• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Un viaje inútil

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La canciller de Colombia, María Angélica Holguín, visitará Caracas el lunes para conversar con el canciller Rafael Ramírez “sobre el asesinato del parlamentario socialista Robert Serra, planeado por un paramilitar colombiano, según declaraciones del presidente Nicolás Maduro”.

Este último también acusó al expresidente Álvaro Uribe y a un grupo de criminales protegidos por el gobierno de Estados Unidos. Para cualquier estudioso de las relaciones internacionales la reacción de la diplomacia colombiana de hacer una visita de Estado a nivel de cancilleres es bastante difícil de comprender, sobre todo cuando se deja entrever que solo hay dos opciones: o la señora Holguín viene a traer información privilegiada que le confirme al gobierno de Venezuela las suposiciones de Miraflores. También se puede especular que viene a dar explicaciones en el sentido de que si las denuncias de Maduro están bien fundadas (algo bien difícil) no se les olvide que el presidente Santos está embarcado en un proceso de paz con la guerrilla y jamás apoyaría al expresidente en tan demencial aventura. Por el contrario, daría todo el apoyo que el gobierno venezolano requiera.

Si bien las relaciones bilaterales tienen una amplia agenda, genera sorpresa entre especialistas que siendo Colombia el país que debería estar ofendido por las acusaciones audaces que implican como autor intelectual de un cruel asesinato a quien hasta hace poco era el presidente de Colombia, sea la canciller Holguín la que venga al país a dar o, incluso, a pedir explicaciones.

Tanto Santos como la canciller conocen bien quien es Uribe y cuales son sus límites. Ambos fueron sus altos funcionarios de su gobierno. ¿Podrán aceptar, en su sano juicio, que quien fue su jefe sea capaz de mandar a asesinar a un diputado de otro país? ¿Con qué finalidad, con cuál beneficio?

Uribe fue acusado desde la misma noche del asesinato del joven diputado. Los resultados de las investigaciones del gobierno apuntan sin pruebas al exmandatario, a la oposición venezolana y, por supuesto, a los agentes terroristas financiados desde Miami. Un guión tan repetido que genera risas y que irrespeta a los órganos policiales que están trabajando el caso profesionalmente.

La verdad es una sola. Solo una justicia sin cariz político sería capaz de concluir imparcialmente este caso. En la Venezuela de hoy ello es casi imposible. La señora Holguín regresará dejando satisfacciones al gobierno de Venezuela pues de lo contrario no tendría nada que venir a hacer en estos momentos, y sobre todo cuando el asesinado no era colombiano y no existen pruebas convincentes de que esta historia tenga sus orígenes en la meseta de Bogotá.

No hay duda de que para el presidente Santos la paz es un fin superior y pasará agachado cuantas veces se necesite para no perder el pulso del proceso de negociación. Sin embargo, como alguna vez sentenció Woodrow Wilson “hay un precio demasiado alto por la paz, y ese precio se puede poner en una palabra. Uno no puede pagar el precio del amor propio”.