014.