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Eduardo Mayobre

Nunca más

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Deseaba escribir un artículo con este título a propósito de la excelente novela de David Alizo titulada Nunca más Lili Marleen. En un texto introductorio su esposa Cecilia Hirshbein nos informa que el autor “tuvo claro desde el principio de la redacción del manuscrito que en el título debía aparecer la frase de ‘nunca más”. La observación me hizo recordar que cuando por primera vez el Ejército de Chile presentó excusas por los desmanes cometidos durante la dictadura militar su comandante dijo lo mismo: “Nunca más”.

La situación actual de Venezuela me obliga modificar el foco central de mis consideraciones porque al pronunciar actualmente esas palabras nos viene inmediatamente la idea de que en nuestro país “nunca más” deben predominar el odio y la violencia, de que “nunca más” debemos tener un gobierno tan malo.

Esta manera de plantear el problema presenta algunas dificultades. Mientras David Alizo narra en su novela hechos sucedidos hace más de medio siglo, el horror del terrorismo de Estado de los nacionalsocialistas alemanes (nazis), y el jefe del Ejército chileno, Juan Emilio Cheyre, se refería a asuntos ocurridos por lo menos 15 años antes, el “nunca más” que ahora  se nos impone apunta a acontecimientos en pleno desarrollo.

La violencia, la represión y el mal gobierno que deseamos que jamás se repitan son experiencias de la vida cotidiana, que se suceden día a día y cuyo desenlace no podemos prever. No se trata de que nunca más suceda algo que ya pasó, sino de que no se repita lo que estamos viviendo.

La diferencia entre ambos tipos de situaciones consiste en que mientras las primeras requieren que se extremen la cautela y la memoria, la segunda exige que se potencien la conciencia y la acción. No es lo mismo evitar reeditar el pasado que superar el presente. Imponen actitudes distintas. Porque los desmanes y los desaguisados del presente aún están vivos, y pueden llegar a ser dominantes. El odio y la violencia están actuando. Los daños se sienten en carne propia. Algunos con un dramatismo como en cámara lenta, tal como la inflación y el desabastecimiento.

Otros con tintes indignantes, como la arbitrariedad y el despliegue de los llamados colectivos violentos que han sido armados y financiados desde que el comandante eterno salió de la cárcel de Yare.

Nunca más hacer de la violencia un instrumento de la vida política. Nunca más utilizar supuestas mayorías para denigrar y aterrorizar a ciudadanos. Nunca más despojar a las fuerzas armadas y policiales previstas por la Constitución del monopolio de las armas o intentar colocarlas al servicio de personas, grupos y banderías políticas.

Otro hecho importante: nunca más intentar utilizar la paz como guarimba de los poderosos cuando la indignación social los tenga contra las cuerdas. El diálogo debiera ser una salida necesaria, pero no puede convertirse en una vía de escape para la arbitrariedad y la ineficiencia.

La paradoja que suponen los llamados de paz mientras se recurre a la violencia y a las armas de fuego previamente compradas y repartidas para evitar la paz o imponer aquella de los cementerios debe desaparecer antes de comenzar el diálogo deseable. Así lo han entendido los estudiantes y los simples ciudadanos de a pie que aspiran a reanudar en calma sus actividades habituales. Así lo han expresado los futbolistasque quieren pegarle a la pelota pero no que les peguen a ellos.

Para ello se requiere liderazgo. Uno firme y que no oscile entre el golpe de pecho y la amenaza. Que sepa procurarnos alimento y guiarnos hacia el empleo, la producción y la estabilidad. Y no olvide nunca que la democracia es el sistema que nos hemos procurado los venezolanos, forjado por el carácter libertario e igualitario que predomina en un pueblo no habituado ni a la degradación ni a la limosna.

En el año 2004, el general Juan Emilio Cheyre declaró con gran valentía: “El Ejército de Chile tomó la dura pero irreversible decisión de asumir las responsabilidades que como institución le cabe en todos los hechos punibles y moralmente inaceptables del pasado. Además, ha reconocido en reiteradas oportunidades las faltas y delitos cometidos por personal de su directa dependencia; las ha censurado, criticado públicamente y ha cooperado permanentemente con los tribunales de justicia para, en la medida de lo posible, contribuir a la verdad y a la reconciliación”.

Para lograr la reconciliación de los venezolanos se requiere del gobierno una actitud igualmente valiente. Y para que, como aspiraba David Alizo, “nunca más” se repitan lo horrores del pasado, que ahora asoman en nuestro presente, resulta necesario que los poderosos armados rectifiquen.