• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La varita mágica

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Está por concluir el período de habilitación que, con toda suerte de triquiñuelas, la bancada roja de la Asamblea Nacional concedió graciosamente a un mandatario cuya legitimidad estaba en entredicho. No hay noticias acerca de las intenciones de esos “representantes del pueblo” que carecen de facultades para legislar como es debido porque, entre la zanganería a la que les impele su indigencia intelectual y el miedo que le tenían a Chávez (y le tienen a su fantasma), se acostumbraron a que otros, los cubanos y los consejeros de Fuerte Tiuna, redactasen las leyes que a ellos correspondía discutir y aprobar.

La verdad es que la fracción parlamentaria del PSUV podría vindicar su derecho a la pereza y continuar “manguareando” al son de los mazazos de su docto, preclaro y descabellado capitán.

Usando como guía las lecciones del eterno comandante, Maduro ha hecho uso de sus poderes especiales para aprobar, en sorpresivo sprint, un paquete normativo de discutible constitucionalidad a fin de, según propia confesión, enrumbar al país hacia un Estado socialista, ampliando las bases estructurales de las comunas, un planteamiento cuyo simple enunciado produce escalofríos, pues nos remite a catastróficas experiencias como la soviética, la china o la camboyana.

En su testarudo empeño de imponer un modelo colectivista al margen de la carta fundamental, la cabeza del gobierno desperdició una dorada oportunidad para reordenar la economía en términos productivos, dinamizando sectores a los que el prehistórico dogmatismo oficial redujo a su mínima expresión a punta de amenazas, intervenciones y expropiaciones de modo que, a un año de su aprobación, no se le ve el queso a la tostada habilitante.

Al contrario, el país continúa desmoronándose y el deterioro de la infraestructura y de los servicios públicos se percibe donde quiera que cualquier persona pose su mirada. A la ruina material se suman la perversión moral y la ineficiencia administrativa para hacer de Venezuela el peor ejemplo en la región.

No pudo el gobierno ganar su fantasiosa guerra económica: perdió la batalla contra la inflación; sus escaramuzas para mitigar la escasez y el desabastecimiento que restringen la alimentación y el aseo personal de los venezolanos no tuvieron éxito; tampoco logró poner coto a la impunidad y a la corrupción y, menos, al descalabro ético que supone la sumisión de los poderes públicos a la voluntad del Ejecutivo.
Continúan en la cárceles (porque así lo quieren los militares y el cogollo rojito) los líderes opositores, desconociendo disposiciones internacionales que piden su liberación. Y es que para perpetrar despropósitos y desatinos no se requiere de mandatos excepcionales.

Si en vez de la habilitante, los diputados que se echaron las leyes al hombro, le hubiesen entregado a Nicolás una varita mágica este podría hacer desaparecer, con un simple gesto, a la oposición, las fastidiosas elecciones, las ONG y a los estudiantes. Y acostarse a dormir como un niño.