• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La vorágine del odio

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La Venezuela bolivariana ha terminado por ser un gran circo de odio donde a cada momento se comete un homicidio, un atraco, un secuestro o un robo. Desde luego que si el comandante galáctico no hubiera predicado, en su primera campaña electoral, que la política chavista para el futuro era de tierra arrasada y que los adecos terminarían con sus cabezas cortadas y en fritanga flotando en una gran paila de aceite hirviendo, hoy el pueblo venezolano no hubiera perdido sus reservas éticas y mantuviera en alto los valores morales que le inculcó Simón Bolívar.

Pero la revolución bolivariana si bien se escudó al principio en los valores proclamados por el Libertador, no tardó en entrar a saco en los procedimientos crueles y sangrientos de Boves, asesino nato y bestia insaciable de muerte y destrucción. No es de extrañar que este régimen aplaudiera a rabiar la película sobre Boves, así como en la Unión Soviética se consideraba, salvando las distancia estéticas, el film sobre Iván el Terrible como el ejemplo en la imperial restauración bolchevique de la Gran Madre Rusia.

En Venezuela no ha habido necesidad de empujar mucho el clima de odio y de muerte, de exterminio diario, de juicios amañados contra los líderes opositores, de cierre de medios de comunicación, expropiación de centros culturales independientes y democráticos y de encarcelamiento de cualquier voz que invoque la necesidad de libertad.

La muerte de un ciudadano ya es, en estos quince años, algo común que sólo hiere a los familiares de las víctimas y a la población que no milita en el oficialismo y que está a merced del hampa, de los colectivos armados, de la corrompida guardia bolivariana y de la policía nacional, que hacen uso a discreción de las armas de fuego y que se escudan tras falsos enfrentamientos donde caen muertos inocentes y pecadores.

Este domingo, en Río Caribe, una ciudad enclavada en el oriente del país y décadas atrás tenida como amplia zona de paz y de tranquilidad, de natural compañerismo y de gente de apacible vivir, fue asesinado el alcalde Enrique Franceschi, del municipio Arismendi. Fue electo en diciembre de 2013 como integrante de la Mesa de la Unidad Democrática.

Siendo de militancia opositora cultivaba por igual amistad con quienes pertenecían al partido oficialista, tal era su simpatía y sus ganas de trabajar por su pueblo. Lo insólito es que fue asesinado con saña y de una manera brutal. Su cadáver yacía en el interior de su vivienda y presentaba más de 10 puñaladas. Algo nunca visto porque Río Caribe no es una población que alimente entre su gente actos criminales tan desmesurados.

La Fiscalía General confirmó oficialmente la noticia en un sencillo comunicado: “El cuerpo de Franceschi fue hallado en horas de la mañana de este domingo 20 de julio con múltiples heridas causadas con arma blanca, dentro de su vivienda en Río Caribe”.

Por su parte, la Asociación de Alcaldes por Venezuela, que reúne en su seno a 76 alcaldes opositores, reveló en un comunicado Enrique Franceschi “era uno de los alcaldes más jóvenes de la Unidad Democrática. Con apenas 35 años de edad había asumido su compromiso de gobierno trabajando para crear una policía municipal y ofrecerle seguridad a los más de 3.000 pescadores de la zona”. Igualmente se había propuesto recuperar el servicio de agua potable que funcionaba a ratos porque las estaciones de bombeo carecían de un mantenimiento adecuado.

El comunicado de los alcaldes democráticos afirma: “Este líder se suma a la innumerable lista de venezolanos que han perdido su vida como consecuencia de la violencia que padece nuestro país. Exigimos que este crimen no quede impune como ha pasado con tantos otros”.