• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los vice-enchufados

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Quienes critican los gabinetes del chavismo -antes y después del finado- señalan que, al igual que en Cuba, están integrados por “carteras accidentales”, creadas a partir de problemas coyunturales, esos que antes, en la añorada cuarta república, se les endilgaban a una reducida comisión especializada.

En 1964, Fidel creó un Ministerio del Azúcar para ocuparse de un asunto que competía al de Agricultura. Como era de esperarse, fracasó estrepitosamente al no poder cumplir con las metas fijadas para la gran zafra azucarera. A Fidel le pasó como a nuestro fallecido con aquello de los diez millones de votos por el buche.

En Venezuela, donde la nómina alcanza más de tres millones de empleados públicos, se han creado -y se siguen creando- ministerios con criterios básicamente propagandísticos y resultados lamentables. Así, se han inventado entes ministeriales para atender, que no solucionar, el problema eléctrico; del mismo modo, cuando ya no se pudo seguir ocultando la grave situación carcelaria, se designó a una ministra de asuntos penitenciarios que, para innovar en la materia, delegó sus funciones en los pranes.

Por esta vía, el majunche equipo gobernante ha visto triplicarse el número de ministerios y, consecuentemente, se ha potenciado el número de viceministros hasta llegar a 110, con sus respectivos choferes, secretarias, cuatro escoltas per cápita con motos y pistolas, camionetotas blindadas y camionetas menos caras para las vicecombatientes y su prole.

Puede que la proliferación de viceministerios, al frente de los cuales se coloca la más de las veces a amigos del partido y ciertos familiares, sea un vicio comunista pero -curiosamente- también es una práctica que recuerda las políticas de promoción de recursos humanos de empresas capitalistas que, en busca de la excelencia, multiplican el personal, solapan funciones y terminan creando vicepresidencias para la limpieza de lavamanos y pocetas.

En Caracas, cuando un grupo de intelectuales fundó la República del Este, se imaginaban investiduras a la medida del pretendiente, siempre con un irónico guiño como correspondía a una parodia de la otra republica, la de verdad. De este modo, un empresario de pompas fúnebres era designado ministro de Asuntos Trascendentales y, en contrapartida, un republicano defensor de su derecho a la pereza era nombrado jefe de la Oficina de Asuntos sin Importancia.

Pero, la República del Este no era sino una corrosiva pantomima que reunía a artistas, intelectuales y profesionales con el expreso propósito de emborracharse. No más; la República Bolivariana de Venezuela, en cambio, pregona ser cosa seria. No se explica entonces que existan viceministerios como el de la Suprema Felicidad Social del Pueblo o de Fomento de la Economía Cultural, para nombrar sólo dos. Lo cierto es que tan disparatada organización ya es motivo de mofa, al punto de que hay quienes la llaman la “burrocracia”.